Hay un estado de ánimo, una categoria, diferente a todas los demás, tanto que no tiene nombre, teniendo que ser descrita, y que surge tras el abandono. Un abandono que se parece mucho, dicen, “a una herida terrible y profunda, de aquellas que más lastiman y, sin embargo, y aunque uno no deje jamás de sentirla como la Nada: no se puede ver” Es como un cable roto, del que antes pendía nuestra seguridad; una línea de teléfono cortada, un barco a la deriva hacia la Nada, una maleta de emociones cargada de fotos antiguas. Es la raíz arrancada del árbol. Con el abandono desaparece toda naturalidad, emociones y confianza, floreciendo el desinterés y la apatía. La percepción de este vacío es algo que toda persona, dado el caso, percibe sin importar la edad, y que la devastará. Lo malo es, que para entender aquello que supone ser abandonado, «uno tiene que ser abandonado». Y, es algo que nadie debería sufrir, porque con cada ausencia vamos perdiendo una parte de nosotros mismos, desligando del mundo y de la realidad a quien lo padece, y ninguna persona merece tal sufrimiento. “En todas las cosas cada cual queda, en último extremo, reducido a sí mismo”— Goethe.
VOCES EN LA NADA - NOVENA / Jordi Maqueda
Jordi Maqueda / VOCES EN LA NADA - NOVENA - La Nada y el Hombre
VOCES EN LA NADA - OCTAVA /Jordi Maqueda
Jordi Maqueda / VOCES EN LA NADA - OCTAVA - La Nada y el Hombre
De un día para otro habíamos despertado perplejos, emergiendo a una categoría existencial radicalmente distinta, convertidos en protagonistas de una película de terror y calamidades; con el temor, cada vez que salíamos a la calle a que pudiese agarranos el virus, convirtiéndonos en Caballo de Troya, portador de ejércitos invisibles que arrasarán luego nuestro hogar: aniquilando, a quienes más queremos y cebándose, sobre todo, en nuestros mayores: padres y abuelos. Nunca antes de aquel abril de 2020 el contacto con vecinos y amigos se convirtió en un asunto tan embarazoso, y a la vez temerario, incluso para los que sienten que lo puede todo, ninguna resistencia es irreductible y ningún obstáculo insuperable. Nunca, antes habíamos sentido la carga de la responsabilidad con el peso que la sentimos entonces. Pero, sobre todo, nunca antes habíamos sentido la impresión que causa observar las calles y carreteras, las avenidas vacías y muertas. Nunca previamente ponerse al volante fue no cruzarse con nada y con nadie, sintiéndonos habitantes de ese páramo estéril que antecede a la nada. Nunca antes supimos lo que era sentir tan cercana, un desierto despoblado, bordeado de fachadas que contenían encerradas las almas de nuestros amigos y conocidos: lo impensable, tan solo unos meses atrás. Nunca antes habíamos sentido esa turbación de estar próximo a otra realidad ajena y diferente de la nuestra: y, sin embargo, era; y nosotros estábamos en ella. No era ese el mundo que habíamos elegido antes de irnos a dormir: ni siquiera lo habíamos imaginado en nuestras pesadillas; y, sin embargo, era el que nos había tocado al levantarnos al día siguiente. Trágica humanidad, la nuestra, donde lo mejor que poseemos y todo aquello que hemos perdido se lo debamos siempre y únicamente al sufrimiento. Trágica humanidad, la nuestra, que no ve los signos de lo que se avecina, ni la nada al fondo del abismo.
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