Palabras clave:
SOBRE LO HUMANO Y LO DIVINO
ESPIRITUALIDAD
¿QUÉ SABE EL HOMBRE DE SI MISMO?
NUESTRO PASADO
EL HORIZONTE PRESENTE
EL HORIZONTE FUTURO
¿Qué sabe el hombre de sí mismo?
Quién pudiese hoy mirar hacia atrás y a través de una fisura en el tiempo, vislumbrar el devenir, de quien descansa sobre la crueldad, la codicia y la indiferencia de su ignorancia, enredado en una conciencia soberbia e ilusa. Pero, ¿Qué sabemos nosotros del tiempo?, y menos todavía, ¿Qué sabemos del futuro? ¿Qué sabe el hombre de sí mismo?
Nos hablan del bien y del mal como si fuésemos niños, y pretenden luego personas buenas y malas: como si fuésemos estúpidos… nada tan alejado de la verdad y el hombre, pues el hombre es hombre: animal, primero, y decimos (nosotros) que racional también. Pero en esa racionalidad vemos luego al animal (hombre) más despiadado, y en el animal (hombre) más despiadado vemos luego lo racional (donde algunos / alguna ya refirió de aquella banalidad del mal). Lo cierto es que no somos Ángeles ni Demonios; solo somos hombres (personas) con nuestra condición e imperfecciones, con nuestras heridas por las que respiramos: que solo miran al suelo donde pueden decir a un leño: «Padre mío» y a una piedra: «Tú me has parido» (J 2- 26) y sentirse a salvo, pues de mirar arriba, al cielo, ya sabrían que están condenados. Precisamente por ello, baste una situación como la pasada (pandemia 2020) o peor aún: de una guerra como la que presenciamos estos días (de nuevo en Europa), para que se revele en nosotros lo que verdaderamente somos, más allá de lo que decimos que somos, o deberíamos, pudiendo ser… Pero no vine hablar sobre el más amargo fruto de la vehemencia y la ira de los hombres, pues hay poco que decir: las personas son fáciles de dominar y quien tiene el dominio tiene el poder. Un poder que surge de la Nada: de ese vacío que queda como una impotencia que ciega y nos destruye, cuando se ha perdido toda esperanza, sucumbiendo al reino de la codicia y la ilusión, renunciando a nuestra naturaleza espiritual y justa. Lo que queda entonces ahí es una lejanía absoluta del ‘ser’, pero antes i de nuestro propio ser (una lejanía de eso mismo de nosotros: que no se si llamarlo alma): un vacío oscuro que se alimenta de sus mismas sombras y tinieblas: de todo aquello que oscurece el corazón y aleja de la perfección y amor hacia las otras cosas que son (y luego del amor de Dios).
Precisamente esta ausencia de amor y desprecio por todo lo bello y divino (la creación) propicia que luego el alma se marchite, como un rosal que revela solo espinos, en aquel humano demasiado humano y sobrepasado las propias cargas atávicas: brutalidad y conflictos… así como por la ausencia manifiesta de una reconciliation y amor con la naturaleza y el prójimo. Con el hombre es siempre lo mismo: el debilitamiento de la paciencia prende el combustible de las pasiones, donde los fuegos de la codicia se expanden; la miseria, la rivalidad, la preponderancia de la envidia, junto predisposición hacia el fanatismo solo amplifican luego esas llamas. En definitiva: el hombre y sus conflictos, caminando de nuevo de la mano, por el camino errado de la crueldad, que más lo distancia del amor. Incluso es posible, sobre todo al mirar a nuestro alrededor que pensemos, que la guerra y los fuegos de la codicia están de nuevo venciendo y sometiendo el mundo al dominio de sus llamas; pero recuerda: que el de hoy fue también un perfecto amanecer... y si alzas la vista por encima de esas llamas verás que el día rebosa felicidad; que hoy como ayer, en la noche o durante el día, las estrellas te saludan y al amanecer el sol brilla: déjate entonces acariciar por su suave luz y sentirás el vello erizarse, y como esas minúsculas partes de ti sienten su calidez enloquecen de júbilo por el nuevo día. Quizás me llames loco, e incluso tengas razón, pero aún con todo tengo esperanza en las personas y en ese viento que sopla entre nosotros, y sin saber de dónde viene o adónde va, al observar las obras y los frutos de algunas de ellas, y luego ver en sus ojos aquello que brilla desde adentro y constituye el fundamento de la comunión entre todos nosotros y llamamos amor.
NUESTRO PASADO
“Entramos en una nueva era que debemos alumbrar, cada uno con nuestra luz, y no ensombrecer con las propias tinieblas…”
“Caín estaba maldito y con él maldita parte de la humanidad "— dicen las escrituras . No podemos reflexionar, y menos todavía hacerlo sobre el fututo sin antes pararnos a pensar (en la violencia), y hacerlo sobre el presente en el que nos asentamos y lo circunstancial de este. Pues mas allá de la pandemia y accidentes graves, desgracias naturales y violaciones de personas y derechos, o de las matanzas que aún se siguen (tantas veces en el nombre de dios (Israel y Palestina) o los ucranianos y rusos — parientes y primos algunos enfrentados desde el comienzo del conflicto— todavía se matan estos días, los unos a los otros después en una guerra absurda e inadmisible de consecuencias todavía inciertas para la humanidad, en lo que parece la representación eslava de aquella barbarie cainita que condenase a media humanidad, luego ejecutada sobre los mismos escenarios de la segunda guerra mundial: algo inimaginable en Europa tan solo hace unos años atrás, cuando buena parte de la ciudadanía erróneamente pensaba y creía, que la tras la devastación sufrida durante la segunda guerra mundial, de alguna manera habíamos reflexionado y cambiado: evolucionado... para bien, y que desde entonces (desde el fin de la mayor irracionalidad de todos los tiempos) la guerra, y con ella la violencia había quedado arrinconada y desterrada de la mente "racional” del hombre, conjurándose para ello estados y pueblos con el propósito final de evitar la siguiente contienda.
Fue precisamente la creencia en aquel “nuevo hombre” y renovando hacia un verdadero conocimiento, conforme a la imagen de aquel que lo creó (Colosenses 3:10) y una “nueva sociedad” basada en el perdón, sumado luego a la determinación de no volver a pasar por aquel sufrimiento y devastación, lo que llevaría a aquellos mismos pueblos de vencidos y vencedores, antes enemigos (en Europa)— aún con la sangre en las ropas y el olor a pólvora en las calles— a construir, lo que por la fuerza de las armas, otros no consiguieron jamás: una Europa unida, renacida de ruinas y las cenizas todavía humeantes sobre las mismas ciudades destruidas, dando lugar al anhelado sueño de occidente: Europa. Una Europa moderna y unida; la Europa pacifista y sin ejércitos; la Europa confiada… la Europa de la inflación controlada y crecimiento económico que premia con tesoros y bienestar a sus ciudadanos a la vez que con el tiempo se vuelve más ingenua y descuidada; y empieza a practicar una moral ajustada, a nuevas necesidades, que no cuestiona el acercamiento negligente a regímenes autoritarios, proveedores de materias primas y que crecería con el tiempo, creando: a cuanta mayor importación, mayor dependencia. Problemas estos, de dependencia, siempre solapados por las grandes posibilidades: beneficios y ventajas que ofrecía el negocio, pasando por alto aquellos signos y señales que advertían que algo se estaba pudriendo del otro lado del continente, a la misma velocidad con la que crecía de este la riqueza. Aquellos mismos europeos que construyeron un sueño que parecía imposible, basado en una sociedad más justa, y un 'hombre nuevo' que daba espalda a la violencia y al pasado, se topan hoy de bruces con el advenimiento del 'hombre viejo': ‘el hombre de siempre’, que reaparece con aquellas mismas cargas ancestrales y ondeando, de nuevo ante la sorpresa del mundo la bandera del apocalipsis.
EL HORIZONTE PRESENTE
Entender la espiritualidad es entender al hombre
Entender al hombre es entender la espiritualidad / entender la espiritualidad es entender al hombre; pero no pasa necesariamente por entender (eso de uno mismo un alma i (el) espíritu ) , o que podamos ser capaces (en nuestra espiritualidad) de reconocerlo ( i por tanto reconocernos de eso igualmente ) y dejarnos guiar por su voluntad. “Entender la espiritualidad es entender al hombre (sí); mas entender el eso de nosotros que nos guía i del impulso (venido de algo superior) es decir igualmente de eso de el - que es igualmente de medio de nosotros) luego entender ( de eso de el) que nos mueve) la voluntad de dios”.
El párrafo anterior ya dice mucho, pero vaya por delante que por la gracia de Dios soy lo que soy (corintios 15-10) y aquello que hago mis obras, y no lo que otro dice que soy. No soy de los que se encierran con multitudes en recintos cerrados, me cuesta sentir ni ver allí a dios, donde solo siento personas (que lo buscan y se dejan ver) y veo altares, pero no necesariamente la obra de dios. Tampoco me gusta la “meditación”: soy más de caminar por el campo y dejarme acariciar por el sol, de observar los animales; en todo caso: de ir hacia afuera. Pues me veo incapaz, ni por un segundo, de cerrar los ojos estando en medio de la naturaleza y juntando allí el índice y el pulgar, sobre una roca sentado y con las piernas entrelazadas, buscarme a mí mismo y mi espíritu mirando hacia dentro (cerrando los ojos hacia lo de fuera), cuando precisamente fuera y ante mí, a cada segundo que pasa se desarrolla la grandeza y majestuosidad de la obra dios sintiendo y viendo su reflejo, de él, en toda ella: da lo mismo si brilla el sol, o alumbran las estrellas. Habrá tiempo de cerrar los ojos, lo habrá, pero si el fin último del hombre fuese encontrar a dios o el “espíritu” por el que se manifiesta, en la oscuridad de nuestro interior todos naceríamos ciegos, y no con estos ojos que escudriñan, centímetro a centímetro la realidad que acontece frente a ellos, incluido el sufrimiento y dolor de las personas: donde es más fácil que en ningún otro lugar, encontrar a nuestro señor. Quizá, cuando cerramos los ojos a la luz y al sufrimiento ajeno, nos resulta fácil encontramos a nosotros mismos (de ese que prefiere mirar a otro lado o no mirar quiero decir) y crecer en el conocimiento que justifica aquella oscuridad y la nada que nos rodea i aísla, recreada por nosotros mismos (y aprendida de las malas costumbres de otros) solo aislamos más y sueltos de la mano del espíritu: alejándonos del mismo dios, que en todo momento y cada segundo asiste con ella a los que sufren.
EL HORIZONTE FUTURO
Si vamos a hablar del horizonte, no queda más remedio que hacerlo igualmente del paisaje. Un paisaje, que entendido su significado común, podría describirse como la extensión de terreno que vemos desde un sitio. Sin embargo, existen otras formas de representar el “concepto”, por ejemplo: al tratar de biología, arte u otras materias. En el caso que ocupa, refiero paisaje, no dentro de esa significación más común, sino al modo a cuando es utilizado por los físicos teóricos: en Cosmología y Astrofísica, y que bajo el paraguas de la teoría de cuerdas, englobaría posibilidades que recogerían, al mismo tiempo, la posibilidad de existencia de otras interacciones incluso diferentes, de las leyes locales de la física. De tal modo, que este nuevo conjunto de todas las leyes posibles y permitidas, recibiría el nombre de “paisaje”. Luego, y según algunas interpretaciones de dicha teoría (ST) este paisaje sería enorme, resultando una diversidad fabulosa de posibilidades: posibilidades ya existentes pero a nosotros aún desconocidas, y que bien podrían ser o estar, y presentarse dentro del ámbito de lo humano, entiéndase: recogiendo las diferentes percepciones o representaciones de la realidad y la existencia, que difieran primero de las leyes locales que hoy gobiernan el pensamiento; pero igualmente del mundo y el universo:"siendo estas, al modo de “ser y pensar” y-o “representar la realidad” todas ellas permitidas y verdaderas". Lo que finalmente nos llevaría como resultado: que si alguien cree que algo no puede ser, es sencillamente porque todavía no lo pensó, no se centró, “exploró”, amó, ni deseó necesitando aquello que soñó luego con todas sus fuerzas
Leí en una ocasión que “el mundo adquiere sentido por su horizonte”— (Husserl). "Sentido y entendimiento del mundo que ha de venir del “asombro” de despejar ese horizonte"— (Zubiri). Y parece ser así (ahora hablo por mí, y mi experiencia, pero igualmente para quien ahora lea... mas luego entenderán) cuando precisamente sea en sobre este horizonte, donde se revele por primera vez el cambio, advirtiendo en él un nuevo paisaje: un nuevo mundo, que asoma a nuestros ojos, pero que no revela tanto el cambio dado sobre el mundo, como del cambio obrado en nosotros.
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