Jordi Maqueda / EL SENTIDO DE LA VIDA
No sé cuántas veces he escuchado la pregunta: legítima en todo caso, pues la curiosidad es innata de las personas. Como innato en las personas lo es también, y por ser personas, la estupidez humana, esta última como el infinito, radiante en todas direcciones, sin encontrar sus propios límites. Mi pregunta, a quienes aventuran alguna respuesta compleja a la cuestión, sería: cómo se puede dar sentido a algo, explicarlo por entero, sin encontrar antes el sentido a aquello que lo contiene. Pues, cualquier respuesta al contenido, consecuencia, sin responder antes a la cuestión del continente, aquello que la causa, sería una visión particular y sesgada: subjetiva. Sin valor alguno en términos absolutos, aunque, exista siempre quién encuentre valor práctico: circunstancial y relativo en la respuesta dentro de un ámbito circunscrito: algo así, como explicar la leche a un niño, sin explicarle, y este entendiese antes qué es la vaca. Una respuesta en todo caso solo justificada en servir a algún tipo utilitarismo, a veces prosaico y ramplón, propia más de un vendedor de ungüentos que de un investigador científico.
«Es una gran aventura contemplar el universo más allá del hombre, pensar en lo que significa sin el hombre: como fue durante la mayor parte de su larga historia, y cómo es en la gran mayoría de lugares, cuando se alcanza finalmente esta opinión objetiva, y se aprecia el misterio y la majestad de la materia, volver entonces el ojo objetivo de nuevo al hombre considerado como materia, ver la vida como parte del misterio universal de la mayor profundidad, es sentir una experiencia que rara vez se describe. Por lo general termina en risa, placer en la futilidad de intentar comprender. Estas opiniones científicas terminan en asombro y misterio, perdidas en los confines de la incertidumbre, pero parecen ser tan profundas e que la idea de que todo está dispuesto simplemente como un escenario para que Dios contemple la lucha del hombre, por el bien y el mal, parece ser inadecuada y casi absurda.» Richard P. Feynman (1918-1988)
«Es una gran aventura contemplar el universo más allá del hombre, pensar en lo que significa sin el hombre: como fue durante la mayor parte de su larga historia, y cómo es en la gran mayoría de lugares, cuando se alcanza finalmente esta opinión objetiva, y se aprecia el misterio y la majestad de la materia, volver entonces el ojo objetivo de nuevo al hombre considerado como materia, ver la vida como parte del misterio universal de la mayor profundidad, es sentir una experiencia que rara vez se describe. Por lo general termina en risa, placer en la futilidad de intentar comprender. Estas opiniones científicas terminan en asombro y misterio, perdidas en los confines de la incertidumbre, pero parecen ser tan profundas e que la idea de que todo está dispuesto simplemente como un escenario para que Dios contemple la lucha del hombre, por el bien y el mal, parece ser inadecuada y casi absurda.» Richard P. Feynman (1918-1988)
Entonces, al preguntarnos por el sentido de la vida, en el universo, deberíamos preguntarnos primero, por el sentido o razón del universo ¿tiene algún sentido el universo? Tiene una razón de ser, más allá de ser (pues si una cosa sucede en este —siendo consecuencia o causa— en este caso "la vida", esta será entonces causa primera, que literalmente explicara la existencia de la cosa que la propicia. (No creemos conocer algo si antes no hemos establecido en cada caso el «por qué», lo cual significa captar la causa primera. Aristóteles, Física, II, 3 (Gredos, Madrid 1995, p. 140)).
Así, a partir de lo evidente probable, de lo que vemos, sentimos y por nosotros mismos comprobamos y razonamos, no de lo que sentimos o pensamos deducimos o interpretamos a partir de otro tipo de sensaciones o creencias —de las matemáticas ni las ecuaciones— deducimos, razonando que: Por supuesto, el universo tiene sentido, de lo contrario no estaríamos haciéndonos esta pregunta. Así pues, la razón ( o razón suficiente) del universo —o al menos una de sus razones— sería la vida en sí misma y, consecuentemente luego “la consciencia”: prueba de ello "nosotros": una vida consciente. Resultado último esta (?), de la materia en evolución a lo largo de millones de años, dentro de un sistema cambiante, al que llamamos universo. Donde parece lógico, además, que el universo, ahora consciente, —como consecuencia última— pretenda luego de mirarse y observarse con sus propios ojos, explicarse y entenderse por completo a sí mismo.
Recordemos cuando antes, muy atrás en el tiempo, en el universo no ocurría nada, era un lugar tranquilo y sin cambios, hasta que todo cambio dramáticamente y el universo — aquel lugar donde no ocurría nada relevante— se tornó cambiante. Surgieron luz, átomos, moléculas, estrellas, planetas, galaxias… evolucionando a todos los niveles, físicos y químicos hasta que algo ocurre: la homeostasis, parte de esa materia, de ese universo, decide no seguir el ritmo, aislarse: surge la membrana: la vida; sin embargo, uno no puede aislarse completamente del entorno —más aún en ese entorno de cambios violentos, viéndose obligada a evolucionar— utilizando entonces su membrana no tanto como aislante, como para estar en contacto con el resto y poder adaptarse al entorno cambiante: convirtiéndose, entonces en un sistema experto: un sistema que consume energía y produce información. Una información que difiere de la demás, pues es una información de un sistema experto, que aprende, se adapta y diversifica hasta que una parte de esa vida y del universo es consciente de ese proceso. Se diría que la vida tenía como objetivo esta finalidad; la consciencia.
Recordemos cuando antes, muy atrás en el tiempo, en el universo no ocurría nada, era un lugar tranquilo y sin cambios, hasta que todo cambio dramáticamente y el universo — aquel lugar donde no ocurría nada relevante— se tornó cambiante. Surgieron luz, átomos, moléculas, estrellas, planetas, galaxias… evolucionando a todos los niveles, físicos y químicos hasta que algo ocurre: la homeostasis, parte de esa materia, de ese universo, decide no seguir el ritmo, aislarse: surge la membrana: la vida; sin embargo, uno no puede aislarse completamente del entorno —más aún en ese entorno de cambios violentos, viéndose obligada a evolucionar— utilizando entonces su membrana no tanto como aislante, como para estar en contacto con el resto y poder adaptarse al entorno cambiante: convirtiéndose, entonces en un sistema experto: un sistema que consume energía y produce información. Una información que difiere de la demás, pues es una información de un sistema experto, que aprende, se adapta y diversifica hasta que una parte de esa vida y del universo es consciente de ese proceso. Se diría que la vida tenía como objetivo esta finalidad; la consciencia.
Así, es la propia pregunta, al cuestionarnos por el universo, al preguntarse el universo y por sí mismo, la que da sentido a la misma pregunta y al universo a la vez. Decir vida y universo es por tanto, decir en esencia lo mismo. Preguntarse por el sentido de lo uno - la vida, es preguntarse igualmente, a la vez que le damos sentido a lo otro - el universo. ¿Por qué una estrella? ¿por qué un planeta? Nadie se pregunta por el sentido de un planeta, tal; entendemos, es consecuencia de un orden, y de un propósito en el cosmos —orden y propósito que aún no entendemos del todo— como parte de la evolución de la materia, la misma que desemboca en la vida y luego medrará hasta, si se dan las circunstancias favorables, en la consciencia. Y he aquí, donde las preguntas de nuevo equivocan el sentido en tanto al preguntar, por esta maravilla llamada “consciencia”.
Mente, consciencia y cosmos
Es posible, según muestran algunos ensayos y experimentos, que la realidad, o buena parte de ella, no exista: no se muestre tal es, si no está siendo observada. Por tanto, podría afirmarse que el observador conecta, y afecta a lo observado. De modo que: "Cuando se mide el comportamiento de una partícula por medio de la observación, se está influyendo sobre su estado natural". Esta idea no es nueva: ya desde hace siglos, para las tradiciones budistas, persiste la idea en tanto a que el universo es indisociable de la vida mental de los seres que lo habitan.
Es posible, según muestran algunos ensayos y experimentos, que la realidad, o buena parte de ella, no exista: no se muestre tal es, si no está siendo observada. Por tanto, podría afirmarse que el observador conecta, y afecta a lo observado. De modo que: "Cuando se mide el comportamiento de una partícula por medio de la observación, se está influyendo sobre su estado natural". Esta idea no es nueva: ya desde hace siglos, para las tradiciones budistas, persiste la idea en tanto a que el universo es indisociable de la vida mental de los seres que lo habitan.
Recuerdo un artículo de David J. Chalmers —uno de los mayores científicos en su campo— donde se pregunta por la consciencia: “La mente consciente, nos dice David J. Chalmers, nos es, a la vez lo más familiar y lo más misterioso del mundo. Nada hay que conozcamos de forma más directa y, sin embargo, nada más complicado que ella”, parecería así que quisiera entenderla. De nuevo, nos preguntamos por la leche, antes que por la vaca, y aquello que la contiene: el universo. Este es un error muy generalizado en los científicos: cuando la respuesta a su pregunta está respondida desde hace milenios: la consciencia, más allá de lo que pretendamos que és, existe para que los seres vivos que la poseen, la utilicen (siendo esta el fruto más extraordinario de la vida): un poder, una luz que alumbra una parte pequeña del universo, y permite a éste reconocerse a sí mismo, justo cuando la especie elegida deja de mirar al suelo y dirige su vista a lo profundo, a las estrellas. Así, la cuestión no debería ser tanto ¿qué es la consciencia? sino, qué hacer con ella, y como darle una utilidad más significativa. Quizá, en este sentido ayudaría aquella simplicidad de nuestros antepasados, pongamos hace, 2.000.000 de años, y que comían la banana del árbol, sin cuestionarse, por qué estaba ahí, o, por qué el bananero daba bananas. Ellos, sabían qué hacer con la banana, tenían claro para qué les servía: y la comían, eso le bastaba; pero, y no solo para seguir adelante con sus vidas, sino igualmente le sirvió a la especie para evolucionar, como todos podemos comprobar en nosotros mismos. Por tanto, quizá pueda,en estos tiempos cientificistas, ayudarnos a ver las cosas más claras, la actitud de aquel homínido: que sin necesidad de perder el tiempo, pensando en lo que es algo (la banana / la consciencia),deba buen uso a esta. Pues, desde que aquel primo lejano cogiese las bananas del árbol, dándole una correcta utilidad y servicio, parece que no hemos aprendido demasiado, algunos dirían: incluso que nada.
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