39 - (( SEGUNDA PARTE )) Ante la la emergencia o necesidad de saber /The urgent need to know / jordi maqueda

Ante la la emergencia de la necesidad,de saber /The urgent need to know / jordi maquesa


Palabras clave:
  Heidegger; La Nada; Nihilismo; Conocimiento; Reflexiones; Teorías; Filosofía;


Heidegger 


la necesidad de saber

The urgent need to know 

No hay razón para acercarse al abismo, dicen, muchos se hunden de bruces en el, aún así, yo lo he caminado su borde. Tome conciencia de él hace mucho tiempo; aunque, siendo honesto, he de decir que siempre lo advertí de lejos: no era un sueño. Estaba ahí. Pero senda que yo transitaba no termina en él: nunca lo hace, lo bordea. Aún y así, durante algún tiempo, y en la medida que mi entendimiento podía tolerar, acercándome, mirando desde si borde intentaba entender, comprender lo que ese colosal y angustioso vacío representa. Busqué ver con mis propios ojos su fondo, metiendo incluso la cabeza en el, con la esperanza de hallar algo, pero jamás encontré un fondo más allá de sus cascadas y simas sombrías de las que parecían abrirse inextricables oquedades y antros, cavernas sin número que delineaban fronteras entre mente y mundo. Un vacío que con el tiempo, a medida que lo contemplas te abraza y revela aquello más absoluto, invitando hacia lugares entregados a la embriaguez de lo múltiple... mientras, adviertes la pérdida paulatina de todo horizonte: pasado ese punto, mirar o no, es sólo otro modo de permanecer en él. Bien es cierto, que con ello he probado algo más que mi valentía. Aunque, no pretendo que mis semejantes lo entiendan, al fin y al cabo: "No hay fondo, Donde no hay nada que buscar", así he sentido ese vacío; aunque, cualquiera puede asomarse y comprobarlo por el mismo, que mi admiración tendrá por ello, pues, quien sin estar obligado, intenta alcanzar cierto conocimiento de cierto prueba, sin duda, ser audaz hasta la temeridad y, suponiendo que la razón del individuo no perezca en el fútil intento, de regreso éste se encontrará tan lejos del entendimiento, que difícilmente, sino jamás, podrán sus semejantes comprenderlo. De ahí que pocos estén dispuestos a mirar, donde en todo, al mirar, solo se puede mirar uno mismo. (el abismo, escrito 01-10-2020)

Nosotros hemos descubierto la felicidad, conocemos el camino, hallamos la salida de muchos milenios de laberinto. ¿Quién más la encontró? ¿Acaso el hombre moderno? “Yo no sé ni salir ni entrar; yo soy todo lo que no sabe ni salir ni entrar” así suspira el hombre moderno... (F NIetzsche)

II-La imperiosa necesidad de saber

      Es un hecho, que comprender la razón de las cosas, aunque sea a nuestro modo, en tanto a como éstas “cosas” o “entes” a nosotros se nos representan y las entendemos, así sea la vida misma, ha llevado a dotarnos de valiosos mecanismos por los cuales se premia al individuo con emociones agradables y salvaguardas, recompensando en el individuo ese entendimiento; pero, igualmente, castigando con incomodidad, malestar y odio la ignorancia y al ignorante. Pues es más fácil vivir a la luz y la realidad de las cosas, que hacerlo bajo la sombra de ésta realidad y su oscurantismo. Así, la razón de iniciar este viaje hacia el saber (de algunas cosas y las personas) igual que en otros viajes, no la hallamos sólo en el destino sino, igualmente, en todo lo que descubrimos en el camino.

     Es muchas ocasiones, incluso a una edad tardía, e influenciados por, vaya usted a saber, algunas personas, también de clase humilde y trabajadora, sencillamente, comienzan a advertir esa terrible seducción: atracción, por aquellos temas que van más allá de su quehacer cotidiano. Digamos, que son seducidos hacia cuestiones “metafísicas”, que desde tiempo inmemorial han inquietado de manera fabulosa tanto a personas comunes como notables. Estos últimos: ahora; pero al igual que aquellos: entonces, de alguna manera comienzan a hacerse preguntas en torno a sí mismos, y sobre aquello que más profundamente les inquieta o, porque no decirlo, les angustia y atormenta. Se trata de preguntas laberínticas: interrogantes profundos que atañen a cuestiones desde hace milenios envueltas en una densa niebla y desconocimiento, por la que lentamente se abren paso la consciencia y la razón.  No es extraño, por tanto, que a resultas de este interés el “individuo” en algún momento de su vida decida aventurarse y realizar pequeñas lecturas, “incursiones” podríamos calificarlas, dado el carácter esporádico y breve de éstas, y que tienen como único fin encontrar algunas respuestas.  Son muchos los que durante años recopilan libros e ideas sobre los estantes de su librería: religión, psicología, e incluso grandes teorías y ensayos filosóficos, a la espera, de con el tiempo ir comprendiendo el profundo significado que se encuentra bajo aquellas gruesas tapas. Pero, en algunas ocasiones, y cuanto más profunda sea la pregunta y, por tanto la respuesta que se quiere revelar, encontramos, que pasan los años e, invierno tras invierno, es fácil comprobar cómo la que fue en principio una agradable lectura, de páginas repletas de un saber extraordinario, no ayudan ni proponen solución alguna a la pregunta (en cuestión), menos a aún a los innumerables problemas que día tras día plantea la vida: algo así como tener una extraordinaria guía para comprender todos los misterios de la existencia, pero escrita en un idioma imposible de descifrar, cuando nos encontramos zambullimos en una Metafísica que nos conduce nada; pero, precisamente, ese aspecto en tantas ocasiones inescrutable que sugieren algunos caninos de la filosofía, como una la selva espesa que oculta sus secretos y se muestra infranqueable, parece ser lo más seductor, al menos para quien como a mí: la selva, la autentica selva tropical es su medio.

   Sin embargo, aquel el carácter en ocasiones talmúdico que parecen adquirir las palabras y reflexiones, de algunos, por no decir de casi todos los grandes pensadores, compromete cuando menos la capacidad intelectual del individuo común para descifrarlos y, las grandes preguntas, las grandes cuestiones de la vida, permanecen ajenas a éste y a la mayoría de las personas –La insatisfacción y el descontento, esa especie de dolor por el amor de quien te ignora agudizaba el desencanto– la falta de adhesión y la distancia mostrada por aquellos sabios atormenta. Muchos son los que abandonan y olvidan entonces aquellos libros sobre sus estanterías. Pues, ciertamente, pretender alcanzar el conocimiento puede ser descorazonador; más, para aquel que carece del consejo de las cátedras: conocer pues, los profundos misterios, extraer conclusiones del estudio y la lectura de aquellos libros parece estar destinado a aquellos que, solo y previa intensa formación académica, poseen el método y el medio para poder bucear e interpretar la compleja dimensión del pensamiento, en el cual se expresan aquellos singulares textos (o eso antes pensaba); pero como no podía ser de otro modo, esto no ha hecho, ni hace más que acrecentar el prejuicio ya existente, y ampliamente extendido entre las clases más humildes, de que la filosofía no tiene nada que ver con ellos y su dramática realidad: que escrito entre esas líneas no existe un nexo alguno con los deseos ni necesidades del hombre común: el trabajador, mucho menos con los suyos propios. Sin embargo, hay quienes no se resignan, no capitulan, no solo en ésta su búsqueda, sino que no se rinden jamás; pretendiendo demostrar que la vida, su vida.nuestra vida tiene sentido, pues, entienden, y entienden del sentido, igualmnete (sentido de  aquello irracional que en ocasiones, ese otro yo, al que dimos y damos rienda suelta (nuestra sombra: que nos conduce hacia aquello que consideramos más irracional) igualmente puede abrir las puertas de la razón al profano, proporcionando, aunque sea por unos instantes algo de luz a su perspectiva. Un centelleo éste, muchas veces lóbrego y tenebroso, mas una luz que será casi siempre reveladora de la triste y angustiosa realidad, si bien, no parece importar el precio que por “saber” se tenga que pagar, cuando adviertes verdad. Sin embargo, esto es una realidad, es en ésta (en la filosofía), más que en ningún otro lugar, donde el pensamiento desventurado ha escarbado hundiéndose con mayor pasión y vehemencia  (en un solo pensar sin  actuar, ajeno a la experiencia que proporciona luz a la verdad), labrando entonces tan vasta maraña de profundas galerías que si decidimos aventurarnos, por nuestra cuenta a ellas, entrando solos: incompletos, ajenos a nuestra propia vedad y realidad) corremos serio riesgo de extraviarnos en las verdades, que son y no son verdades, o son  verdades a medias de otros; amplificando así, la magnitud de todas las aflicciones por largo tiempo contenidas, como la ansiedad, surgida frente a la inquietante perspectiva surgida de transitar la oscuridad profunda de un camino, tras el que no se intuye final, vista de horizonte ni perspectiva.

III-El laberinto, El Minotauro y La Paradoja

       Algunos refieren el lugar como templo (son aquellos que andan sobre el suelo, iluminado); otros hablan refriendo de este de un laberinto (son los que se sumergen y caminan bajo el suelo, en la oscuridad). Lo cierto, y hablo de los de abajo, es que en todo caso no se trata de un dédalo cualquiera, sino de un enorme santuario fortificado, en el que contadas personas se adentran, de facto: cuando de ser lectores de respuestas a las preguntas formuladas por de otros, y meros comentaristas de lo expuesto sobre el suelo, pasan a mirar bajo este (suelo) cuestionándose su verdad y la propia realidad de la que participan,  formulándose entonces su propias preguntas, y ataviados con lo puesto y sobre la propia experiencia, por ellos mismos empiezan pensar: unos llevadas por la pasión o curiosidad.., estos poco avanzanrán en la propia oscuridad,  y otras empujadas a través del cenagoso sendero de la existencia hacia borde (del abismo),  cuando no han sido arrastradas al fondo del mismo, donde una vez allí se verán condenadas a morar por largo tiempo aquellas lóbregas y mohosas galerías. Aún y así, no es extraño encontrar quienes, ingenuamente, penetran el templo que guardan el Minotauro y La Paradoja. La razón ―ante una providencia tan indefinida― no es otra, que encontrar algo con que aligerar el pesado fardo que “por el hecho de ser hombre, todo hombre lleva consigo” y en el páramo (desierto) demora su transitar; a la vez, que fustiga sus abatidas conciencias, cuando se impone ante ellos la perspectiva angustiosa de la aniquilación. En la marcha, a estos, se les distingue fácilmente, pertrechados con un utillaje arcaico de nociones, con ellos viaja siempre la duda; en todo momento presta a interrogar acerca de cuestiones confiscadas, si no extraviadas en un laberinto, donde la angustia resulta de todas partes al comprobar, que podemos una vez dentro de él volver la vista atrás, hacia el punto de partida, pero jamás retornar sobre los propios pasos: pues «quién sin estar obligado, intenta alcanzar el completo conocimiento prueba sin duda, ser audaz hasta la temeridad» (3). Tenemos por el laberinto tal curiosidad (4) que olvidamos el sacrificio y dolor que cuesta al hombre transitarlo. Y peor aún «suponiendo que la razón del individuo no perezca en el fútil intento, éste se encontrará ya tan lejos del entendimiento que jamás, podrán sus semejantes comprenderlo» (5).

     Sin embargo, en ocasiones muy contadas, los muros de ese complejo laberinto se derrumban ante aquel, que alcanzando el punto más bajo de sí mismo, hubiere tocado fondo, reconociendo en el laberinto un camino, a la vez sin salida; hallando así, en la “angustia” un hilo de luz por el que guiarse ante la trágica perspectiva que habrá de resultar encontrarse sumido, palpando con las propias manos el fondo: tomando plena conciencia de aquello más absoluto. El precio a pagar habrá sido elevado: soledad, sufrimiento y no pocas la locura, será moneda de cambio exigida por el Minotauro. Pues sólo cuando la existencia muestra al individuo su más dramática figura, parece la mente derrotada entender, lo que desde hacía tanto tiempo aquellos libros decían; entendiendo, no las palabras sino a las personas que escribieron, finalmente, comprendiendo que en el laberinto no hallará solución alguna (a las preguntas)  sino esas mismas preguntas y angustias que a lo largo del tiempo, los hombres se han planteado a sí mismos,  cuestionándose, por el destino y fundamento de su propio ser (cuando no se trata de leer a quien pensó la muerte, sino de ser y pensar por el mismo la vida, por la vida, para entender la muerte). Finalmente, hallando esa última verdad encontrará que no hay esperanza en ella (la muerte) y su símbolo así nos proclama (7): “pues en el anuncio de su verdad suprema encontramos la Paradoja, cuando el destino de la necesidad se conjuga con su desaparición pues ¿Acaso el hombre desea la muerte aún cuando ésta es la verdad, no queriendo alejarse de ella, en tanto que contribuya así a la no verdad?” (8). Sin embargo, “cuando se percibe el fin se va más aprisa que el tiempo. La iluminación primera y la decepción inmediata y fulgurante, otorga entonces una certeza que transforma el desengaño en liberación.”(9) una liberación que después, y más allá de la confusión total y, no siendo capaz de distinción alguna, logrará su salvación de la única manera posible: aferrándose a lo real y absurdo, a la inutilidad absoluta de ser, ahí, en el límite, en esa nada fundamentalmente inconsciente, cuya ficción es susceptible, sin embargo, de crear la ilusión de la vida. (10). Una vez alcanzado este punto ya habremos entendido que la filosofía no es otra cosa que la expresión escrita de un profundo y continuo interrogante humano, descubriendo: que nunca hemos sido nada, más que aquello que nos dejaron ser: precisamente, por no haber sido, ni decidido ser nosotros, y no pensar por nosotros. Y sin embargo, es ahí, cuando presintiendo de esa angustia el fin… éste no lo será; pues, no es poco este angustioso saber: fin para algunos (antes de llegar) mas fin sólo del principio es para otros “que son allí conducidos: y están-ahí, conscientes-siendo-catapultados por esa misma angustia, sombra que era y nada, resuelta en un todo que ahora: se es, origen, de lo se-será.   

__________________________

1 el engaño. Ortega y Gasset: La rebelión de las masas.
2. la verdad, que habrá de ser igualmente la muerte.
(a)Schopenhauer nos procura el recelo necesario frente a la idolatría del progreso, y frente a esa obsesiva búsqueda de la felicidad que es la gran falacia de nuestro tiempo.(Rafael Hernández Arias)Parerga y Paralípomena, Ed Valdemar (Pról. Pág. 16)
3. Jaspers, intr. a Nietzsche
4. Jaspers, intr. a Nietzsche 16,437
5. Jaspers intr. a Nietzsche 7, 49
6. Nietzsche
7. del Zaratustra
8. Nietzsche
9. E M Cioran
10. E.M.Cioran
11(así refiere Kant, Fundamentación de la metafísica de las costumbres cap. 1 - sobre aquellos que son mas propicios a la dirección del mero instinto natural y no consienten a su razón que ejerza gran influencia en su hacer u omitir.


No hay comentarios: