Dios; Religion; Signos; señales, Espiritu; Conocimiento; Reflexiones; Teorías; Filosofía;
SOBRE LO HUMANO Y LO DIVINO
DEL SER Y EL TODO, O SOBRE LA GRANDEZA DE DIOS
Esta entrada, como la siguiente, surgen de la lectura de unas propuestas de Carlos blanco, en la que se hace, o nos hace proponiendo unas preguntas, cuestiones de lo más interesantes e inspiradoras y relacionadas con dios o el ser, y que me he molestado en contestar o, contestarme a mí mismo, más allá de solo leer, y como ejercicio o proyección de la mente, como él mismo Carlos propone y sugiere, pero ya bajo la premisa de la existencia, y no de la idea, de dios. Se cuestiona aquí, en esta primera entrada, entonces sobre la grandeza de Dios y si dios ya es todo, o puede ser aún más de lo que es, en tanto ese todo: el universo, que se extiende y desarrolla a cada segundo que pasa
«Pues hay ser; pero nada, no la hay» (Parménides de Elea). Desde el comienzo del pensar la idea del Ser, este ha sido uno de los temas y problemas, sino el tema principal de la filosofía. Desde esta cuestión así formulada «Pues hay ser; pero nada, no la hay» afirmamos que el Ser, es. Pero hay una pregunta que se nos hace o propone, una duda que surge en algunos pensadores en tanto al ser (a dios) sobre si ¿es totalmente ahora mismo todo? entiéndase: si este ya es todo lo que es, o puede todavía ser más de lo que es... y la respuesta que propongo y desarrollo brevemente, es que sí: lo es, es todo más allá de cualquier especulación, en tanto, aquello que se afirma, sobre la base de que el infinito se sigue desarrollando; encontramos, que precisamente este infinito en expansión que refieren, es en última instancia la misma materia original, la misma energía original que dio luz al universo que se desarrolla, extendiendo ese espacio con ella) luego Dios, el Ser es ( entendida la unidad) ahora mismo todo y está en todo, como lo estuvo antes y estará después. Más aún, para los estados de energía donde el tiempo lineal no existe (sino digamos que de forma circular… si el ser es, es igualmente ahora, un ahora para el ser: desde cuyo perímetro y dentro y lo mismo que antes lo abarca “todo” en expansión (lo mismo que después ) y que en occidente entendemos nosotros por pasado, presente y futuro /antes o después).
EL CONCEPTO SINGULAR DE VERDAD EN DIOS
Hay una verdad absoluta y otra verdad en relación a nuestros saberes y entendimiento. Nosotros, cuando hablamos de verdad, lo hacemos refiriéndonos siempre en singular a una verdad: la verdad, pero esa verdad —o realidad—bajo un prisma imperfecto y humano puede mostrarse como muchas verdades, del mismo modo que cuando una luz blanca y pura incide sobre un prisma, observamos surgir de esta todo un arcoíris de colores y tonos de estos: del mismo modo al iluminar dios con su verdad a las personas, surge de estos un arcoíris de verdades grandes y pequeñas o verdades a medias, no dejando de ser por ello verdad aquello se muestra y revela a uno, pero igualmente, lo es que se muestra y revela a otro; pues la verdad está siempre bajo la subordinación de los sentidos propios y la capacidad de entendimiento, en tanto a cultura y por tanto del modo de acceso, completo o parcial de “la persona” a “la verdad” y su dilucidación posterior por medio del juicio y la prudencia,
Pero al referirnos a Dios —o preguntar por dios—, a nadie escapa que entramos en aquella categoría de preguntas que carecen de solución firme ( y mas si se carece de un señor que nos represente ). Aun así, comprobamos que sabemos, o al menos creemos saber mucho sobre Dios por los colores de este, que cada uno de nosotros vemos, o no vemos, pues incluso parece a veces, que los que dicen saber mas saben de dios son aquellos que menos aun entienden pero continuamente están hablando dios (una palabra que no define una forma concreta), afirmado de la forma que no existe, pero igualmente hablando de dios ( una palabra que existe y describe algo que no es de una forma concreta definible); y es por ello que encontramos cantidad de comentarios, notas y libros que afirman verdades sobre dios. Pero bastará un reflejo limpio de dios en un rayo de luz, para que de inmediato entendamos que todas esas montañas de miles y millones de libros, como aquel conocimiento que pretendíamos: son nada, cuando siquiera vagamente atisbamos de la idea de lo que pueda ser “la verdad absoluta de Dios” tan solo al alcance de sus Ángeles ( otro nombre que no define la cosa concreta). Sin embargo, no tener acceso a la verdad absoluta de Dios, para nada priva de su realidad: de percibirlo, en la medida que se nos muestra algo ahí (una cosa) y que luego uno sea capaz de reconocerlo “de toda la creación” y en esa cosa ( eso igualmente de el): pues dios en la medida que podemos entender de las cosas que vemos gracias a la luz (es igualmente luz y en la luz, pero es más que la luz (y agua esa otra forma curva de el en la que se refleja la luz de la atmosfera y nos vela a las vista cosas), entendiendo entonces de dios la luz y la cosa y el aire/ agua donde se refleja de la cosa hacia unos sentido (que es más que todas esas partes juntas: y mas que todas las partes /y que son partes ahora igual de lo creado / y existentes en formas multiples y heterogéneas / lo mismo aquello que se veía pero no se entendía y sin embargo ya existía, hasta que de la luz reveló (de La conciencia al mundo la verdad de su existencia, en las cosas y de ellas por también por el entendimiento de estas, pues si algo existe sabemos que es verdad, y si no la vemos pero sentimos, entendemos también verdad, que hay ser en esta, en todo y todas las cosas, que vemos y no vemos pero sentimos ocultas. Luego la verdad de dios hallaremos en todas estas cosas a la vista o no, y ocultas, pues dios muestra en ellas ( en las cosas) su verdad, mas tanto de si propiciemos que Él nos muestre, luego nosotros hallaremos de verdad, y su verdad, en ellas ( en tanto nos aproximamos a mellas para entenderlas) .
NEGAR A DIOS Y AFIRMAR LA NADA
Negar a dios y afirmar la Nada, sea junto o por separado, no es posible, y me explicaré. Primero: afirmar la nada: ( en el sentido de negar al ser, ya es al afirmar lo que no esta al ser: a dios (creador); pues el principio de toda negación se sustenta sobre aquello mismo que niega: su afirmación, del ser, en este caso. Pues, para reconocer Como verdadera la negación, se ha de reconocer primero aquello que se niega: “verdadero”. No podemos reconocer entonces la ausencia, del “ser”, sin haber reconocido antes al “ser”. Entiéndase: habiendo primero reconocido al ser (y / luego podremos negarlo ( de la ausencia que entendemos del espacio donde entendemos que debería estar), y (de manera subjetiva respecto a nosotros) reconocer que dios nos a abandonado es afirma a dios creador (que esta en todo tiempo y lugar presente de las cosas que son y no son a los sentidos). Luego, y de manera objetiva, cuando decimos que dios no existe, afirmando: dios no es verdad..., "quien niega que la verdad existe está diciendo en verdad que existe y es verdad. Pues si la verdad no existe, es verdadero que la verdad no existe (en tanto no la puedas reconocer del aquella palabra y significante). Pues para que sea verdadero, solo es necesario que exista la verdad… y dios es la misma verdad al ser afirmado o negado da igual / cuando del significante entendemos que refiere la forma que no podemos entender" cuando leemos “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14,6) / en el desconocimiento de la misma verdad que se revela de un mundo lleno de falsas verdades, negaciones y mentiras
Sin embargo, es llegado a este punto: entendiendo la ausencia del ser (tanto de manera objetiva como subjetiva) donde muchos: precisamente, aquellos que allí (en la ausencia) no reconocen al ser, pero luego reconocen allí (en la ausencia en el espacio) algo (de otra manera... pero recordemos: no podrá, no puede ser algo que queda después, en ausencia del ser, pues precisamente: la ausencia del ser, es ausencia de todo ser y todo algo y, por tanto, lo que se observa es la incapacidad del sujeto de entender , no pudiendo reconocer (donde ha Nada a los sentido) y afirmando la nada allí ( que el pueda reconocer: negar al ser que no es capaz de entender per … es, no ausencia, del ser… y no presencia de la Nada ( sino el ser de otra manera en el espacio ahí / de la forma que no reconocemos) . Pero podemos ser más concretos…
Ahora ya sabemos, por la propia razón (y haciendo uso de esta), que tenemos que afirmar primero aquello “que existe en algún lugar, o en todo lugar” para poderlo después negar: por tanto, hemos de afirmar primero a dios, para posibilitar luego la negación o ausencia (objetiva o subjetiva) de este. Pero hay quienes en ausencia (del ser: dios) afirman (una Nada - ahí (no-ser), mas desconocen la naturaleza misma de aquello que afirman (y la imposibilidad misma de que en el no ser / algo afirma nada . San Gregorio Nacianceno (padre de la iglesia) ya advirtió lo engañoso de un conocimiento de “algo” constituido sobre lo que no es, comparándolo al conocimiento que vendría a adquirir aquel que a la pregunta: ¿Cuántas son cinco más cinco?, obtuviese como respuesta: no son nueve, ni siete, ni seis, ni once, ni trece... (San Gregorio 28, 9) y que, poco más o menos, vendría a resultar lo mismo, a preguntarse por el “No-Ser”, por lo que “No-es”. Encontrando luego engañoso, cuando no absurdo e inútil, lo que resultaría de aquel mal llamado “conocimiento” que afirmamos “de algo” consistente en lo que no-es. Pero más absurdo todavía me resulta, preguntar directamente por la Nada, ¿qué, es la Nada?, como un “ente” que es (cuando referirnos al no-ser): o como indica su nombre, preguntamos por lo que en absoluto “es”, la única respuesta razonable que hallaremos posible al preguntar, por aquello “absoluto” que no es, será precisamente: que no-es: no pudiendo afirmar jamás lo que, la Nada (mas allá del nombre) luego del significante se pretende.
Más curioso todavía parece (a algunos de nosotros) como puede alguien conocer algo por su ausencia; entiéndase: cómo puede alguien conocer (al ser: a dios) para luego negarlo por lo que resulta, de la ausencia de este… en tanto luego son aquellos mismos que afirman: dios no existe, cuando no podemos, nadie puede, hablar legítima y razonablemente con propiedad, de la incomprensibilidad de un ser inexistente. Quiero decir que ¿Quién puede afirmar que dios no existe o está ausente: si no lo conoce, o lo conoce por su ausencia?... luego afirmando estos la Nada: la ausencia del ser, cuando la ausencia de algo no puede tampoco representar o dar una idea de lo que antes había (como cuando yo me levanto de la silla, luego sobre la silla nada hay que se reconozca de mí) cuando además… para ellos dios no existe (entiéndase por ejemplo anterior: afirman, que no existe lo que antes había y ni siquiera vieron sobre la silla).
Pero surge la misma pregunta de otra manera: ¿Cómo afirmar la negación de algo (que no existe) cuando existe para otros? además, que “que existe para otros, sí, pero que esos mismos otros que afirman que existe, tampoco conocen o saben lo que es (en esencia)”. Pues “De Dios se puede saber que existe, pero no lo que es” (28, 5) (san Gregorio). Si la predicación cristiana no es vana, ni vana es la fe, se debe, entre otras cosas, a que el hombre puede saber que dios existe; pero reconociendo al mismo tiempo su incapacidad para saber lo que es dios. Luego, si la incomprensibilidad de Dios es una verdad necesaria a la fe, también lo es su existencia.
Pero, y ahora volvemos al principio, afirmar que «Dios no existe» es ya decir y afirmar algo de Dios, hasta podríamos decir (y afirmar) que negar a dios equivale a tener una cierta idea del mismo, de su propio ser o naturaleza: al menos, aquella idea o noción básica necesaria para poder negarlo, como para el párvulo, esta misma cierta noción o idea de dios básica, pueda ser la necesaria y justa para poder afirmarlo. Sin embargo, y en el sentido que parece que no pueden formarse proposiciones afirmativas de Dios, Dionisio afirma: que las negaciones sobre Dios son verdaderas; las afirmaciones, poco consistentes. Pero —según otra versión— es así porque ningún nombre, como ya se dijo (a.3), puede expresar lo que Dios es. (Tomas de Aquino - Summa). Entendemos por ello que dios es «ilimitado e infinito» igual para la mente humana que reconoce el infito (afirmando motra palabre que no refiere lo conocido )y, por consiguiente, indefinible a esta en su total expresión o manifestación (y que dios salve a quien pretenda siquiera conocerlo). De ahí que la negación del ser / dios, muchas veces equivale a un desconocimiento (por el que no se puede expresar lo que Dios es ( i los mismo ahí una advertencia) y por ellos se pretende una no necesidad o rechazo: de lo que “aún” se desconoce y no entendemos: pues nadie confiesa “necesitar más razón de la que ya tiene” (Descartes). Mas Luego, ¿Por qué necesito a dios?, se preguntará alguno ( en este punto fíjense en lo absurdo de la pregunta en el sentido del que se pregunta así mismo ¿Por qué necesito a dios?), pudiendo parecer, sobre todo, a aquel que no piense demasiado al respecto, que dios parece ser algo que no necesita la persona que se plantea la pregunta: luego ¿por qué la necesito?, (la religión), o ¿por qué lo necesito?, (a dios). Pero el hecho solo de formular la pregunta, ¿por qué lo necesito?, equivale ya a admitir cierta necesidad de dios, precisamente y en este caso: debido a lo que aquel ignora, aunque sea solo para responder a su pregunta, para este individuo que niega ( dios) ya es en una “evidente” necesidad; entiéndase: se reconoce que pertenece a la naturaleza de dios que esa persona lo necesite 8 aunque sea para negarlo), pues sin dios y por lo pronto, no tienen sentido alguno su negación de dios (o afirmación de la Nada y sus discursos). Así, donde quiera que se encuentren individuos planteando preguntas similares a estas, o negando a dios, ahí también emerge en conflicto (del individuo) la necesidad de un padre (o señor) antes, para que le hable de aquello y dios (que niega al afirmarlo del significante indefinido de la forma que se revela (ante quien no se reconoce siervo antes de su señor) .
En suma, la relación que se tiene, por algunos con la religión y dios, se muestra como contradicción (como contradicción misma es, igualmente, la Nada que aquellos afirman): cuando de cierto es, para quienes no es dios una necesidad evidente... precisamente, más evidente y por esa misma razón es necesidad, por ese estado de permanente conflicto y contradicción…, (¿Cuántos no viven de negar una y otra vez a dios?) pero Incluso Pedro —en sus circunstancias y conociéndolo— negó tres veces al señor. Cuanto más, a quien no le conoce de reconocerse de un hermano le será difícil de entender, ¿Tanto tiempo he estado con ustedes, y todavía no Me conoces, Felipe? (Juan 14 -9) Tú has creído, porque me has visto; dichosos los que no han visto, y aun así creen. (Juan 29).
Lo más curioso de todo esto, es que el hombre sigue hoy abrazando las tinieblas por encima de todo y rechazando la luz, pues la fe falla y los hombres olvidan, mas aquellos viejos dioses de la oscuridad, el miedo y la lujuria aún se aferran en ellos a la vida: desesperados, y siempre en busca del placer, huyendo del dolor: de aHi la necesidad del padre Kierkegaard, también lo vio claro, en el sentido que “el ser humano siempre se siente atraído por la falta y la carencia, llevándolo a un sentimiento de desesperación” ( desesperación no la mismo y de la misma forma que siente un huérfano que entiende la necesidad de un padre).º.
SOBRE LO HUMANO Y LO DIVINO DIOS Y SU MANIFESTACIÓN
I
Cuando recibes una bendición, en lo único que piensas, es en que todas las personas puedan ser partícipes de esta: y de ese amor que sientes al que le quedan cortas todas las explicaciones o palabras y no que cabe en el corazón. De ahí la necesidad de compartirlo.
A lo largo del pasado siglo (XX), dios parecería haber sido completamente anulado y desterrado del mundo por una visión científica y determinista del mundo y la realidad. Visión esta, que pretendía y pretende, ya desde la revolución francesa, relegarlo a un estadio superado de la evolución de nuestra conciencia. Sí, hablamos de esa misma conciencia ―la nuestra― evolucionada o, evolucionada, al menos en el término de hacer posible el exterminio de 60 millones de personas en lo que duró el conflicto de la segunda guerra mundial (20 millones en la primera) y que arrasó un continente entero: esa misma conciencia “evolucionada” que aunque todavía no puede evitar accidentes y que los aviones caigan del cielo, con sus armas nucleares es capaz de amenazar por aniquilación, la totalidad de la vida de nuestro planeta: que gasta más en armas que en dar de comer... la misma conciencia que busca nuevos mundos allende las estrellas mientras destruye el propio. Ciertamente, el concepto de “Dios” ha implicado, desde hace milenios, apelar a la posibilidad de un sentido (o sentidos) de la existencia humana, relativamente dependiente de la realidad de un ser supremo: principio creador y fin de todo cuanto es, pero ¿quién necesita de un Dios creador y sus Ángeles protectores, cuando piensa que puede o tiene la capacidad de crear y mejorar, e igualmente destruir todo lo existente?
II
«¿De quién procede el don y el beneficio de que puedas contemplar la belleza del cielo, el curso del sol, la órbita de la luna, la muchedumbre de los astros, y a aquel mismo que en todas estas cosas hace resonar, como en una lira, la armonía y el orden?» San Gregorio Nacianceno.
Muy a pesar de a quienes dios no interesa, lo cierto es, que al comienzo de este nuevo milenio, observamos que la pregunta por Dios persiste (si cabe con más fuerza) no pudiendo desligarse del corazón de millones de personas, del mismo modo que no puede desligarse del interrogante sobre el significado y sentido de la vida misma, o nuestros esfuerzos y anhelos por encontrar aquello que no podemos todavía entender: la noción de lo absoluto y, muy especialmente de dios; y que muchos, sin llegar a negar por completo su existencia, lo consideran por completo inaccesible a la razón y entendimiento humano, pues cuanto más se afanan por medio de esa misma razón en atrapar a Dios, más parece que se escapa y distancia de ellos. Cuando luego "basta haber desahuciado definitivamente a Dios del horizonte del pensamiento, que enseguida reaparece su impenetrable sombra sobre ese mismo horizonte" - (C. Blanco). Pues a decir verdad, solo hay que rasgar un poco en la conciencia de cualquier hombre o mujer, para entender que dios nos acompañará siempre en nuestra andadura humana: incluso negar ya es pensar en dios— pues toda negación: en este caso de dios, se sustenta primero en su afirmación —del mismo modo que lo ha hecho desde los albores de la humanidad.
Sin embargo, cientificistas y agnósticos negadores de su realidad dejaron pasar un detalle por alto ―el más importante de todos los detalles a tener en consideración― que la noción de Dios que ellos, niegan y rebaten no es la verdad de dios, sino aquella vaga noción de verdad y que de dios tienen las personas, o mejor dicho: niegan el conocimiento o idea limitada y parcial que sobre una idea de Dios tienen las personas (estas imperfectas) a partir de aquella “interpretación o representación” (igualmente imperfecta) y veces en directa relación con sus propias religiones y creencias, creencias estas, las más de las veces dispares, cuando no enfrentadas entre sí; y que del mismo modo que cuando a alguien se le pregunta acerca de la Nada, observamos, luego que aquello que nos aporta de esta (su idea de la Nada) precisamente, nada tiene ver con ella: con la auténtica y absoluta Nada; pues cuando el concepto pasa por la mente de una persona siendo interpretado, queda por completo desfigurado, o mejor dicho: quedará a la altura y comprensión de los hombres, pero no hay hombre sobre la tierra que en sí, pueda hacer saber a otro hombre sobre la parte de aquello, (el misterio) que por completo desconoce. De modo que si queremos aproximarnos a un razonamiento más formal de Dios, primero deberemos entender que este no se puede ni debe limitar a una religión o creencia en concreto, entiéndase: la interpretación que hace aquella de Dios; como tampoco se pueden excluir otras formas de entender aquello que no está al alcance de nuestra comprensión ―espíritu “ser” o fuerza creadora del universo― que está en permanente comunicación con todo aquello que forma parte de él y su creación: llámese espíritu santo, del universo, o Dios. Por lo tanto, hemos de comprender que cuando nos aproximamos a Dios por medio de las interpretaciones que tenemos a través de las religiones, andamos todavía extraviado y sin ver toda la luz sobre el camino, pues lo que se nos ofrece es una idea (llamémosla necesaria) de este ―pero nunca la realidad de este― que estará precisamente a la altura y la comprensión de los hombres; luego en este sentido, encontramos que hay quien piensa llegando a afirmar, que Dios juega a esconderse o no se quiere mostrar, pero… ¿Realmente Dios se esconde?
A mi modo de ver, y hoy tengo pleno convencimiento de esto que voy a decir: dios no se esconde; y me explicaré. Es cierto, que quizá hace un par de años atrás ni siquiera me hubiese planteado escribir sobre estos temas, y algunos que me conozcan ahora se extrañen al verme ahora hacerlo sobre dios, y no sobre volcanes: pero hace un par de años, antes de subir al Monte Ararat (Kurdistán) y encontrar allí otro camino y guía, veía la realidad de una manera muy distinta: aplanada y chata, que nada tiene que ver a como la veo ahora. De modo que hoy, y da igual si entendiendo a dios a partir de las religiones, o concibiéndole como espíritu/energía y/o “ser” o fuerza creadora del universo del que somos parte y total… opino y afirmo: “no solo que este no se esconde, sino que se comunica y deja entre ver, permanentemente, con todos nosotros a través de sus muy diversas formas: acariciándonos, cuando menos para hacerse sentir en nosotros”. Pero la prisa, cuando no la agitación de nuestras vidas―como cuando el gato se roza entre nuestras piernas al entrar en una tienda― hace que pasemos por alto estas formas de relación afectuosa y de amor entre lo material: nosotros, y lo espiritual: dios; sin olvidar luego, que nada hay más ingenuo y absurdo que pretender que la divinidad (Dios) pueda utilizar el lenguaje mundano de los hombres (incluso a veces un idioma concreto) para directamente hacernos saber de él, (hablándonos por palabras al oído); pues nuestro lenguaje es tan limitado e imperfecto como limitado e imperfecto es el hombre y, cualquiera otra que sea su creación, pero encontramos al hombre moderno eliminando inseguridades y dudas de su vida, de una parte: dejando el alma morir de hambre; y de la otra, negando o engañándose a sí mismo: a su propia alma y la de los demás; por esto y otras razones parecidas, Dios no puede hablarnos directamente hoy por la palabra de los hombres, tan imperfecta como los mismos hombres que la esgrimen, siendo esta (la palabra que surge de la carne) no solo vehículo por el que el hombre plasma y da a conocer testimonio y la voluntad de dios entre los hombres, sino, igualmente (la palabra) es sierva de la mentira, encontrándose no pocas veces al servicio del interés o la autoridad, o bien la encontramos en el engaño cuando no para la dominación del hombre por los hombres, manifestándose por ello: la voluntad (de dios) a través de aquel lenguaje que se da en representaciones alegóricas y/o simbólicas, que son recibidas por aquel/aquellos que habrán de hallar “por sí mismos” en aquellas (alegorías o símbolos) un significado propio y para sí (con paciencia y la ayuda del espíritu santo) de aquello entiende por aquellas y que es voluntad de dios. Además, sabréis que se trata de una verdadera revelación, pues se representará, sino por medio de su Ángel mensajero, por el Espíritu Santo si por este fueres ya marcado: pues no habla entonces ya dios al hombre sino el espíritu santo, que habita en el hombre es el que habla. Pues quien obra por la palabra del señor y atestigua a dios, recibe al señor en espíritu por el bautismo (no de agua, sino por el espíritu) y renacerá, en la misma tierra, por el acto (representado en los cielos) que nos hunde en la pasión y “nos sepulta luego en la muerte de Cristo, de donde se sale por la resurrección con Él” (Col 2,12) como una "nueva criatura" (Ga 6,15). Dejando de ser lo que antes uno era, para a partir de entonces aceptar el pacto de ser en dios, con dios (en su iglesia) y solo para dios.
[El Bautismo «es el más bello y magnífico de los dones de Dios [...] lo llamamos don, gracia, unción, iluminación, vestidura de incorruptibilidad, baño de regeneración, sello y todo lo más precioso que hay. Don, porque es conferido a los que no aportan nada; gracia, porque es dado incluso a culpables; bautismo, porque el pecado es sepultado en el agua; unción, porque es sagrado y real (tales son los que son ungidos); iluminación, porque es luz resplandeciente; vestidura, porque cubre nuestra vergüenza; baño, porque lava; sello, porque nos guarda y es el signo de la soberanía de Dios» (San Gregorio Nacianceno, Oratio 40,3-4).]
Precisamente luego, y sobre este punto anterior explicado, es por el que entendemos por fin, aquel primer mensaje, que cuando nos llega aún en nuestra ignorancia no podemos comprender y, sin embargo, es el más importante de todos ellos ( para precisamente entender), por su significado intrínseco, entiéndase: la necesidad de trascender lo propio humano y terrenal por medio del bautismo en el espíritu, para acceder a la voluntad de dios, pues… lo que es nacido de la carne, carne es, y lo que es nacido del espíritu, espíritu es ([J 3:6-8].) luego, "solo el mismo espíritu da testimonio a nuestro espíritu" (R 8-16) bajo la forma de estos símbolos y alegorías (cuando se trata de imágenes) que los escépticos despachan con alegría y precipitación; o bien, será por obra del espíritu santo: que no nos habla ni dice nada pues este obra por medio de nosotros, sin poder anticipar de antemano con claridad, que saldrá de nosotros o nuestras manos… pues ¿ no sabéis que vuestro cuerpo es el templo del Espíritu Santo, que está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois ya vuestros? (Gálatas 5:22-25), más quienes dicen escuchar literalmente voces o (frases) de dios o los Ángeles venidas del cielo, no escuchan ni ven otra cosa que a sí mismos, interponiéndose entre ellos y la voluntad de dios.
Por esto y tratándose de nuestra relación con dios por el espíritu hemos de entender y entenderemos, siempre, una comunicación y relación personal, si bien parece (y hablo por mi caso) que antes y durante, habremos de recorrer un camino de aprendizaje y revelación, que habrá de prepararnos para luego nuestra labor y aprender: aprender a ver, y distinguir primero unos signos y señales (del lenguaje divino) que paulatinamente se nos harán presentes y reconocibles en el presente, pero también en nuestro pasado, buscando: para quienes ya advierten (o empiezan a advertir) lo extraordinario en lo ordinario, sugiriendo en ello una mano que nos conduce, y preparara para recibir no al espíritu santo, sino el bautismo por en el espíritu... para ser luego llenos de él y por su voluntad dejar guiar nuestros actos, después. En ese punto, tan solo hay que dejarse llevar y abrir el corazón: pues al amanecer del día, cada mañana nos trae una nueva bendición velada, que ilumina una voluntad divina que quizá solo se manifieste en ese momento, pero puede alumbrar toda una vida y no puede ser ignorada.
Pues cuando Dios quiere algo de nosotros “el universo entero nos ilumina mostrándonos el camino” hacia aquellos signos y señales. Solo tenemos que tener nuestro corazón abierto a todo cuanto se muestre, incluso prestando atención a lo más insignificante, cuando no absurdo, que a veces no parece tener sentido, pero luego termina llevándonos a algún lugar. En todo caso, lo cierto es que se precisa de una cierta actitud, pues aquello que llamamos “divinidad” puede estar aguardando tras un reflejo y en cualquier lugar observándonos: incluso en la luz parpadeante de una estrella sobre el horizonte. Sin embargo, son muchas las personas que hoy pueden pensar, y lo entiendo perfectamente, que todo esto que digo es absurdo y no va con ellos: que la vida es un cacharrito de feria, donde todo lo que se nos ofrece hoy es repetir lo mismo que hicimos ayer: una y otra vez, no advirtiendo nada extraordinario en ello... pero si has llegado a ese punto, da gracias, pues cuanto más oscura la senda esté, más fácil encontramos la luz a seguir. Sal entonces y busca en la claridad del día y la luz: observa todas aquellas cosas que toman lugar por el cambio y acostúmbrate a pensar que nada ama tanto la naturaleza del universo o el mismo dios, como cambiar las cosas existentes: verás que ningún día es igual al anterior; que la abeja hoy sobre aquella flor hoy, mañana, no será la misma, e incluso en aquellas nubes que ves pasar por los vientos dejándose llevar, se renuevan y no se repiten jamás en su forma. “El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu”.(Juan 3: 8-21). Pues la mano de dios está en el cambio; y como diría Heráclito: "hasta la cerveza, si no se remueve, se estropea".
CUANDO LAS SEÑALES NOS PRUEBAN (1)
Primera Parte
I
Darle un sentido propio a nuestros actos, más allá del que puedan darle los demás, e incluso nosotros mismos en un primer momento, será el principal anhelo: encontrarle un sentido final a aquello que nos sucede y hacemos. Un viaje, como la vida, no es una certeza en la que se está (o un programa concreto a concluir) sino, y más bien, una certeza a la que se llega (obrando en función de aquello que nos dicta el corazón) algo que todos comprobamos muchas veces, al ver colapsar y volver de nuevo a abrirse las expectativas durante un mismo tramo de vida, o viaje. Sería en ese mismo sentido, y precisamente en este viaje del que ahora les quiero hablar, donde yo habría de sentir esa ruptura (conmigo mismo) / o necesidad de renunciar a una idea o proyecto—más aún al ego— en mor de escuchar y seguir aquello que, contra todo lo racional del momento y cuando menos lo esperas te dicta el corazón, y desviándome hacia donde, y como cogido de la mano, una voluntad me habría de conducir...
II
A principios de 2020 y poco después de volver de Centro América, justo antes del inicio de la pandemia, tenía pensado terminar de concretar, volviendo de nuevo al Arco Volcánico Centroamericano: Volcán Barú en Panamá, y los Volcanes Irazú, Arenal, Poas, Turrialba y Rincón de la Vieja en Costa Rica, terminado de este modo mi odisea volcánica centroamericana en solitario, que empezase tiempo atrás en El Salvador, y siguiendo después en Guatemala, Honduras y Nicaragua: sin embargo, la pandemia vendría a frenarlo todo, incluido nuestras propias vidas; pero sería precisamente durante la pandemia, cuando de forma inesperada apareciese un tipo extraño en mi vida—por whatsapp—y que luego desaparecería del mismo modo como apareció. Su nombre poco importa, pues lo verdaderamente importante fue aquello fue me propuso: “viajar, junto con un grupo de otras dos personas (montañistas) y alcanzar en Chile el volcán ojos del salado, el Volcán más alto del mundo, todavía activo, para finales de aquel mismo año, coincidiendo así con el verano austral”. Sin embargo, en una de nuestras conversaciones (por wasap) este insistió, que teníamos que hacer antes otra expedición, en este caso a un volcán de al menos 5000 metros, con el objetivo de ir poniéndonos en forma, entiéndase: adaptando y empezando a aclimatar nuestros cuerpos y mente (lo que encontré razonable). La decisión final, en este caso no mía, fue viajar al Kurdistán (al oriente de Anatolia vía Estambul) y ascender allí una serie de volcanes, entre los 2500, 3500, y los 5000 metros, Nemrut, Suphan, Artos, Tendurek y finalmente Agri Dagi (Ararat de 5.135 m) como colofón y final, justo en la frontera entre Turquía, Irán y Armenia. Lo que nos llevaría, a lo largo de un par de semanas, a recorrer aquello que según la biblia fue en tiempos pasados el Paraíso Terrenal, o 'La porta del Paradís', como afirma una epístola del humanista valenciano del s.xv Bertomeu Gerp, escrita en latín y que sitúa el paraíso en esta región; al igual que lo hiciese el egiptólogo británico David M. Rohl, que localizó geográficamente en esta parte del mundo el lugar exacto donde estuvo ubicado el Paraíso, tras cotejar fuentes bíblicas con textos antiguos. No en vano, y algo más al sur del lago Van (y ciudad de Van) encontramos la ciudad de Urfa: o ciudad de los profetas, nombrada así en el Antiguo Testamento, como lugar en el que vivieron grandes profetas como el santo Job, Elías o Moisés o el mismo Abraham. Sanliurfa o Urfa (antigua Edesa) es después de Konya, la ciudad santa más importante de Turquía, y a muchos les sonará el nombre por su cercanía a Gobekli Tepe, o como el lugar el de asentamiento de campos de refugiados sirios de Suruc. Lo cierto es, que tanto hoy como en el pasado, y debido principalmente a desastres naturales, sobre todo seísmos (Van 23 octubre del 2011 - 8000 muertos / Diyarbakir 6 de febrero 2023 más de 100.000 muertos) pero igualmente debido a los conflictos armados en la región: en áreas del monte Tendurek en la provincia de Van, o más al sur en las zonas fronterizas de Urfa e igualmente debido a la guerra Siria, parecería no tanto haber llegado al Paraíso, sino mas de ese lugar donde las almas purgan sus penas o, incluso, y dependiendo del momento de la historia: al mismísimo infierno, pues en aquel mismo lugar donde Noé depositó su balsa antaño, no hace hoy mucho más de un siglo se llevó a cabo el exterminio sistemático de más de un millón de armenios cristianos, que regaron de su sangre la totalidad de las tierras sedientas del altiplano armenio.
Pero y volviendo de nuevo al viaje, a la hora de comenzar este, yo ya había hecho mis deberes, hablando acerca de algunos detalles con el que sería nuestro guía “Kurdo” en la zona oriental de Anatolia; además, había leído bastante acerca de la historia y conflictos recientes y pasados de la región, así como del vulcanismo presente y pasado de la misma, como se podrá comprobar de mis otros escritos en mi otra web (subiendovolcanes.com). Sin embargo, nadie me había dicho, al menos hasta aquel día 7 de septiembre, que hubiese armenios en la región o siguieran por aquellas tierras (tema todavía tabú), ni muchísimo menos, que anduviesen por su “Montaña Sagrada” (Monte Ararat), más cuando había escuchado a lo largo de todo el viaje y a los pies mismos de la montaña, que los armenios ya no estaban. Supongo que esto me causó algún tipo de conflicto a partir de aquel momento. Pero sería poco después, al amanecer del tercer día de ascenso, y durante la mañana del 7 de septiembre, y mientras que nos disponíamos en recorrer el último tramo hasta la cumbre, cuando algo removió mi corazón, dirigiéndome, no al paso de la cumbre junto a mis compañeros, sino y tras despedirme de ellos (dejándolos sorprendidos) dirigiéndome después, tras salir en sol ya en solitario, a un lugar donde algo había llamado mi atención el día anterior durante una breve caminata de aclimatación, y que aquella mañana del 7 de septiembre entendí relevante, pues tiraba de mí (tanto como para olvidarme de la cumbre). Se trataba de lo que en un principio no parecía ser más que una rama delgada, pero ¿una rama donde no crece nada y solo hay rocas a más de 4700 m de altura? (no llevo barómetro— lo digo partiendo de la inf que nos da el guía: camp a 4.300 m, y el icono estaba más arriba de este, antes de los glaciares, estos a unos 4800 m).
Es curioso como son las cosas, pues yo había ido allí —al Kurdistán— dejándome llevar (conducido si se quiere) y convencido por un sujeto al que apenas conocía, y que ni siquiera me caía bien, por no añadir, que yo seguía sin estar para nada del todo convencido de lo que estaba haciendo allí (excepción del monte Nemrut: único volcán activo de la región y que insistí en visitar, poniéndolo como primera condición), pues mi interés son principalmente estos: los volcanes activos, pero mayormente los situados en centro y sur América, Indonesia, Filipinas etc… Pero y una vez allí, y más allá de conocer ciudades o ruinas degustando la gastronomía popular, mi objetivo era, como en el de todos los demás —ya después haber ascendido y permanecer dos días en el monte Nemrut y su lago interior—ascender a la cumbre (para así satisfacer nuestro ego) de aquella enorme mole de rocas: el Ararat, cuando y cuasi a falta de solo unos centenares de metros, me vi de pronto: no pensando en subir hasta lo alto del volcán o buscar bombas volcánicas, ni en nada de lo que se suponía que debería estar haciendo o pensando en aquellos momentos —es cierto estaba sobre el volcán y a poco de la cumbre, pero no tenía mi mente como en otras ocasiones, pensando en lo que "debía hacer allí: en el volcán"— sino, que mi mente parecía esta otra cosa desde que desperté: inquieta, y a punto de ser “impulsada" si queremos llamarlo así, a seguir una corazonada o impulso que me apartaría del grupo, con lo que ello puede suponer y sin tener para nada claro el por qué, hasta dónde, o hasta qué, aquello me llevaría. De ahí que lo llame prueba, pues se nos enfrenta a un dilema no fácil de disipar: seguir al corazón o al grupo, con sus consecuencias y renuncias. Sin embargo, hoy puedo afirmar, que solo quien sigue y persigue aquello que le dicta el corazón, puede alcanzar las señales.
III
Creo, que como le ocurriese a Colón en su día, antes de partir a las Indias, yo igualmente sabía muy bien dónde iba y qué buscaba, más no lo que iba a encontrar. Lo único que puedo decir, es que al llegar al lugar, a ese pequeño altar con sus dos iconos —sujetos al palo, uno arriba a un lado de este y el otro abajo— mi sorpresa fue mayúscula y una enorme sonrisa de oreja a oreja se dibujó en mi rostro mientras, la alegría, como un tsunami inundaba a la vez mi alma y corazón. Pero ¿por qué mi ser estaba tan emocionado, cuando todavía la razón me advertía de la renuncia que había hecho? ¿Qué sabía mi corazón que la razón desconocía? Quizá, encontraba en aquello un sentido (que solo el corazón veía y la razón no entendía) en un viaje desde el principio, sin aparente sentido para mí, pero siendo de nuevo la montaña ese vehículo por el que llegaba a otras cosas, entre ellas: la felicidad; o quizá, solo me estaba consolando yo mismo tras mi renuncia. Sin embargo, racionalizar, en este caso, como en otros similares cuando tiene que ver con lo espiritual no sirve de nada, y menos aún pretender la casualidad de aquel encuentro, pues sería volver el rostro mirando hacia otro lado, negando y no queriendo ver en ello esa voluntad que nos guía, más cuándo y por alguna razón, aquella mañana todo mi ser se dirigió, al amanecer hacia aquel lugar concreto sin dudar por un momento, y renunciando a aquel propósito y razón primera por la que estaba allí: la cumbre, o al menos eso yo creía ¿conocen a algún alpinista que haga esto? De otro lado, nadie más que yo repararía aquella mañana en el altar, como tampoco el día anterior nadie se detuvo en la zona, y si lo vieron lo ignoraron… mas no podemos pasar por alto que estamos en tierras hoy musulmanas, Kurdas, en el oriente de Turquía también muy frecuentadas por grupos Iraníes dada la cercanía de la frontera (con dos de ellos me cruce); además, de que nada en este volcán y menos a esa altura de 4700 m que no sea una roca perdura, ni una noche, con base en unas condiciones climáticas durísimas (de las que doy buena cuenta) de viento, frío, hielo y nieve. Pero además, encontrar el altar como lo encontré: junto con la rama “vertical” sujeta apenas y de pie con unas piedras, y los iconos bien puestos y limpios, cualquiera diría que alguien lo atendía… pero quién, si ahí y a esa altura no hay nada ni nadie. Lo cierto es que estas y otras preguntas se mantendrían por un tiempo en mi mente, sin encontrar un significado o razón suficiente a aquel viaje que para nada era de mi gusto… cuando solo pensar en este, luego siempre volvía a mí la misma pregunta ¿qué hacía yo allí?, y más cuando ya tenía hablado y concertado la vuelta a Centroamérica con Luis. Todas aquellas preguntas y las relacionadas con el altar, quedarían por algún tiempo sin responder, mas el tiempo y luego aquella imagen habría de darme la respuesta, reconociendo en ella una señal.
CUANDO LAS SEÑALES NOS PRUEBAN
Segunda Parte
Se trata de entender un proceso que poco tiene de sencillo al profano, y mas allá como a veces creemos entender de lo que otros cuentan de los misterios de dios; pues es cierto que se intuye algo, pero por encima aquel sentimiento agradable y reconfortante de paz y amor está, igualmente, el desconcierto de no entender, en realidad, nada de lo que te está ocurriendo, hasta que lentamente, se va esclareciendo al unir cabos suelto a lo largo de un determinado periodo de tiempo (de que lo hagamos depende luego todo, si queremos entender). Y ciertamente, esto empezó a ocurrir pasados un par de meses de llegar a casa, cuando todavía mi mente no era capaz de encajar lo ocurrido de aquel viaje, o darle todavía un significado, y sin que yo fuese todavía consciente por completo lo que estaba ocurriendo. Sería allá por mediados del mes de diciembre /2021, cuando revisando precisamente algunas fotos de la expedición y con motivo de publicar una entrada en el blog relativa al viaje, mi mente volviera de nuevo a los iconos. No resistiendo entonces la tentación de comentarle de estos a José Manuel: capellán, y profesor de filosofía y Ética en el colegio diocesano, San Antón - Badajoz, pretendiendo, no muy bien, qué me podría aportar, pero al menos escuchar lo que me tenía que decir en tanto que estos iconos pudiesen representar, e ignorando en aquel mismo momento que de todo aquello pudiese ser parte de un plan establecido habiendo en este un mensaje o señal.
Luego, y mientras le terminaba de preparaba ampliando a gran tamaño las imágenes de los iconos y enviaba la copias para el examen de los mismos, este me comentó sobre la figura del pantocrátor, típica del arte bizantino, y la representación simbólica de este, en tanto representa “la Nueva Alianza de dios con los hombres y la imagen del hombre nuevo en Jesús: al mismo tiempo Dios y hombre”. Y mientras daba vueltas a aquellas palabras, reparé en algunos detalles que me habían pasado anteriormente por alto —La primera imagen en principio, muy parecida a un “pantocrátor” me confundió, — cuando al ampliarla comprobé algunos detalles de aquel pantocrátor, distinto a otros, como “la cruz” y en su la mano derecha “La Barca” fig1, y, que después de comparar con otros “pantocrátor” buscados a este efecto, no me parecía tener por donde cogerlo; pues, precisamente la representación clásica del “pantocrátor” Todopoderoso, y típica y del arte bizantino, aparece este "mayestático", con la mano derecha levantada para impartir la bendición, y portando en la izquierda los Evangelios o las Sagradas Escrituras., no coincidiendo con este icono concreto y particular. Luego, y observando el detalle y dibujo de las ropas de la fig-2, estas me recordaron otras imágenes: retablos y cuadros, observadas en publicaciones de búsquedas del día anteriores, y que eran exactamente iguales (las ropas) a aquellas con las que se representa la imagen de San Gregorio el Iluminador, (257-330) fundador, y santo patrón de la Iglesia apostólica armenia, llamado también el segundo Iluminador de Armenia. Lo que daba al menos y en aquel momento un sentido y no teniendo ya ninguna duda del origen armenio del altar. Pero si bien aquello me apaciguo, aún tardaría en hallar la respuesta a lo que mi corazón ya sabía: La invitación que Jesús me hacía a subir a la barca con él, extensible a cada uno de nosotros; una barca en la cual no será nada fácil viajar, pues significa tomar el timón y desgastarse tanto por los otros como revelando en nuestros actos la voluntad de dios; una barca pero, nunca fuera de su vista, pues estará vigilándola… Unos hechos estos, que increíblemente y de alguna forma ya se parecían anticipar, como si se tratase una profecía, en aquel texto de hace muchos años atrás que yo mismo escribiese en diciembre de 2011, y cuando todavía ignoraba si el cáncer me dejaría volver a las altas cumbres, titulado: "Un lugar más allá de las sirenas " y que termina con estas palabras:
Cuánto más complicado sería para mí tener que razonar y describir esas pasiones que nos llevan voluntariamente a partir en una azarosa búsqueda y, más aún, hacerlo a aquellos que las ignoran: e ignoran el sonido oculto y camuflado en el fuerte viento en las montañas, o tras el rugido de olas que se estrellan furiosas contra solitarios acantilados en las rocas; cómo podría describir ese lamento que siento exhala la nieve al crujir bajo las botas, o el rumor que se advierte risueño en primavera bajo los vapores de la escarcha, en un diminuto arroyo de agua; o ese destello que se filtra buscándonos entre las hojas al levantar el sol, y que nos busca y torna de tonos mágicos la realidad, como si está, de alguna manera tratase de insinuarse,: mostrando tonos antes ocultos sobre las mismas formas. Cómo explicar esa necesidad de mirar, de escuchar y hablarle a las estrellas: de ir más allá del horizonte y seguir adelante, caminando entre la tempestad, cuando aparentemente delante no se atisba más que soledad y un intenso frío, sin saber qué hay más allá y en silencio aguarda.
CONCLUSIONES RESPECTO A LAS SEÑALES
Es muy complicado como refiere en el párrafo anterior: tener que razonar y describir, esas pasiones y sensaciones que nos llevan a lugares extraordinarios donde más extraordinario todavía es aquello que encontramos, más allá de qué estábamos buscando o que hacíamos allí. Luego entiendo, perfectamente, que si yo mismo he tenido dudas siendo yo mismo el alcanzado, cuantas más tendrán para otros no las ven y para los que no tiene ningún significado, pasando de largo sobre ello, y quién sabe sobre cuántas otras cosas en esta vida, que nos pueden transformar. De ahí que me esfuerce en explicarlo.
Primero: reconozco que dios para nada es aburrido: los aburridos, pero sobre todo despistados somos nosotros; pues sus señales son perfectamente “dirigidas” adquiriendo sentido en el modo y la extrañeza como se manifiestan, y siempre en función de a quién van dirigidas en tanto a sus creencias: más en la fe estará aquel (aunque sea en conflicto) para poder reconocerlas, precisando, si no al principio, después y más adelante, ante la necesidad, de un cierto conocimiento relativo a la simbología de estas: pues no se trata de ilusiones, sino una auténtica experiencia espiritual, que los escépticos despachan con excesiva. De modo que, en resumen, a un musulmán las señales le serán reconocibles hoy a través del profeta, y a un cristiano a través de Cristo; siendo en ambos casos reconocibles por la trascendencia a través de ambos a dios; y segundo: que si Dios quería mandar una señal en la que me fijase, siendo de educación y formación católica cristiana, ningún otro lugar parece tan inaudito, para encontrar una imagen de Cristo y, por tanto, capaz de generar esa extrañeza llamando mi atención —haciendo posible reconocerlo y reconocer la señal, como lo sería encontrar una cruz en el Alamut, en tiempos de (Hasán-i Sabbah) — que hoy en el Monte Ararat, montaña helada del dolor, para los turcos y kurdos, a casi 5000 metros de altura: allá donde dios estableció con Noé su primera alianza, y hoy en el corazón de unas tierras musulmanas, bañadas (antes y ahora) con la sangre de millones de almas. De ahí la extrañeza y lo extraordinario que encontrase, en algo tan ordinario como un palo sujeto entre unas piedras, donde no debería estar. Como diría Mateo: “Quien pueda entender esto, que lo entienda”; pues hay quienes dirán que sencillamente estaba allí, o alguien lo puso y claro está, es así... Pero precisamente, es al preguntarnos, por qué y para qué está, cuando hayamos la diferencia entre, primero, aquellos que ignoran no dando importancia alguna a lo “asombroso y sorprendente” y siguen su camino a la cumbre, o cualquier otro lugar pasando de largo y, por tanto, ignorando las señales... y luego, aquellos otros que se extrañan y detienen ante aquello que encontraron extraordinario: tanto así que nos frena y retiene en una reflexión prolongada, a la luz del amanecer de un soleado y hermoso día, que ya se intuye alumbra el espíritu, hacia el despertar de una nueva vida. Luego, dos meses más tarde habría de venir mi charla con mi primo sobre el icono que encontré, quien me hablase la nueva alianza de dios con los hombres, que luego relacione con la primera alianza de Noé de dios con los hombres y animales del arca, justo allí mismo, en aquellas mismas tierras, y luego de la interpretación final de barca en el icono: invitándome a subir a ella. Por ultimo, y de aquellas primeras señales evidentes faltaba todavía una: aquella tras la cual cambiaria toda mi vida: Cuando al salir de casa de mi madre se reveló por primera vez “manifiesto” y frente a mí ese cambio, advirtiendo un nuevo paisaje que asoma ante mis ojos y que advertiría, no revelaba tanto el cambio del mundo, como del cambio dado y en mi, y que poco más tarde daría mi vida... Si bien, hay un evento excepcional debido a lo extraordinario de este evento… y entendiéndolo de otra manera: como un simple lucero… y que a lo primero, y como ocurría con los anteriores, y aislado, tampoco supe relacionar, Pero hoy entiendo necesario, pues daba sentido a todo lo demás) el mensajero.
Del Espíritu Santo, Ángel del Señor.
el posterior el encuentro con Ángel del señor el 27 Dec, que salió a mi encuentro, y por su mano, este hizo posible unos meses después empezar a percibir ( no sin antes sufrir el caos más absoluto imaginable) lo que antes no veía ni hubiese visto jamás: el sutil tapete dibujado por un Ángel en el cielo donde aparecerían presentándose los símbolos del amor y voluntad del señor. Y que daría pie por fin a empezar a establecer las relaciones entre signos y señales que venían dándose desde atrás y haciendo posible entender la voluntad del señor en tolo ocurrido en mi vida, quien sabe desde cuándo, ahora reconocible; si bien, en aquel momento todavía me faltaba algo, al menos para yo desterrar dudas y en todo aquello estaba detrás la divinidad y deseo de dios ( no me resistía pero lo parecía) Una revelación o mensaje en el cielo… pues he confesar que tenía todavía después de casi un año mis dudas racionales, y un buen cabreo, si bien no dejaba cada día de atender el reclamo casi a diario frente a mi lucero, hasta que después de varios meses, por fin una imagen que se me resistía, como ninguna en su amplitud, se rebeló completa y clara primero a la vista, (aunque y de nuevo al principio sin sentido para mí, lo que me desconsolaba) y luego por fin a la razón, y de su simbología hallase una explicación, dando un retumbo mi corazón: fue hace apenas cuatro meses, no mas, cuando una imagen que llevaba tiempo por querer mostrarse empezó a tomar firma: vi dos rostros en el cielo, de una mujer y un hombre, adornados con alhajas y tocados (yo no daba crédito no entendía nada) luego de pie la mujer a la izquierda vestida de largo y fino, y el hombre a la derecha igualmente con ropas elegantes, se cogían de la mano, abrazados, luego más abajo los dos yacían hombre y mujer: uno a cada lado del otro. Después, se intercambiaban algo (sin detalles). Baje confundido como nunca y cansado después de horas, le comente a mi madre: no lo creerás mama, ahora sí que estoy mal, he visto en cielo a una pareja, y están de boda (es ese momento, en que si crees, como no puedes evitar pensar: que estás perdiendo los tornillos, acabaste de perder el último) pues si bien el mensaje de amor es perceptible aquí, allí, y donde se mire o piense al estar presente, a mi me supera aquello, cuando pensé en lo que había dicho antes: una boda, algo que no pensé arriba… y me fui donde todos, a google: y me encontré con esto..
El matrimonio sirvió en el Antiguo Testamento para revelar la comunión existente entre Yahvé e Israel. Allí se emplea el simbolismo conyugal para sugerir el amor gratuito y sin fondo que Dios siente por su pueblo. Es una unión basada en el amor y fidelidad que se mantiene pese a todo. Para subrayar esta relación especial, única y exclusiva, la figura del matrimonio era la ideal. La alianza se expresa a través de una forma y terminología humana, al ser sustancialmente un diálogo en el que Dios se dirige al hombre que reacciona en consecuencia. La relación de Dios con la humanidad tiene en cuenta tanto la soberanía de Dios como la libertad humana (Gén 2,16-17; 3,1-7; Eclo 15,11-20) y si, el corazón me dio un retumbo: esa noche, bailaron las estrellas, pero no sería la última. Pues y Aunque yo y después de todo esto seguía escribiendo sobre la Nada. Parece que aquello tenía que cambiar, y créanme: se puede hacer ante la voluntad del señor y sus Ángeles … Fue hace apenas unas noches atrás, cuando al irme a dormir y pedir al cielo que me dejase desconectar de todo esto, me puse un programa, pregrabado, el primero que vi para dormir, cuando antes de dormirme, escuche, del profeta, una sura: ni sé por qué llamo mi atención, yo no sabía que era una sura, pero en ella hallaría otra respuesta, quizá la que necesitaba, para empezar a escribir estos últimos textos
CUANDO TRAS EL REFLEJO INTUIMOS LA SOMBRA DE DIOS
Cuando abordamos contar algo, que está en directa relación con uno mismo, y pretendemos contarlo para que otros lo entiendan, parece lógico explicar al menos de nosotros aquello, en tanto tenga relación con lo que luego se cuenta, y que sin irrumpir en muy personal nos describe y describe, de modo conciso nuestra situación frente a los hechos a describir. Esta breve introducción, que se puede encontrar algo más extensa en la presentación del Blog, da buena cuenta, o, al menos, da más que una ligera idea acerca de mí y lo que hacía por esas sendas de la dehesa y sierras de Extremadura, día sí otro también, durante más de 10 largos años ―más allá de mis viajes a los volcanes― en la búsqueda y contemplación de lo aparentemente absurdo, e inaudito. Pues ciertamente, puede ser muy complicado para quienes no me conozcan, incluso para quienes me conocen entender, por qué me pasa, lo que ahora me pasa, o por qué y cómo estoy llegando, a donde estoy llegando. Pues ocurre generalmente, como en este: mi caso, que las cosas no van a suceder por casualidad, y si bien no siempre encontramos de primeras una razón a la vista, podemos luego examinar aquel camino que nos ha llevado a ellas, para encontrar esta razón, y del mismo modo advertir, que no por mucho insistir en la búsqueda de algo finalmente lo encontramos, cuando a veces “lo inesperado” precisamente, será aquello que, finalmente, nos encuentre a nosotros.
II
Las personas ―todos nosotros― transitamos la superficie del planeta sin ni siquiera percatarnos de aquellos pequeños detalles existentes, y que la naturaleza apenas muestra, sin intuir lo que estos atesoran: detalles que al quererse mostrar, parecería que de inmediato luego se ocultaran, como si se asomasen a nosotros con esa timidez propia de la naturaleza pero que luego tanto gusta de ocultarse. Siendo, precisamente esos pequeños detalles ocultos, cuya llave intuyo es la luz, e, igualmente, las experiencias que devienen de la observación metódica y paciente de estos ―observación que no busca información o utilidad alguna inmediata, pero permite recorrer lo que se ‘resiste a ser explorado’ provocando que emerjan nuevas posibilidades― lo que más me motivan e interesan: “como quien espera descubrir, "sobre la orilla de la playa, los tesoros que estaban antes sumergidos: pues ellos compensarán los sacrificios". (Jünger-Heidegger 2010, 69). Por supuesto, todo esto puede sonar extraño a la mayoría, por no decir a todos. Sin embargo, tiene una explicación más allá incluso, de la sensibilidad emocional que se supone, de la observación paciente de la naturaleza.
III
Cuando me preguntan, qué es lo que es lo que hago, mi respuesta es siempre la misma: el tonto, no hay mejor forma de expresarlo. Muchas son las personas que se sienten atraídas por la naturaleza, pero muy pocas le dedican su tiempo, y no me refiero precisamente a pasar un día de campo. En alguna ocasión, me han preguntado si soy explorador, y entonces respondo que fui miembro de una organización de escultismo "Boy Scouts" con 13 años, en la parroquia San Jordi, en Barbera del Valles: eso ya cuenta como “explorador” más allá de mis viajes. Sin embargo, incluso un explorador ha de tener unas causas primeras que lo muevan, por encima del deseo mismo de ir a un lugar, por ejemplo: a subir una montaña, pues eso nos hace montañeros y no exploradores, ya que un explorador perfectamente puede no ir a lugares lejanos (dedicándose a una sierra cercana) por una sola pero buena razón: buscar en ella, con persistencia, algo que intuye allí se encuentra. Entonces registra, examina y reconoce el lugar, un día tras otro, metiéndose por lugares donde otros no pondrían un pie y permaneciendo el tiempo, o volviendo, de nuevo las veces necesarias... lo que nos lleva a un término menos conocido, pero mucho más interesante: naturalista.
Generalmente, un naturalista es un entusiasta ilustrado, que practica las ciencias naturales: en particular la botánica y la zoología, pero también mineralogía o geología, e incluso la astronomía. Sin embargo, si quieres ser Naturalista: ¡¡ahí va!! No existe. La profesión de naturalista es una de las más raras y desconocidas del mundo. No se estudia en ninguna parte, ni se ejerce en ningún lugar de trabajo, pero lo más importante y que distingue al naturalista de cualquier otro individuo que transite los montes, es “que sabemos guardar un secreto", pues buena parte de nosotros, sino todos, ocultamos celosamente una gran parte de las maravillas y tesoros que descubrimos al resto, precisamente, para protegerlos. Por supuesto, hay muchas formas de entender la naturaleza o ser naturalista, dependiendo, de cómo y dónde cada uno practique su pasión. El naturalista puede ser de campo, laboratorio, preservación, etc., muchos cargados con sus equipos: cámaras, lentes, recipientes de muestras, etc.; buscando hacer prospección, inventario, muestreo, captura de imágenes; conservar, clasificar, etc.; o también dar charlas, exhibiendo sus imágenes, películas o como en mi caso escribiendo en mi otra web: subiendovolcanes.com con el objeto de compartir conocimientos y ampliar registros de lugares poco conocidos; además, y siempre intentando preservar el medio manteniendo nuestro pacto.
Pero si esto ya resultar una rareza, lo cierto es que existen tipos aún más raros en el gremio como es mi caso y donde, además, de las actividades antes mencionadas (o buena parte de ellas) por alguna razón casi irracional, pretendo, o pretendemos lo que otros califican de imposible. Así, y al pasar por algún lugar que nos llama la atención, de una forma que no podemos explicar ni explicarnos a nosotros mismos, tomamos buena nota ―cómo apuntamos donde están los nidos, por donde pasan las corrientes de aire que cogen los buitres o, aquel lugar donde encontramos una bonita orquídea― y solo con la intención de volver y profundizar en el lugar, buscando lo que no está a la vista: a primera vista, pero que por alguna razón la intuimos, íntimamente ante nosotros: ahí, aunque no lo podamos ver. Para ello observamos y no tocamos nada ―tampoco nos llevamos nada, ni interferimos con nada― solo observamos, en silencio y a través, siempre, de nuestros propios ojos: sin aparatos o cámaras / pues la naturaleza a la naturaleza se revela. Y esperamos, integrados lo más posible en el medio adaptándonos bien a la luz y armándonos de paciencia, esperando unas veces la noche y las estrellas, otras a que llegue el amanecer, cuando este bañará con el sol y su luz las cosas revelando formas, reflejos y colores: variaciones y cambios que a lo largo del día y el paso de las horas (del mediodía al atardecer) irán siendo por momentos patentes, esperando en ellos el cambio y revelación de algo que se intuye latente y oculto, y busca tanto manifestarse como nosotros anhelamos descubrirlo...
En la antigüedad, los griegos a esto se le llamaba Alétheia (en griego αλήθεια alētheia o ‘verdad’) y yo he querido recuperarlo: una observación casi extática y de algún modo contemplativa que busca el "des ocultamiento" o, dicho de otra manera: busca la sinceridad de la naturaleza y realidad en aquello que ya no está oculto y se muestra/ (a sí misma: a la naturaleza: a nosotros). Pues es posible, y en ello se basa esta observación ― como demuestran algunos estudios científicos e insinúa el instinto― no tanto que la realidad esté velada, como que esta:"la verdadera realidad" no exista si no está siendo observada. Con lo que podemos afirmar, sin lugar a dudas y como demuestra hoy la física: cuántica, que el observador afecta directamente a lo observado, tanto, que cuando se mide el comportamiento de una onda/partícula por medio de la observación, se está influyendo sobre su estado natural: colapsando esta.
Pero, por qué estas observaciones; pues parece absurdo dedicarle tiempo a una posibilidad, que en principio se reconoce a nuestros limitados sentidos inapreciable e inobservable, y enmarcada dentro de las posibilidades cuánticas de la materia. Sin embargo, es precisamente la misma cuántica o la filosofía la que nos da la respuesta empujándome a ello: hay que observar si queremos ver, pues es solo al observar cuando interferimos la realidad; que sea luego mensurable o apreciable a los nuestros sentidos/la vista es secundario, cuando no irrelevante al menos en mi caso, pues si no miramos y buscamos profundizando en la luz jamás lo sabremos, y más todavía: cuando tras el reflejo que nos deslumbra se intuye ,infinita, la alargada sombra de Dios.
2- DE LOS SIGNOS Y SEÑALES DE DIOS
Anteriormente, he comentado acerca de las señales, pero no lo hice tanto sobre los signos: que son aquellos que primero nos alcanzan y podemos reconocer (signo) como esa forma de caricia en que la divinidad (el universo) se nos muestra de forma sutil, haciéndonos saber de su ser. Estos signos ―reveladores de la presencia de dios― están por doquier allá donde miremos: en ese rayo de luz que nos acaricia la piel, en el reflejo de la luz sobre musgo húmedo en la tierra, cuando un pájaro silvestre en el monte se posa cerca de nosotros y nos canta, o la gracia de Dios que descubrimos depositada en la mirada de un niño y en los magníficos colores del cielo, o el mismo en el viento que nos acaricia el rostro con su brisa cada mañana. Siendo estos solo una muestra de que todo está en contacto entre sí y con nosotros y nos da a entender: que la piel (como todos los sentidos) no solo no nos separa o distancia de las cosas, sino que precisamente nos ponen en contacto con todo los demás. Y es precisamente ante la advertencia continuada de estos signos de la divinidad que encontramos en todas las cosas, y recreados en ellas abriendo nuestro corazón, tanto como les prestamos nuestra atención.., luego la alegría y paz interior, la humildad y abandono de lo material habrán de brotar surgiendo en nosotros, y haciéndose reconocibles (al mundo), como en una flor brotan sus pétalos, como muestra de nuestra relación con de lo divino, comenzando de este modo a prepararnos para las señales que luego vendrán. Señales, pero ya no como una muestra (o signo) de la presencia divina, sino como indicación reveladora de una voluntad del universo y el espíritu de dios. Pues no solo se trata de qué hacemos sino, por qué lo hacemos, y es en estas, las señales: al identificarlas y darles luego sentido que nos ayudan hallando en ellas la respuesta al por qué; y de ese modo entenderemos —como entendiendo hoy yo— no tanto que andamos en un juego de pistas, como que la finalidad es precisamente “entender”, y entender que en todo ello hay ya desde un primer momento, una voluntad (espíritu) que nos guía, todavía al principio sin nosotros mismos advertirlo: es por ello que alcanzar a ver la mano de dios / su espíritu, en los signos y señales, es verla igualmente en nuestros actos y, por tanto, entender, que dios ( su espíritu) está con nosotros mostrándoos siempre el camino; pero ¿qué sentido le encontramos a todo esto?, en la necesidad de dar sentido a las señales: y la explicación es muy sencilla, pues como afirmaba el Padre Carreira “solo podemos encontrar una razón suficiente en Dios para crear personas conscientes, en tanto, que luego sean estas capaces por sí solas de reconocerle (reconocer a dios) y de ese modo agradecerle la existencia, pudiendo así compartir así su felicidad y la nuestra (juntos) en el amor de su creación".
EL CLOROFORMO DE LA CONCIENCIA
Voy a referirme no a quienes hablan de dios, o se muestran en su nombre (los Ángeles); sino a aquellos que nos refieren lo que “en palabras propias de dios este nos dice” engañándose a sí mismos y a los demás, cuando en busca de algo positivo (aunque solo sea para ellos) creen hallar verdad en la pura conciencia, que es elaboración suya y pura ficción —Pues Dios no dice nada y solo muestra o se muestra: mostrándonos su amor por medio de su creación, o bien, a través del que es su mensajero—, mas al extender aquellos su falsa ilusión, ante el delirio de la muchedumbre, no hacen sino poner “conciencias suspendidas” o cloroformizadas. Son aquellos, a los que muchos hoy escuchan, siempre en baños de multitud, y que tantas veces se aprovechan del vacío del alma: espíritus sin escrúpulos que solo difunden el miedo y la ignorancia, poniendo en boca de Ángeles o de Dios, aquellas palabras surgidas del interés y la vanidad; celosos que no resplandezca la luz y la belleza, y siempre entregados a encubrir las verdades y fuerzas que a ellos destronarían: fuerzas y verdades universales que vinculan a Dios y su creación con nosotros, y nos liberan por medio del poder más profundo que existe, en la fecundidad que proporciona una admiración contemplativa de este mundo, más cuando la realidad siempre nos desborda. Son aquellos que no hablan de amor, sino del fin: profetas del apocalipsis y vaticinadores del castigo y la ira de dios, de demonios e infiernos, de la Nada y de todo aquello que es herramienta de terror y dominación del hombre sobre el hombre, desviándose aún si cabe más del conocimiento de dios, en ese laberinto oscuro de emociones e inseguridades, privándonos de la belleza y pureza de la luz. Pues “Las profecías, y todo lo que ahora conocemos, es imperfecto. Cuando llegue lo que es perfecto, todo lo demás se acabará”. Corintios 13. Por lo tanto allá donde observemos texto o escuchemos sobre dios, y no se hable de amor “prudencia”, si no es amor, no es dios; pues en la luz ves a dios, y si ves a dios es amor.
SINO ES AMOR, NO ES DIOS
“Hay tres cosas que son permanentes: la confianza en Dios, la seguridad de que él cumplirá sus promesas, y el amor. De estas tres cosas, la más importante es el amor”. (Corintios 13) Hoy tengo a dios y a mi madre, mañana solo tendré a dios: nada más necesito, pues dios es amor y con su amor este me colma. Así en tierras lejanas, selvas o desiertos a la sombra volcanes inmensos, en las noches estrelladas, mientras otros hablaban de frío, fieras y soledad, yo me dormía mirando la “luz” de unas estrellas, que todas las noches y desde que tengo memoria, me cubren con su amor y acompañan. “Si no tengo amor, de nada me sirve hablar todos los idiomas del mundo, y hasta el idioma de los ángeles. Si no tengo amor, soy como un pedazo de metal ruidoso; ¡soy como una campana desafinada! / De nada me sirve que mi confianza en Dios me haga mover montañas. (Corintios 13)
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