Jordi Maqueda / HOMBRE Y PROBLEMA
UN NUEVO PARADIGMA; UN NUEVO HOMBRE; UNA NUEVA ERA
Jordi Maqueda Merchán
Aceuchal, Badajoz
Abstract.- We are living several events and discoveries that are menacing our traditional vision of reality and knowledge. Therefore, it is quite important to prepare our mind and our capacity of analysis in order to respond adequately to new threats. It is not only a question of accepting once more a change of paradigm, but rather to change our common way of thinking. In fact, scientific approach is only useful to embrace a small portion of reality, that suitable to be measured. That is the reason why such an approach needs to be complemented by others. This article argues that a new pending model must accept that knowledge is featured by dynamism and movement, and must be applicable to all kind of questions whether they are considered by society legitimate or illegitimate.
Abstract.- Estamos viviendo varios acontecimientos y descubrimientos que amenazan nuestra visión tradicional de la realidad y nuestro conocimiento. Por tanto, es muy importante preparar la mente y capacidad de análisis para responder adecuadamente los nuevos desafíos y, si cabe: en un universo violento cambiante: amenazas. No se trata sólo de aceptar, una vez más, un cambio de paradigma, sino de cambiar nuestra forma común de pensar. De hecho, el enfoque científico sólo nos sirve para abarcar una pequeña porción de la realidad, aquella apta para ser reconocida y medida. Esa es la razón por la que tal enfoque debe complementarse con otros. Este artículo argumentara que un nuevo modelo pendiente debe aceptar que el conocimiento se caracteriza por el dinamismo y el movimiento, y debe ser aplicable a todo tipo de cuestiones, ya sean consideradas legítimas o ilegítimas por la sociedad.
“Pensar de un modo distinto a la corriente del momento
[espíritu de la época] tiene siempre carácter clandestino y molesto,
y es casi indecente, enfermizo o blasfemo, y, por tanto,
socialmente peligroso para el individuo”
CG Jung
Perspectivas Cósmicas
I
Llegará una época en la que una investigación diligente y prolongada sacará a la luz cosas que hoy están ocultas. La vida de una sola persona, aunque estuviera toda ella dedicada al cielo, sería insuficiente para investigar una materia tan vasta... Por lo tanto este conocimiento sólo se podrá desarrollar a lo largo de sucesivas edades. Llegará una época en la que nuestros descendientes se asombrarán de que ignoráramos cosas que para ellos son tan claras... Muchos son los descubrimientos reservados para las épocas futuras, cuando se haya borrado el recuerdo de nosotros. Nuestro universo sería una cosa muy limitada si no ofreciera a cada época algo que investigar... La naturaleza no revela sus misterios de una vez para siempre.
Seneca, Cuestiones naturales, Libro 7, siglo primero
Actualmente, sobre todo en el último siglo, las personas hemos descubierto un método eficaz y elegante de comprender con más acierto universo y aquello que acontece en él: un método llamado ciencia, método, pero, que como otras formas anteriormente —mitos, creencias y religiones— también tiene entre sus filas Brujos y Papas; pues, ni siquiera la ciencia está a salvaguarda del factor humano, a la hora de interpretar sus observaciones y resultados. Sin embargo, esta nueva ciencia nos ha revelado por sus métodos, cosas hasta ahora inimaginables: un vasto universo tan antiguo y violento, donde, en perspectiva, los asuntos humanos parecen ridículos y de escaso interés. Con los años, los siglos, el hombre se ha ido alejando cada vez más de la naturaleza y el Cosmos, hasta parecernos este último, algo remoto y sin consecuencias para nuestras preocupaciones. Pero esa ciencia —la misma que a unos los aleja de la naturaleza y la realidad manteniéndolos pegados a las pantallas de los móviles hacia meta universos— nos ha descubierto, no solo que el universo tiene una magnitud que inspira vértigo, éxtasis e incluso terror: sino, que igualmente, nosotros formamos parte de este en un sentido real y profundo; que, no solo nacimos y evolucionamos en él, si no, que el futuro y destino de la especie depende, estando íntimamente ligado a este: entando los acontecimientos humanos más básicos y las cosas más triviales en apariencia, conectados íntimamente con el universo y sus orígenes. Es primordial, por tanto, para nuestra subsistencia y supervivencia, que comprendamos este Universo por los medios a nuestro alcance, y que hoy son Ciencia & Razón; pero, sin olvidar que la ciencia, en esencia, solo aporta datos e información de la observación o experimento, siendo, luego y en definitiva la razón —subjetiva, e íntimamente ligada a nuestro grado de evolución y consciencia actual de la realidad— la que interpretará los datos. Que todo aquello que obtengamos y reduzcamos a certeza hoy, no será más que una verdad relativa —cuando no sesgada— de una realidad que no alcanzamos a ver ni entender por completo: certezas, que mañana serán derrumbadas como un castillo de naipes, por otras más completas y acertadas, en la medida que vayamos adquiriendo, con el tiempo y, por medio de la evolución, que no de la ciencia o la tecnología, nuevos grados mayores de conciencia. A partir de este mismo momento, y sea cual fuere el camino que tomemos en el futuro, nuestro destino estará ligado indisolublemente a nuestra capacidad de discernir y admitir —más allá de nuestras certezas— nuestra ignorancia, nuestro desconocimiento en tanto a esa realidad hoy inalcanzable en absolutos a nuestra razón, que nos disponemos a descubrir.
"Lo conocido es finito, lo desconocido infinito; desde el punto de vista intelectual estamos en una pequeña isla en medio de un océano ¡limitable de inexplicabilidad. Nuestra tarea, en cada generación es recuperar algo más de tierra".
T. H. HUXLEY, 1887
Sobre el conocimiento
II
El ser humano lleva toda su existencia sobre la Tierra, que sepamos y, todo este tiempo, lo ha hecho huyendo de la ignorancia. Una ignorancia que le hace sentir ignorante de su propio ser y destino. Abriéndose una fisura, creando una tensión permanente, entre ese hombre que busca el saber de las cosas, y lo desconocido, que a decir verdad, es casi todo. El hombre trata, en un esfuerzo vano de acercarse o lo desconocido, busca saber de las cosas, entenderlas, reduciendo así los límites de su ignorancia. Para ello, a lo largo de la historia ha utilizado, desde mitos, leyendas y dioses, hasta símbolos y, últimamente a través de la ciencia: fórmulas, tesis, hipótesis, modelos y esquemas. No cabe preguntarnos ahora —en tercera persona— ¿Qué le empuja a ello? Como si no fuese con nosotros el problema. Es más, precisamente en nosotros encontramos ya algunas respuestas, acerca de ese profundo malestar: un malestar que no le permite ser feliz, ni siendo ignorante.
Es un hecho innegable: que comprender la razón de las cosas, aunque sea de forma vaga, y por nuestros propios medios o posibilidades — en tanto a como estas “cosas” o “entes” a nosotros se nos representan y las entendemos— ha llevado a dotarnos de valiosos mecanismos, por los cuales, comprobamos, se premia al individuo con emociones agradables, recompensando, en este ese entendimiento; e, igualmente, castigando con malestar la ignorancia y rencor al ignorante. Pues, es más fácil para el individuo vivir a la luz del mundo y en el conocimiento de las cosas, que hacerlo a la sombra de esa realidad y su oscurantismo. Sin embargo, para ello, para salvar esa distancia entre nosotros y el desconocimiento: de no saber casi nada de lo que somos y lo que nos rodea; (nosotros) el hombre, ha tratado desesperadamente de crear certidumbres que, aunque muchas veces falsas, pudieran servir de soporte virtual a su vida. Certidumbre estas, que periódicamente a lo largo de la historia has sido reidiculizadas, señalando a los defensores de aquellas “certezas”: de la centralidad de la Tierra, de la aparición “espontánea” de la inteligencia, la superioridad de la raza blanca, e incluso de una visión mecanicista de la realidad… y, aun así, frente al riesgo ha hacer de nuevo el ridículo frente a sus semejantes, el hombre, las personas, siguen apostando por tener certidumbres. No obstante, y aunque se rodeen a esas certidumbres de misterio, ritos o sacralidad, religiosa o científica, la realidad y el paso del tiempo, oportunamente y de forma impasible, se ocupa de poner en cuestión todo supuesto conocimiento. Ortega, en un ensayo precisamente dedicado a Galileo, describe perfectamente este proceso, señalando que nuestra vida vive siempre de una interpretación del universo y que, en consecuencia, toda crisis supone desprenderse de esa “ubre que amamanta nuestra vida”, en palabras muy expresivas del propio Ortega, para disponernos a aceptar otra perspectiva vital, a ver en consecuencia otras cosas y atenernos a ellas. Pues la Ciencia no es gradual y acumulativa, lineal; sino que viene en ocasiones a ser arrollada por una serie de grandes cambios; cambios, a veces drásticos de "paradigma".
III
Las grandes revoluciones o grandes cambios, decía P Davis, tienden a asociarse con las grandes reestructuraciones de las perspectivas humanas —por supuesto, Davis, refería revoluciones tecnológicas y científicas—. Copérnico, Darwin o el mismo Einstein son ejemplo de ello: nada de lo que argumentaron aquellos genios estuvo fuera del entendimiento de sus semejantes, que a poco de formación académica —aunque no estuviesen familiarizados con los estudios— entendieron, sino de forma compleja, si de forma general lo que aquellos genios con sus ideas les querían decir —no tanto quizá las ecuaciones en el caso de Einstein—. Y esto, es debido a que las personas, por ejemplo, en occidente, todas compartimos —aunque habrá excepciones— no solo la cultura, la capacidad intelectual y la formación, sino igualmente la percepción (los sentidos) y, por tanto, nuestra representación del mundo material. Razón por la cual, el razonamiento de cualquier persona formada intelectualmente, es capaz de acceder a los pensamientos y representaciones de aquellos singulares científicos, entendiendo —al menos generalmente—qué nos querían decir.
Sin embargo, durante el primer cuarto del siglo pasado, y prácticamente a la vez que Einstein desarrollaba su teoría de la relatividad y relatividad general, a vez que una nueva física que permitiría un mejor entendimiento del macrocosmos; de otro lado, y casi a la vez, se desarrollaba otro nuevo concepto de la física revolucionario, que vendría a reformular los aspectos básicos de la realidad, enfocándose esta de modo nuevo, distinto e inesperado. Más próximo al misticismo que al materialismo. Hoy todos, aunque sea de un modo simple, creemos entender aquello que la realidad implica. Sin embargo, y no se asombren: la teoría cuántica (probada y demostrada en muchos de sus aspectos) está fuera de todo entendimiento y razonamiento al común de los mortales, siendo accesible a muy pocas personas y, solo, a través de complicadas ecuaciones. Ni siquiera aquellos con amplia formación científica en otros campos, y que pretenden afirmar entenderla, tiene luego ni idea de lo que aquellas ecuaciones representan o implican. Una realidad de Alicia en el país de las maravillas, ajena a nuestros sentidos y, por tanto, una realidad a la que no tenemos acceso, ni entendemos o comprendemos en esencia su sentido, pues precisamente nuestros sentidos y percepción del mundo y la realidad, primero, y luego nuestra capacidad de intelecto, e inteligencia y percepción aún no están a la altura que se precisa para acceder a esa realidad. Tanto es así que los físicos que trabajan en ella, en sus ecuaciones, la aceptan dentro del laboratorio, pero la rechazan fuera de ellos: en su vida cotidiana y mientras están con sus familias y amigos. No hablan de ella más allá de las paredes de sus laboratorios, de sus consecuencias en la realidad —como lo hacen otros físicos al hablar de la T de la Relatividad— y hacen bien, pues los tomaríamos por locos: más incluso que a aquellos que dicen ver marcianos verdes, no creeríamos nada de lo que nos dijesen en relación con las implicaciones que tienen en la realidad dichas ecuaciones, por cierto correctas, tanto que incluso Einstein, primero bastante incrédulo (recordemos aquella frase: dios no juega a los dados) terminó por aceptarla. Pero de estas ecuaciones, de esta nueva aventura física y aceleradores de partículas, un filósofo, no importa si ajeno a esta nueva física o familiarizado amplia o vagamente con ella, con sus ecuaciones —aceptando la veracidad de estas— y sus consecuencias: una realidad existente, ajena y no perceptible al ser humano; de inmediato advierte lo que podríamos llamar: el problema.