"nadie está más esclavizado que aquel, que erróneamente creé ser libre"
Johan Wolfgang Goethe.

Por qué no hablamos nunca de nuestros sueños. De los verdaderos sueños; de nuestras ilusiones y esperanzas, aquellos anhelos que gritábamos de niños. Básicamente, porque son imposibles de realizar, y del algún modo nos avergüenza, ya de mayores reconocerlo. Mi sueño de niño era ir a la luna: imposible pensareis. Pero, he dicho sueños y ese es solo uno: el imposible ―al menos aquí en España― debido, principalmente que en España no se forman Astronautas. Pero vamos con el otro: “el sueño posible”, que no es menos complicado que el primero, pero entra dentro de la realidad posible y, éste sí, suele ser la causa de todas nuestras penas y tristezas, pues se nos muestra en la distancia aparentemente al alcance, y es aún es más secreto que el primero, pues expone todas nuestras limitaciones e, igualmente, es la causa del abandono y pérdida de nuestras esperanzas, del desconsuelo, la amargura y la tristeza, pues surge casi siempre, de unas expectativas que vemos concluidas en el tiempo, sea por la edad o las variables de toda vida; por ejemplo: así, para quien erró tomando un camino y no otro, su deseo sería volver al punto de inflexión (ya da igual las consecuencias posibles) así el camino condujese al infierno o la muerte, daríamos la vida por recorrerlo porque era, y así lo reconocemos, nuestro camino: el que habríamos elegido, pero abandonamos. Sin embargo, pronto te das cuenta que no eres el único, no estás sólo (todos, o casi todos renunciaron), y eso hace más fácil aceptarlo: entonces, la sociedad de vencidos y afligidos te abraza y acoge (eres uno más) claudicaste, y no hay vuelta atrás. Luego, harás de la monotonía, el trabajo, el gasto absurdo y cuarenta días de vacaciones al año tu pasión e ilusión; y, posiblemente, hasta te encadenes a un banco de por vida; embaucado, por la necesidad de hacer y tener lo mismo que todos aquellos que te rodean, y que no hicieron otra cosa que lo mismo que otros que conocían o estaban a su lado; y que hicieron lo mismo que otros antes que ellos, que hicieron lo mismo que otros que ya estaban allí cuando ellos llegaron, pero que... no estaban allí porque querían, sino: porque los embaucaron, los engañaron y encarcelaron en prisiones de cristal, arrebatándole sus sueños e ilusiones… “los mismos que te la quitaron a ti” y que son hijos de aquellos primeros: ladrones de personas y sueños, creadores sistemas, esclavos y cárceles de fantasía. Y lo peor, aún no ha llegado. En cuatro días harás del cemento y el asfalto tu hogar y allí transcurrirá toda tu vida, sin excepción. Y de aquellos cuarenta días, que solo serán eso: cuarenta días y ni uno más, serán muchas veces donde encontraras algo de justificación a lo absurdo de tu vida. Cuarenta días al año, a eso queda reducida tu vida para hacer lo que quieras, o puedas. Cuarenta días. Y ésta, será posiblemente la mejor versión que encontraras de tu vida: una vida igual a la de todos, haciendo lo mismo todos los días. Te levantarás, un día tras otro para ir a trabajar, para ganar dinero que devolverás puntualmente, para así poder hacer lo mismo al otro día: que es ir a trabajar; para volver a ganar dinero y volver a pagar y que te dejen ir a trabajar al otro día ―los detalles particulares lo mismo dan―. Te levantas por que debes, vas donde debes y vuelves cada noche por que debes, y al otro día lo mismo, y algún día hasta llegaras a pensar que eso es lo que quieres, y dirás en voz alta: yo voy donde quiero y hago lo que quiero, como quiero y cuando quieroy de repetirlo en voz alta una y otra vez, hasta llegará el día en que te lo creas. Y serás la persona más feliz y estúpida que ha pisado la tierra. Te reirás de los monos y hasta matarás todo aquello que sea libre o te recuerde lo que tú no eres. Verás lo natural y genuino absurdo desde tu absurda vida, rodeado de seres absurdos, en sociedades deslumbrantes y cegadoramente absurdas donde podrás elegir un nuevo sueño: especialmente diseñado para ti “dentro del mejor catalogo de sueños absurdos”, y hasta el Everest estará a tu alcance: siempre que cuando bajes de allí, vayas a trabajar al otro día, para ganar dinero y volver a pagar tus facturas, y poder así volver a trabajar al otro día y, así, volver algún día a vivir el sueño de tu vida, con 700 personas más que curiosamente están haciendo realidad también su sueño por catalogo: tu mismo sueño, ese mismo día. Y volverás pensando que eres feliz, y así estará completa tu vida: Viviendo sueños por catalogo durante esos cuarenta días. Pero sobre todo serás feliz porque ese sueño empeñó aún más tu vida, señal de que dentro del mundo de los absurdos tu eres más absurdo todavía; y podrás destacar si te lo propones, solo tienes que trabajar y empeñarte endeudándote más, y llegaras a jefe de un grupo de tristes, aburridos y absurdos ciudadanos algún día. Y para entonces ya serás muy feliz y todos lo sabrán, pues la sociedad absurda hace de la felicidad absurda un objeto reconocible por otros los seres absurdos: por ejemplo, al entrar en tu casa que vale cincuenta veces más que la de otro que es, absurdamente, cincuenta veces menos feliz que tu, o comprando un coche por el que habrás trabajado más de de mil días absurdos de tu vida, porque cuanto más tiempo de tu vida absurda cueste aquello que compraste sin necesitar, todos más fácil reconocerán que de entre todos, destacas, escalando socialmente con el objetivo de ser más tonto todavía. Pero, amigo: “no se te ocurra dejar de ir a trabajar ni un día, ni uno sólo más de esos cuarenta días”. y en silencio, antes de regresar a la rutina, pedirás y suplicaras: “lo que daría por un día más… un solo día”. Hasta ese punto te han reducido. Un día más de libertad, un solo día en que no tengas que pedir permiso, para ir a pasear con tu hija por el centro de la ciudad; un día que ni con todo tu dinero podrás pagar, sin arriesgar perderlo todo, si lo haces fuera de esos cuarenta días
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