CUANDO NADA, YA NO ES NADA

Jordi Maqueda  / La Nada como concepto fallido /CUANDO NADA, YA NO ES NADA


Miedo a la nada, ( Artista: Aparisi - España - -Biografia , ) Expresionismo Abstracto, dentro de la corriente del Inconformismo. Ejecutada sobre lienzo montado en bastidor ancho de madera utilizando únicamente pigmentos naturales tanto al óleo como acrílicos. Artista  nacido en Valencia, Actualmente reside en Aigües (Alicante) donde tiene su estudio.

    “Todo lo que se desconoce o se ignora o se desprecia”.
-(A.Machado)

Todavía hoy nos preguntamos por conceptos, que pudieran parecernos fuera de lugar, más propios de movimientos y tiempos pretéritos que de una sociedad tecnificada. Uno de estos conceptos venido a más en estos días, es «La Nada»: un concepto fundamental, un absoluto, que desde un punto de vista ontológico, se define como la "ausencia - inexistencia" de cualquier objeto: "lo que no es" y, sin embargo, observamos hoy habita inmersa en lo finito. Una «Nada» que habiéndonos cuestionado tantas veces por ella, está hoy presente en la sociedad, aunque de forma distinta, o errónea, en el mejor de los casos; deslizándose a todas sus capas, que utilizan el “término - concepto” de forma equívoca y fuera de lugar. Recuerdo, no hace demasiado, un par de años quizás cuando leí un enunciado en un artículo científico, escrito por científicos: ingenieros, acerca de un descubrimiento y, que por lo "ingenuo" del enunciado, llamó mi atención: "Logran, por primera vez, medir la «nada absoluta»". Lo que me recordó el cacao, o «cao absoluto», que fluctúa en algunas mentes, instruidas o no, al manejar este concepto, que como vemos en el enunciado anterior es afirmada e, "incluso medida" como algo que “es”, es decir, como ente. Cuando , no solo "no es" un tipo de "ente", pues si de algo se distingue La Nada es, precisamente, de todo "ente". El problema como vemos viene de afirmar una Nada, antes incluso de cuestionarse o preguntar por ella, pues de haberlo hecho, "al preguntar por la nada –qué y cómo sea la nada- trueca lo preguntado en su contrario. La pregunta despoja a sí misma de su propio objeto."¿Qué es Metafísica? Martin Heidegger Trad. X. Zubiri.

© Jorge Maqueda Merchán (2003-2009-2020-2022)
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AISLARSE EN EL CAOS

Jordi Maqueda  / Aislarse en el caos


Antes de comenzar a escribir este texto —las entradas que componen este nuevo cuaderno que aún no tiene un título— me quise aislar del “ruido” (no del mundo) o, al menos mantener el ruido en unos niveles aceptables pues, y esto es importante, anularlo por completo es imposible y, además, poco aconsejable: no sería la primera vez que disimulada, en eso llamamos ruido, insiste oculta una señal esperando ser revelada: recuerdo, solo por poner un ejemplo: recuerdo a aquellos dos ingenieros (radioastrónomos para más señas), que trabajando para la compañía telefónica estadounidense ATT, y mientras trataban de entender la fuente de un ruido que aparecía en sus receptores de radio, paradójicamente, y de forma casual descubrieron lo que fue finalmente reconocido como la radiación a 3 K del fondo cosmológico (que ya había sido predicha teóricamente a finales de los años cuarenta) y que a la postre, les hizo merecedores del premio Nobel de Física, en 1978), siendo este acontecimiento ejemplo extrapolable a todos nosotros, en cualquier ámbito de nuestras vidas. De modo que: televisión, ordenador y teléfono celular (todo aquello más disruptivo) fue a parar a una caja. Me quedé con una pequeña radio —para no ser el último en enterarme si se acababa el mundo—mis plantas, algo de trabajo de limpieza en la cocina para desbloquear ideas y, por supuesto, mis estrellas: esas mismas estrellas que me acompañan desde muy joven lo largo de mi vida allá donde quiera que esté, fue lo único que permaneció a mi alrededor, además, del Sol que me daba los buenos días cada mañana. Luego, y como es pertinente cuando abordo determinados temas, precisaba de un cierto grado de lucidez mayor al acostumbrado, pues de otro modo, es imposible discernir siquiera las cuestiones y preguntas correctas —ni que decir las respuestas a estas— por los medios naturales de la razón, siendo preciso otro enfoque: más atrevido, liberándome de las ataduras y cargas con las que esa misma razón se aferra a aquello que llamamos realidad. Recursos estos que, por cierto, ya nuestros antepasados manejaban en tiempos antediluvianos y, todavía residualmente, en algunos lugares de oriente, son esgrimidos por algunos individuos. Algunas personas llamarían hoy a esto “acomodar la mente”.


De otro lado, he escuchado acerca de personas “escritores, sobre todo” que se alejan del lugar donde viven, sobre todo de las ciudades y de las personas que conocen “perdiéndose”, muchas veces a una casa apartada en el bosque, en un intento de “desconectar” —dicen— buscando alejarse físicamente del ruido y todo aquello que les molesta o pudiera distraerlos en los pensamientos y su escritura. Se diría, poco más o menos, que resulta un ejercicio —parecido en su finalidad— a lo que hacemos otros sin salir de la ciudad, en ocasiones ni de nuestra casa: centrarnos en un tema, objetivar y profundizar en este con las menos distracciones e interferencias posibles. Por si sirve de algo, solo comentar en este sentido que me parece innecesario huir de un lugar, pensando que otro será mejor para pensar y escribir lo pensado, al menos cuando se trata de una persona normal, entiéndase normal: sin problemas añadidos; en paz consigo misma y con los demás, que sabe quién es y lo que quiere: Huir nunca soluciono los problemas personales a nadie, tampoco de concentración. Camus, por ejemplo, pensó buena parte de su filosofía viendo partidos de fútbol, entre el bullicio de la gente en las gradas del campo, donde relacionaba el juego sobre el terreno, con los avatares de la vida misma, para luego redactar en su apartamento en un barrio agitado de París: “lo que finalmente sé con mayor certeza respecto a la moral y a las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol” — afirmó en alguna ocasión. Otros como Sartre paseaban por la ciudad, igualmente París, donde encontraron inspiración en lo cotidiano, muchas veces confrontando con los demás. Ambos hicieron también de París aquella capital mundial de la razón (aunque muchos no lo crean en París, y en cualquier otra ciudad se puede pensar y escribir, todavía). Tanto fue así, que sobre aquella orilla izquierda del Sena (en la Rive gauche) en los años cuarenta y cincuenta del pasado siglo, tuvo lugar una eclosión cultural sin igual, que situó a la capital francesa a la vanguardia del mundo de las ideas. Visto de este modo: la ciudad, parece incluso el lugar perfecto para el ejercicio intelectual. Pero, no solo no es necesario salir de la ciudad para pensar, escribir o aislarse del ruido, incluso del mundo. Los hay, yo me considero entre ellos, que trabajan cada día en sus patios sobre un pequeño árbol u otras plantas durante horas, —patios que son puerta a otro paradigma— sumergiéndose, y entrando en contacto con los habitantes de ese cosmos de naturaleza tan distinta a la nuestra, gobernado por habitantes serenos y silenciosos, sin tener que abandonar físicamente, mudándose, del lugar en el que viven. Por lo que intuyo que estas personas necesitadas de alejarse de todo para pensar o escribir, no solo tienen un problema, sino que igualmente no lo saben identificar: razón por cuanto más necesidad tienen de apartarse de algo y de los demás para liberar su mente, más parece les cuesta conseguirlo, siendo el esfuerzo igual al cuadrado de la distancia a recorrer para alejarse, luego multiplicado por la ansiedad, y quién sabe cuántas más variables pues, hay a quien hasta una mosca le molesta.

Cuando escribes a mano, todo va más lento. Debe ir más lento. Es casi una ley no escrita —como para mí escribir por la noche, de madrugada, escuchando el Duduk— pues, de otro modo, terminaríamos con cientos de correcciones y apuntes a otras páginas, terminando en un laberinto indescifrable. Pero en esta ocasión no había prisa; nunca la hay cuando escudriñamos en busca de algo importante. Sabía dónde quería llegar, y partiendo de un punto bien definido, enraizado en la propia experiencia, era cuestión de tiempo que me alcanzaran las ideas y con ellas esa lucidez y clarividencia que permite seguir adelante en nuestro propósito. Pues, ocurre en la mente que las cosas son distintas a como suceden en la vida física, donde nos movemos nosotros físicamente para llegar a algo; en la mente, son las ideas y la lucidez las que nos buscan a nosotros y no al contrario, como pretenden algunos: Jamás hay que ir en busca de las ideas, pues igual que con la felicidad, son ellas las que a nosotros nos alcanzan: llegarán, y lo harán en cualquier lugar, incluso en el baño, y cuando menos lo esperemos, tan solo hay que estar atentos para atraparlas. Y quizá, estar en medio de la naturaleza, en una casa en Los Picos, apartada en el bosque, no sea el mejor lugar para atrapar ideas. Me explicaré.

Resulta ya a primera vista paradójico, que alguien vaya a la montaña —a zambullirse en la naturaleza— a escribir; no me atrevo siquiera a decir que se pueda ir a pensar en medio de un bosque, entre las cumbres nevadas de la sierra, pues pensar implica tener que hacerlo sobre algo, algo que nos privará de nuestra mente por un tiempo, ocupando y cerrando esta a cuanto fuera acontezca, cuando, por el contrario, deberíamos mantenerla libre y relajada, abierta a la espera de deslumbrarnos con las emociones que resultan de nuestros sentidos aventurados a los sonidos, olores, sabores, y a todas aquellas impresiones que devienen de estos (los sentidos) expuestos. La vida es el regalo que Dios nos hace. La forma en que vivas y sientas, es el regalo que le haces a Dios — decía Miguel Ángelo. Y, si lo pensamos detenidamente, ¿quién va a un museo de arte a pensar, o escribir? Nadie. Las personas visitan un museo buscando que les vibre con fuerza, palpitando, el corazón, buscando esa reacción romántica, que surge ante la acumulación de belleza y la exuberancia del goce artístico. Y aun así, “la mejor obra de arte no sería más que la sombra de la perfección que encontramos en todo aquello que nos muestra la naturaleza”. Y, dicho esto, la pregunta sería: quién va a la montaña a escribir; quién puede en un bosque en otoño pensar en otra cosa que no sea lo que tiene ante sus ojos; quién puede apartar la vista de una mariposa que se posa frente a ti; o dejar de mirar Acturus —el guardián de la osa— en verano; Aldebarán —el ojo del toro— en otoño; o la turbulenta Betelgeuse en el cielo estrellado en una noche clara de invierno. Al final, reducido y sometido a breve análisis, deducimos: que hay personas que salen de una casa en un lugar, para meterse en otra casa, en un lugar distinto, alejándose en todo caso siempre del medio natural: “de lo que hay fuera”; se diría incluso que angustiados por este, cuando de lo que se trata es de instruirse a vivir y sentir la intemperie; acostumbrarse de nuevo al caos que supone nuestros sentidos expuestos —sin anestesia— a experiencias puras. Hoy muchas personas viven y ven la realidad a través de los cristales de unas gafas de sol y de los parabrisas —con filtro UV— de sus coches, pantallas de televisión, ordenadores, teléfonos y tablets: muchas veces sabemos de las cosas, no por propia experiencia, sino por lo que otros nos cuentan de ella en medios, escuelas y universidades: Vivimos en una cueva, sin salir apenas de ella, y cuando lo hacemos nos abrigamos, protegiéndonos de la realidad, de la luz y los colores, como lo haríamos del frío. Nadie mira a la luz directamente sin gafas o las estrellas con los ojos desnudos: y muy pocos dedican tiempo a escucharlas y “hablar” con ellas— pero están ahí, y están por alguna razón más allá de cualquier causa o razonamiento, hoy probado —aunque ahora lo ignoremos— pues, sin su presencia en las noches claras de luna nueva, sin el parpadeo de su luz en nuestras retinas, la desolación que cubriría el cosmos —la angustia que experimentaríamos— sería tan completa y profunda, que el mismo concepto de desolación perdería todo su sentido. Es por ello —sobre todo por ello— que ese mínimo respeto que merece el regalo de la vida y los sentidos, y la intuición de una realidad más allá de la realidad misma, nos empuja a algunos a trascender un nivel y buscar, reconocer aquello que no tiene nombre: darle nombre a lo que no lo tiene.

Pero existe un problema. Una ponzoña peor que un virus, que recorre el mundo como una pandemia: el miedo, y en ocasiones incluso la vergüenza. Las personas tenemos excesivo miedo a todo: a la luz, al frío, al calor, al viento, incluso a nosotros, a nuestros semejantes y a la vida misma. Si algo supera nuestros márgenes de tolerancia, nos sentimos amenazados e inquietos: desconfiamos. El desasosiego nos desborda. Vivimos felices y concertadamente: en orden, en nuestras ciudades o villas, y nos trastorna —cuando no aterra— el desorden que anticipamos fuera de estas: es por ello que algunos acampan en tiendas con colchones inflables, almohadas, ventiladores a pilas y baterías para el móvil. Lo cierto es que amamos la naturaleza por el día, tanto como nos aterroriza quedarnos abandonados a ella por la noche. Pretendemos una visión —un orden planetario— que no tiene sentido en el mundo real. Y, lo peor de todo: No reconocemos —ni siquiera comprendemos— que, si todo fuera es nos parece desorden, posiblemente se trate de otro tipo de orden, un orden fuera de contexto; más aún, que la convivencia entre orden y caos es posible, pues que el caos deja de parecer caos, cuando se establece una convivencia entre órdenes distintos. Luego está la vergüenza. Incluso nos avergüenza decir con palabras, no aquello que sentimos o percibimos, sino lo que intuimos más allá de esas sensaciones, y que tira de nuestras almas con pujanza, hacia algún lugar desconocido, en eso que llamamos caos. Liberarnos de todas estas cadenas es la prioridad, dejar de escuchar a otros y empezar a escucharnos a nosotros mismos: no temer, mostrarnos y caminar bajo el sol dejándonos acariciar la piel por su luz es un primer paso. Un paso hacia el cambio que nos acerque un poco más al “desorden”: sumergiéndonos dulcemente y asomando después la cabeza a ese caos que tanto nos asusta. Pues es el caos —caos que es igualmente origen—aquello único que hace y hará posible el cambio.


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UN NUEVO PARADIGMA; UN NUEVO HOMBRE; UNA NUEVA ERA

Jordi Maqueda / HOMBRE Y PROBLEMA

UN NUEVO PARADIGMA; UN NUEVO HOMBRE; UNA NUEVA ERA

Jordi Maqueda Merchán
Aceuchal, Badajoz


Abstract.- We are living several events and discoveries that are menacing our traditional vision of reality and knowledge. Therefore, it is quite important to prepare our mind and our capacity of analysis in order to respond adequately to new threats. It is not only a question of accepting once more a change of paradigm, but rather to change our common way of thinking. In fact, scientific approach is only useful to embrace a small portion of reality, that suitable to be measured. That is the reason why such an approach needs to be complemented by others. This article argues that a new pending model must accept that knowledge is featured by dynamism and movement, and must be applicable to all kind of questions whether they are considered by society legitimate or illegitimate.

Abstract.- Estamos viviendo varios acontecimientos y descubrimientos que amenazan nuestra visión tradicional de la realidad y nuestro conocimiento. Por tanto, es muy importante preparar la mente y capacidad de análisis para responder adecuadamente los nuevos desafíos y, si cabe: en un universo violento cambiante: amenazas. No se trata sólo de aceptar, una vez más, un cambio de paradigma, sino de cambiar nuestra forma común de pensar. De hecho, el enfoque científico sólo nos sirve para abarcar una pequeña porción de la realidad, aquella apta para ser reconocida y medida. Esa es la razón por la que tal enfoque debe complementarse con otros. Este artículo argumentara que un nuevo modelo pendiente debe aceptar que el conocimiento se caracteriza por el dinamismo y el movimiento, y debe ser aplicable a todo tipo de cuestiones, ya sean consideradas legítimas o ilegítimas por la sociedad.


“Pensar de un modo distinto a la corriente del momento
[espíritu de la época] tiene siempre carácter clandestino y molesto,
y es casi indecente, enfermizo o blasfemo, y, por tanto,
socialmente peligroso para el individuo”
CG Jung

Perspectivas Cósmicas

I



Llegará una época en la que una investigación diligente y prolongada sacará a la luz cosas que hoy están ocultas. La vida de una sola persona, aunque estuviera toda ella dedicada al cielo, sería insuficiente para investigar una materia tan vasta... Por lo tanto este conocimiento sólo se podrá desarrollar a lo largo de sucesivas edades. Llegará una época en la que nuestros descendientes se asombrarán de que ignoráramos cosas que para ellos son tan claras... Muchos son los descubrimientos reservados para las épocas futuras, cuando se haya borrado el recuerdo de nosotros. Nuestro universo sería una cosa muy limitada si no ofreciera a cada época algo que investigar... La naturaleza no revela sus misterios de una vez para siempre. 
Seneca, Cuestiones naturales, Libro 7, siglo primero

Actualmente, sobre todo en el último siglo, las personas hemos descubierto un método eficaz y elegante de comprender con más acierto universo y aquello que acontece en él: un método llamado ciencia, método, pero, que como otras formas anteriormente —mitos, creencias y religiones— también tiene entre sus filas Brujos y Papas; pues, ni siquiera la ciencia está a salvaguarda del factor humano, a la hora de interpretar sus observaciones y resultados. Sin embargo, esta nueva ciencia nos ha revelado por sus métodos, cosas hasta ahora inimaginables: un vasto universo tan antiguo y violento, donde, en perspectiva, los asuntos humanos parecen ridículos y de escaso interés. Con los años, los siglos, el hombre se ha ido alejando cada vez más de la naturaleza y el Cosmos, hasta parecernos este último, algo remoto y sin consecuencias para nuestras preocupaciones. Pero esa ciencia —la misma que a unos los aleja de la naturaleza y la realidad manteniéndolos pegados a las pantallas de los móviles hacia meta universos— nos ha descubierto, no solo que el universo tiene una magnitud que inspira vértigo, éxtasis e incluso terror: sino, que igualmente, nosotros formamos parte de este en un sentido real y profundo; que, no solo nacimos y evolucionamos en él, si no, que el futuro y destino de la especie depende, estando íntimamente ligado a este: entando los acontecimientos humanos más básicos y las cosas más triviales  en apariencia, conectados íntimamente con el universo y sus orígenes. Es primordial, por tanto, para nuestra subsistencia y supervivencia, que comprendamos este Universo por los medios a nuestro alcance, y que hoy son Ciencia & Razón; pero, sin olvidar que la ciencia, en esencia, solo aporta datos e información de la observación o experimento, siendo, luego y en definitiva la razón —subjetiva, e íntimamente ligada a nuestro grado de evolución y consciencia actual de la realidad— la que interpretará los datos. Que todo aquello que obtengamos y reduzcamos a certeza hoy, no será más que una verdad relativa —cuando no sesgada— de una realidad que no alcanzamos a ver ni entender por completo: certezas, que mañana serán derrumbadas como un castillo de naipes, por otras más completas y acertadas, en la medida que vayamos adquiriendo, con el tiempo y, por medio de la evolución, que no de la ciencia o la tecnología, nuevos grados mayores de conciencia. A partir de este mismo momento, y sea cual fuere el camino que tomemos en el futuro, nuestro destino estará ligado indisolublemente a nuestra capacidad de discernir y admitir —más allá de nuestras certezas— nuestra ignorancia, nuestro desconocimiento en tanto a esa realidad hoy inalcanzable en absolutos a nuestra razón, que nos disponemos a descubrir. 

"Lo conocido es finito, lo desconocido infinito; desde el punto de vista intelectual estamos en una pequeña isla en medio de un océano ¡limitable de inexplicabilidad. Nuestra tarea, en cada generación es recuperar algo más de tierra".
T. H. HUXLEY, 1887


Sobre el conocimiento

II
El ser humano lleva toda su existencia sobre la Tierra, que sepamos y, todo este tiempo, lo ha hecho huyendo de la ignorancia. Una ignorancia que le hace sentir ignorante de su propio ser y destino. Abriéndose una fisura, creando una tensión permanente, entre ese hombre que busca el saber de las cosas, y lo desconocido, que a decir verdad, es casi todo. El hombre trata, en un esfuerzo vano de acercarse o lo desconocido, busca saber de las cosas, entenderlas, reduciendo así los límites de su ignorancia. Para ello, a lo largo de la historia ha utilizado, desde  mitos, leyendas y dioses, hasta símbolos y, últimamente a través de la ciencia: fórmulas, tesis, hipótesis, modelos y esquemas. No cabe preguntarnos ahora —en tercera persona— ¿Qué le empuja a ello? Como si no fuese con nosotros el problema. Es más, precisamente en nosotros encontramos ya algunas respuestas, acerca de ese profundo malestar: un malestar que no le permite ser feliz, ni siendo ignorante.

Es un hecho innegable: que comprender la razón de las cosas, aunque sea de forma vaga, y por nuestros propios medios o posibilidades  en tanto a como estas “cosas” o “entes” a nosotros se nos representan y las entendemos— ha llevado a dotarnos de valiosos mecanismos, por los cuales, comprobamos, se premia al individuo con emociones agradables, recompensando, en este ese entendimiento; e, igualmente, castigando con malestar la ignorancia y rencor al ignorante. Pues, es más fácil para el individuo vivir a la luz del mundo y en el conocimiento de las cosas, que hacerlo a la sombra de esa realidad y su oscurantismo. Sin embargo, para ello, para salvar esa distancia entre nosotros y el desconocimiento: de no saber casi nada de lo que somos y lo que nos rodea; (nosotros) el hombre, ha tratado desesperadamente de crear certidumbres que, aunque muchas veces falsas, pudieran servir de soporte virtual a su vida. Certidumbre estas, que periódicamente a lo largo de la historia has sido reidiculizadas, señalando a los defensores de aquellas “certezas”: de la centralidad de la Tierra, de la aparición “espontánea” de la inteligencia, la superioridad de la raza blanca, e incluso de una visión mecanicista de la realidad… y, aun así, frente al riesgo ha hacer de nuevo el ridículo frente a sus semejantes, el hombre, las personas, siguen apostando por tener certidumbres. No obstante,  y  aunque se rodeen a esas certidumbres de misterio, ritos o sacralidad, religiosa o científica, la realidad y el paso del tiempo, oportunamente y de forma impasible, se ocupa de poner en cuestión todo supuesto conocimiento. Ortega, en un ensayo precisamente dedicado a Galileo, describe perfectamente este proceso, señalando que nuestra vida vive siempre de una interpretación del universo y que, en consecuencia, toda crisis supone desprenderse de esa “ubre que amamanta nuestra vida”, en palabras muy expresivas del propio Ortega, para disponernos a aceptar otra perspectiva vital, a ver en consecuencia otras cosas y atenernos a ellas. Pues la Ciencia no es gradual y acumulativa, lineal; sino que viene en ocasiones a ser arrollada por una serie de grandes cambios; cambios, a veces drásticos de "paradigma".

III
Las grandes revoluciones o grandes cambios, decía P Davis, tienden a asociarse con las grandes reestructuraciones de las perspectivas humanas —por supuesto, Davis, refería revoluciones tecnológicas y científicas—. Copérnico, Darwin o el mismo Einstein son ejemplo de ello: nada de lo que argumentaron aquellos genios estuvo fuera del entendimiento de sus semejantes, que a poco de formación académica —aunque no estuviesen familiarizados con los estudios— entendieron, sino de forma compleja, si de forma general lo que aquellos genios con sus ideas les querían decir —no tanto quizá las ecuaciones en el caso de Einstein—. Y esto, es debido a que las personas, por ejemplo, en occidente, todas compartimos —aunque habrá excepciones— no solo la cultura, la capacidad intelectual y la formación, sino igualmente la percepción (los sentidos) y, por tanto, nuestra representación del mundo material. Razón por la cual, el razonamiento de cualquier persona formada intelectualmente, es capaz de acceder a los pensamientos y representaciones de aquellos singulares científicos, entendiendo —al menos generalmente—qué nos querían decir.

Sin embargo, durante el primer cuarto del siglo pasado, y prácticamente a la vez que Einstein desarrollaba su teoría de la relatividad y relatividad general, a vez que una nueva física que permitiría un mejor entendimiento del macrocosmos; de otro lado, y casi a la vez, se desarrollaba otro nuevo concepto de la física revolucionario, que vendría a reformular los aspectos básicos de la realidad, enfocándose esta de modo nuevo, distinto e inesperado. Más próximo al misticismo que al materialismo. Hoy todos, aunque sea de un modo simple, creemos entender aquello que la realidad implica. Sin embargo, y no se asombren: la teoría cuántica (probada y demostrada en muchos de sus aspectos) está fuera de todo entendimiento y razonamiento al común de los mortales, siendo accesible a muy pocas personas y, solo, a través de complicadas ecuaciones. Ni siquiera aquellos con amplia formación científica en otros campos, y que pretenden afirmar entenderla, tiene luego ni idea de lo que aquellas ecuaciones representan o implican. Una realidad de Alicia en el país de las maravillas, ajena a nuestros sentidos y, por tanto, una realidad a la que no tenemos acceso, ni entendemos o comprendemos en esencia su sentido, pues precisamente nuestros sentidos y percepción del mundo y la realidad, primero, y luego nuestra capacidad de intelecto, e inteligencia y percepción aún no están a la altura que se precisa para acceder a esa realidad. Tanto es así que los físicos que trabajan en ella, en sus ecuaciones, la aceptan dentro del laboratorio, pero la rechazan fuera de ellos: en su vida cotidiana y mientras están con sus familias y amigos. No hablan de ella más allá de las paredes de sus laboratorios, de sus consecuencias en la realidad —como lo hacen otros físicos al hablar de la T de la Relatividad— y hacen bien, pues los tomaríamos por locos: más incluso que a aquellos que dicen ver marcianos verdes, no creeríamos nada de lo que nos dijesen en relación con las implicaciones que tienen en la realidad dichas ecuaciones, por cierto correctas, tanto que incluso Einstein, primero bastante incrédulo (recordemos aquella frase: dios no juega a los dados) terminó por aceptarla. Pero de estas ecuaciones, de esta nueva aventura física y aceleradores de partículas, un filósofo, no importa si ajeno a esta nueva física o familiarizado amplia o vagamente con ella, con sus ecuaciones —aceptando la veracidad de estas— y sus consecuencias: una realidad existente, ajena y no perceptible al ser humano; de inmediato advierte lo que podríamos llamar: el problema.

HOMBRE Y PROBLEMA

Jordi Maqueda  / HOMBRE Y PROBLEMA




¿Cuál es el problema? En el momento en que nos preguntamos “cuál es el problema”, no hacemos otra cosa que reconocer la existencia de este en la propia pregunta. Pero la pregunta, no solo prueba la existencia del problema, sino que igualmente no reconoce aquel. Si preguntamos a cualquier persona anónima cuál es el problema, con toda seguridad remitirán los propios: problemas que —todos podemos comprobarlo— nunca terminan sean unos u otros y, que por naturaleza de la propia especie, irremediablemente, se proyectan como una pesadilla metafísica hacia todos los ámbitos de la existencia humana: política, educación, convivencia… Problema, que de forma paradójica, aún con todos avances en tecnología, salud y bienestar social no parecen solucionarse: el problema es antiguo como el hombre; y casi podríamos afirmar, no que el hombre tenga un problema, sino que el mismo sea el problema; sumado esto, a que cada época deviene ya concretada por un campo de problematicidad, que es indisociable del campo de la racionalidad, existiendo un permanente desfase entre lo que el hombre es —como se entiende a sí mismo— y, lo que luego se exige, y le exige la complejidad real de cada época (necesidad y contingencia). En relación a otras épocas, y generalizando, lo que cambia es el grado de lucidez de las personas. Recordando las palabras de Ignacio Martínez Mendizábal (Paleontólogo, Doctor en Biología y autor de numerosos artículos en las más prestigiosas revistas científicas del mundo) vino a decir algo así: lo que la naturaleza ha hecho con nosotros a lo largo de miles de años, ha sido construir un ser dotado de alma paleolítica, que de pronto se ha visto inmerso en el mundo del neolítico —el mundo de los organigramas— donde te enfrentas a lo que no existe. En definitiva, lo que nos dice Ignacio, es que somos un alma paleolítica que vive, cuando no sobrevive, en el nuevo mundo neolítico: y que, abandonando su sistema anterior, hoy sólo sabe comunicarse a través de símbolos formalizados (p) insuficientes, necesitando más códigos y canales. Y lo que es más grave: no advirtiendo la inmensa riqueza informacional (latente) existente en el medio ambiente, en las contradicciones, en el ruido, en los antagonismos y que se buscan... ignorando el privilegio que supondría esta nueva comunicación formalizada, llevada de otra forma: a la manera antigua; siendo incapaz de encontrar una música de fondo, de acompasar la vida de otro modo: más crítico y arcaico. Y en medio de todo este desconcierto, cuando aún no ha salido por completo de las sombras ya quiere dominar la luz, con un escaso conocimiento y sentido de la propia realidad, pero pretendiendo acceder a otra que no solo no percibimos, sino cuyas consecuencias de entrar a ésta a martillazos (CERN) desconocemos.
 

Para un indígena "primitivo" que viviese en la selva —entiéndase por primitivo con una tecnología poco desarrollada, pues nosotros no nos diferenciamos en nada evolutivamente hablando, más que en la cultura y nuestra tecnología más avanzada, de aquellos que vivían hace 15000 años en las cuevas— adaptado por miles de años, igual que otras especies que habitan en la espesura de sus bosques, no existiría "el problema". Solo, y en todo caso: preocupaciones. Preocupaciones, para que no falte la comido, criar a los niños, el agua, alguna enfermedades puntuales etc. En su mundo, no existe eso que llamamos problema… él no se plantea por que sale un plátano del árbol, o porque ahí un árbol: solo coge el plátano y lo come, no encuentra una cuestión discutible que hay que resolver en ello, ni busca una explicación (recordemos que así hemos evolucionando durante millones de años, y llegado donde ahora estamos: observando. El problema para ese hombre, ni siquiera estaría en ese momento en que alejándose de su aldea y alcanzando los límites de la selva, advierte otra realidad más allá de esta. Tampoco sería problema, cuando con sus limitados medios, sin pertenecer ni conocer esa otra realidad, saliendo de los límites de la selva se aproxima hasta la frontera entre esas dos realidades, Quizá se pregunte por qué está ahí, o a su manera, o qué sentido tiene; y, hasta es posible que después de años de observación, encuentre una explicación o razonamiento adaptado a su cultura y conocimientos, en tanto a la existencia de esa otra realidad (algo incluso que contar a sus vecinos o gravar en un árbol, o una roca). Pero que exista otra realidad no es problema, cuando esta permanece ajena a la tuya: sin interacción, manteniendo las distancias .


La cuestión ahora sería ¿cuánto falta para el advenimiento de ese nuevo ser humano? un ser humano más espiritual y creativo, que haya sustituido la conciencia moral por una conciencia más universal. Que entienda que no hay un exterior de lo existente, ni una piel que le separe de éste, sino una piel que nos conecta a él, a todo. Que entienda que "como un inmortal poder, todas las cosas cercanas y lejanas, ocultamente están ligadas entre sí, demodo que no puedes arrancar una flor, sin perturbar a las estrellas". (F. Thompsom)

El PARADIGMA PERDIDO

Foto original del Autor: jorge maqueda
MERIDA - EXTREMADURA - SPAIN


Es difícil en ocasiones expresar lo observado, cuánto más, todavía, expresar aquello que sentimos acerca de lo observado; y, así, nos va a todos. No obstante, persisto en ello, y en este deambular por las ideas inagotables, pequeña condena que sufro con júbilo, pues es pasión lo que siento: un "desvivoseme" cuando no un "trancachuelo". Pero vuelvo, y lo hago con un nuevo texto, no un texto cualquiera (ninguno ciertamente lo es) y del que E. Morín diría, es “una de esas cuestiones ingenuas, banales, evidentes, que todos solemos plantearnos entre los siete y los diecisiete años y que luego se inhiben, reprimen, asfixian y se ridiculizan en cuando entramos en las Universidades y en las Doctrinas”.

Aunque en mi caso, Autodidacta por complexión, no y dejándome intimidar por los decretos de la Escuela, ni por la majestad de las Autoridades, me gustaría compartir de este tanteo, que viene al rescate de algunas preguntas, cuestiones surgidas sobre todo a partir de experiencias y lecturas, donde frases, enunciados, incluso palabras me dieron que pensar, por el contrario, de aquellos (enunciados) que pueden llevar a actuar. Y a las me remito; de entre ellas una donde leí que “El mundo para Wittgenstein era lo expresable; así lo que no le era expresable quedaba fuera del mundo”. En la proposición 5.6 de su obra Tractatus Logico-Philosophicus Ludwing Wittgenstein afirmaba, «los límites de mi lenguaje Significan los límites de mi mundo» («Die Grenzen meiner Sprache bedeuten die Grenzen meiner Welt»). Y no parece que llevara poca razón. Nos educan mediante el lenguaje (siempre presente en nuestra formación desde edad muy temprana, siendo casi lo primero que aprendemos) pero, el lenguaje, como todo lo pretendidamente humano (y creado por este) es incompleto, en tanto y, por tanto, no sirve universal y enteramente a su fin (comunicarse, no es hacerlo únicamente con los semejantes). Cierto, que de una parte el lenguaje nos permite ejercer el pensamiento, puesto que es a través de las representaciones simbólicas desde donde se da, al mismo tiempo, la captación mental de los hechos del mundo y luego su expresión lingüística, pero al mismo tiempo limita, por la propia limitación de este unas veces, o la limitación que tenemos del mismo en otras. Pues, indudablemente, no podemos representar correctamente aquello que no podemos definir por entero, por medio de una acertada y correcta definición lingüística: Cuando, no pocas veces, llegamos a pensar, y yo lo hago, que más parece que no somos nosotros quienes usamos el lenguaje, sino que este nos utiliza a nosotros: desde que aquello que observamos se explica antes en nuestra mente, por el lenguaje (y antes de encontrar el significado al ente, encontramos y armamos la frase que con las palabras define a aquel ¿lo pensaron así alguna vez?

Luego, qué ocurre si algo es indefinible, no encontrando palabras: sencillamente no existe. Hay una conocida frase de Derrida que trata de recapitular una argumentación parecida: “no hay nada fuera del texto”. Con esto, según parece Derrida quiere decir que el lenguaje no apunta a un concepto real; antes bien, el sentido del lenguaje es meramente arbitrario, pues el significado de las palabras depende de otras, y sin esas, no hay nada (interprete aquí cada uno). El pensamiento de Derrida, igualmente, converge en elementos importantes con el de j. l. Austin. Para ambos pensadores el lenguaje no se restringe a describir el mundo, sino que igualmente actúa sobre él. Concluyendo, por tanto, que un lenguaje pobre presenta al ser una imagen y conocimiento pobre e incompleto del entorno y su realidad. Pero, y si el lenguaje no solo nos pareciese incompleto, sino que de cierto lo fuese: que lo es. Tendríamos entonces un grave problema con la realidad y con el mundo, cuando al interpretarlo dependemos por completo de ese lenguaje.

Pongamos, por ejemplo, que alguien nos pregunta como estamos, y decimos triste; ahora respondamos gestualmente esa tristeza, sin palabras. De la palabra se deriva y entiende una sola interpretación, su significado; pero del gesto, en tanto frunzamos el ceño o arruguemos las cejas y cerremos o abramos los ojos: cientos, si no miles de tristezas encontramos a interpretar, sin embargo, al representárnosla a nosotros o explicarla a otros, solo podemos definirla en un sentido: triste (ocurre como con aquel inuit que puede distinguir 100 tipos de blanco en la nieve y al europeo le ciega un único blanco); así dependemos del lenguaje en tanto que nos limita no al, o a un sentido, como nos limita a la multiplicidad existente de todos sus posibles sentidos. Si bien, Derrida se atreve, exponiendo afirmando que un signo puede ser repetido también puede ser citado en diferentes contextos”. “Todo signo, lingüístico o no lingüístico, hablado o escrito (en el sentido ordinario de esta oposición), en cualquier unidad, puede ser citado, puesto entre comillas; por ello puede romper con todo contexto dado, engendrar al infinito nuevos contextos, de manera absolutamente no saturable.” Por ello, las palabras pueden tener distintos significados cuando son puestas en diferentes contextos. Esta es la razón por la cual para Derrida no hay un contexto absolutamente determinable ni tampoco un solo significado. Sin embargo, difícilmente el individuo educado e instruido en las escuelas, especula normalmente más allá del supuesto-aparente y significante. No aportando, o más, no encontrando en este lenguaje (social) nuevos códigos, un nuevo o mayor conocimiento de la realidad ya existente, solo sirviendo a la usabilidad y necesidad inmediata del individuo, en tanto precisa comunicarse y describir en y para otros esa realidad, vagamente construida y representada y aún peor descrita en la sociedad. Sin embargo, en esta sociedad a la que pertenecemos la teoría dominante y única aceptada ―la impuesta y reconocida como verdadera― el hombre se funda, no solamente sobre la separación, sino sobre la oposición entre las nociones de hombre y animal, de cultura y naturaleza. Y Todo lo que no encaja en este paradigma está condenado. Pero ciertamente no podemos considerar al hombre como una entidad cerrada, separada, radicalmente desligada cuando no extraña a la naturaleza, Y, es precisamente por ello que, quizá, habiendo abandonado el hombre el lenguaje natural ―que antaño servía a este para comunicarse entre semejantes y con el medio natural― hemos perdido, igualmente, la capacidad para comunicarnos con la naturaleza, distanciándonos trágicamente de ella, y de lo único por lo que podemos acceder a comprender, que no únicamente visualizar, la realidad. Un paradigma ahora perdido, que habremos de recuperar, si queremos algún día reconectar no solo con la naturaleza, sino con el cosmos por entero.

Pero, ¿cómo sé que existe ese otro lenguaje? Un lenguaje genuino, de lo preciso y real, pues sencillamente porque no se puede vivir y medrar sin interpretar y comprender el medio en el que se vive, y los animales, igual que antes el ser humano lo comprendieron. La única razón de prescindir ahora de ese lenguaje es por la imposición de otro, creado de la pretendida necesidad Social, la imposición y obligación del mismo, a la vez que se aísla con ello al hombre, reduciéndolo a lo práctico inmediato y necesario dentro de la sociedad, alejándose así aún más de lo natural y de la verdadera formación ¿Alguien puede concebir la existencia del hombre en un medio como la naturaleza por milenios sin comunicarse con él, y entenderlo: es imposible...

EL SENTIDO DE LA VIDA

Jordi Maqueda  / EL SENTIDO DE LA VIDA


No sé cuántas veces he escuchado la pregunta: legítima en todo caso, pues  la curiosidad es innata de las personas. Como innato en las personas lo es también, y por ser personas, la estupidez humana, esta última como el infinito, radiante en todas direcciones, sin encontrar sus propios límites. Mi pregunta, a quienes aventuran alguna respuesta compleja a la cuestión, sería: cómo se puede dar sentido a algo, explicarlo por entero, sin encontrar antes el sentido a aquello que lo contiene. Pues, cualquier respuesta al contenido, consecuencia, sin responder antes a la cuestión del continente, aquello que la causa, sería una visión particular y sesgada: subjetiva. Sin valor alguno en términos absolutos, aunque, exista siempre quién encuentre valor práctico: circunstancial y relativo en la respuesta dentro de un ámbito circunscrito: algo así, como explicar la leche a un niño, sin explicarle, y este entendiese antes qué es la vaca. Una respuesta en todo caso solo justificada en servir a algún tipo utilitarismo, a veces prosaico y ramplón, propia más de un vendedor de ungüentos que de un investigador científico.

 «Es una gran aventura contemplar el universo más allá del hombre, pensar en lo que significa sin el hombre: como fue durante la mayor parte de su larga historia, y cómo es en la gran mayoría de lugares, cuando se alcanza finalmente esta opinión objetiva, y se aprecia el misterio y la majestad de la materia, volver entonces el ojo objetivo de nuevo al hombre considerado como materia, ver la vida como parte del misterio universal de la mayor profundidad, es sentir una experiencia que rara vez se describe. Por lo general termina en risa, placer en la futilidad de intentar comprender. Estas opiniones científicas terminan en asombro y misterio, perdidas en los confines de la incertidumbre, pero parecen ser tan profundas e que la idea de que todo está dispuesto simplemente como un escenario para que Dios contemple la lucha del hombre, por el bien y el mal, parece ser inadecuada y casi absurda.» Richard P. Feynman (1918-1988)

Entonces, al preguntarnos por el sentido de la vida, en el universo, deberíamos preguntarnos primero, por el sentido o razón del universo ¿tiene algún sentido el universo? Tiene una razón de ser, más allá de ser (pues si una cosa sucede en este —siendo consecuencia o causa— en este caso "la vida", esta será entonces causa primera, que literalmente explicara la existencia de la cosa  que la propicia.  (No creemos conocer algo si antes no hemos establecido en cada caso el «por qué», lo cual significa captar la causa primera. Aristóteles, Física, II, 3 (Gredos, Madrid 1995, p. 140)).

Así, a partir de lo evidente probable, de lo que vemos, sentimos y por nosotros mismos comprobamos y razonamos, no de lo que sentimos o pensamos deducimos o interpretamos a partir de otro tipo de sensaciones o creencias de las matemáticas ni las ecuaciones deducimos, razonando que: Por supuesto, el universo tiene sentido, de lo contrario no estaríamos haciéndonos esta pregunta. Así pues, la razón ( o razón suficiente) del universo —o al menos una de sus razones sería la vida en sí misma y, consecuentemente luego “la consciencia”: prueba de ello "nosotros": una vida consciente. Resultado último esta (?), de la materia en evolución a lo largo de millones de años, dentro de un sistema cambiante, al que llamamos universo. Donde parece lógico, además, que el universo, ahora consciente, como consecuencia última pretenda luego de  mirarse y observarse con sus propios ojos, explicarse y entenderse por completo a sí mismo. 

Recordemos cuando antes, muy atrás en el tiempo, en el universo no ocurría nada, era un lugar tranquilo y sin cambios, hasta que todo cambio dramáticamente y el universo — aquel lugar donde no ocurría nada relevante— se tornó cambiante. Surgieron luz, átomos, moléculas, estrellas, planetas, galaxias… evolucionando a todos los niveles, físicos y químicos hasta que algo ocurre: la homeostasis, parte de esa materia, de ese universo, decide no seguir el ritmo, aislarse: surge la membrana: la vida; sin embargo, uno no puede aislarse completamente del entorno —más aún en ese entorno de cambios violentos, viéndose obligada a evolucionar— utilizando entonces su membrana no tanto como aislante, como para estar en contacto con el resto y poder adaptarse al entorno cambiante: convirtiéndose, entonces en un sistema experto: un sistema que consume energía y produce información. Una información que difiere de la demás, pues es una información de un sistema experto, que aprende, se adapta y diversifica hasta que una parte de esa vida y del universo es consciente de ese proceso. Se diría que la vida tenía como objetivo esta finalidad; la consciencia.

Así, es la propia pregunta, al cuestionarnos por el universo, al preguntarse el universo y por sí mismo, la que da sentido a la misma pregunta y al universo a la vez. Decir vida y universo es por tanto, decir en esencia lo mismo. Preguntarse por el sentido de lo uno - la vida, es preguntarse igualmente, a la vez que le damos sentido a lo otro - el universo. ¿Por qué una estrella? ¿por qué un planeta? Nadie se pregunta por el sentido de un planeta, tal; entendemos, es consecuencia de un orden, y de un propósito en el cosmos —orden y propósito que aún no entendemos del todo— como parte de la evolución de la materia, la misma que desemboca en la vida y luego medrará hasta, si se dan las circunstancias favorables, en la consciencia. Y he aquí, donde las preguntas de nuevo equivocan el sentido en tanto al preguntar, por esta maravilla llamada “consciencia”. 

Mente, consciencia y cosmos

Es posible, según muestran algunos ensayos y experimentos, que la realidad, o buena parte de ella, no exista: no se muestre tal es, si no está siendo observada. Por tanto, podría afirmarse que el observador conecta, y afecta a lo observado. De modo que: "Cuando se mide el comportamiento de una partícula por medio de la observación, se está influyendo sobre su estado natural". Esta idea no es nueva: ya desde hace siglos, para las tradiciones budistas, persiste la idea en tanto a que el universo es indisociable de la vida mental de los seres que lo habitan.


Recuerdo un artículo de David J. Chalmers —uno de los mayores científicos en su campo— donde se pregunta por la consciencia: “La mente consciente, nos dice David J. Chalmers, nos es, a la vez lo más familiar y lo más misterioso del mundo. Nada hay que conozcamos de forma más directa y, sin embargo, nada más complicado que ella”, parecería así que quisiera entenderla. De nuevo, nos preguntamos por la leche, antes que por la vaca, y aquello que la contiene: el universo. Este es un error muy generalizado en los científicos: cuando la respuesta a su pregunta está respondida desde hace milenios: la consciencia, más allá de lo que pretendamos que és, existe para que los seres vivos que la poseen, la utilicen (siendo esta el fruto más extraordinario de la vida): un poder, una luz que alumbra una parte pequeña del universo, y permite a éste reconocerse a sí mismo, justo cuando la especie elegida deja de mirar al suelo y dirige su vista a lo profundo, a las estrellas. Así, la cuestión no debería ser tanto ¿qué es la consciencia? sino, qué hacer con ella, y como darle una utilidad más significativa. Quizá, en este sentido ayudaría aquella simplicidad de nuestros antepasados, pongamos hace, 2.000.000 de años, y que comían la banana del árbol, sin cuestionarse, por qué estaba ahí, o, por qué el bananero daba bananas. Ellos, sabían qué hacer con la banana, tenían claro para qué les servía: y la comían, eso le bastaba; pero, y no solo para seguir adelante con sus vidas, sino igualmente le sirvió a la especie para evolucionar, como todos podemos comprobar en nosotros mismos. Por tanto, quizá pueda,en estos tiempos cientificistas, ayudarnos a ver las cosas más claras, la actitud de aquel homínido: que sin necesidad de perder el tiempo, pensando en lo que es algo (la banana / la consciencia),deba buen uso a esta. Pues, desde que aquel primo lejano  cogiese las bananas del árbol, dándole una correcta utilidad y servicio, parece que no hemos aprendido demasiado, algunos dirían: incluso que nada.

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EL NUEVO SER HUMANO

Jordi Maqueda  / El Nuevo ser Humano


La cuestión ahora sería ¿cuánto falta para el advenimiento de ese nuevo ser humano? Un ser humano más espiritual y creativo, que haya sustituido la conciencia moral por una conciencia más universal. Que entienda que no hay un exterior de lo existente, ni una piel que le separe del este, sino una piel que nos conecta a él, y a todo. Donde la razón ecológica — hoy tan necesaria por el modo de proceder de las personas —sea innecesaria, gracias a esa nueva conciencia integrada, que por fin entienda que "como un inmortal poder, todas las cosas cercanas y lejanas, ocultamente están ligadas entre sí, de modo que no puedes arrancar una flor, sin perturbar a las estrellas". (F. Thompsom).


«A menudo he planteado la hipótesis de que en el último término la física no precisará un enunciado matemático, que al final se revelará el mecanismo, y que las leyes resultaron ser sencillas, como el tablero de ajedrez con todas sus complejidades aparentes»  Richard P. Feynman (1918-1988)

Pensemos ahora en aquel humano que mostrase una percepción distinta de la realidad. Que ve lo mismo que todos, pero no igual como todos o, incluso, que ve más y siente más. Alguien, que al mirar la luz viese que esta se comporta de otro modo. De entrada, para esta persona sería difícil, explicarle a sus semejantes —suponiendo que aún los considerase como tales (1) — la percepción que él tiene de la luz y los colores, o como se comporta la luz cuando la observa, frente a la posibilidad teórica de hallarnos frente a una hermandad, secreta (Glenn Zorpette), Un nuevo paradigma, pues la genética dicta posibilidades en tanto a tetracromaticos, que intrigan a los científicos desde que se abordó el tema en 1948, cuando se plantearon su posibilidad, y que hoy buscan sistemáticamente, para determinar de una vez por todas si existen y ven más colores que el resto de nosotros. Los científicos se basan en una serie de hallazgos recientes sobre la biología de la visión del color. Sabemos que ven: más colores, pero desconocemos si ven más allá de los colores: radiación. Sabemos que pasa cuando miran la naturaleza, pero no lo que pasa cuando miran a las estrellas o el sol. Sabemos, que son como nosotros, pero no sabemos si piensan y sienten como nosotros: su sensibilidad y naturaleza íntima: “Una mutación implica, siempre mucho más de lo que se aprecia a simple vista”. El sistema nervioso, el circuito neuronal, debería adaptarse a nuevas capacidades, generar nuevas conexiones, discriminar e interpretar y Registrar correctamente las impresiones para disfrutar de una experiencia visual diferente, seguramente más rica, completa y compleja que la común. Sin embargo, y al tratarse de representaciones de una realidad subjetiva; algo, que solo percibe quien lo ve —científicamente indemostrable—, y que a primera vista no parece tener ninguna utilidad si no eres un pintor, y tienes más clientes como tú, y en lo que aparentemente el resto de personas no encontrarán ninguna utilidad, posiblemente su médico lo enviará al oftalmólogo, que al explorar y comprobar sutiles o importantes alteraciones en los ojos, determinaría que todo podría tratarse como un trastorno: término con el que las personas nombran algo, cuando no lo entienden útil a las necesidades del individuo, en la sociedad: una sociedad por cierto, enferma. Frente a un diagnóstico tan ingenuo, posiblemente esta persona no hablará del total de las percepciones, y todo quedará en ver muchos colores, y una alteración o mutación genética —con las consecuencias sociales que ese nombre implica—. Y es que un académico, sentado en su sillón de cuero, y que aún considerando la teoría de la evolución como correcta, paradójicamente, no vería un ojo más evolucionado que el suyo, así lo encontrase en una caja de regalo y con una nota explícita en siete idiomas. “Para la existencia de la ciencia es necesario, cabezas que no acepten que la naturaleza debe seguir ciertas condiciones preconcebidas.” R. Feynman. Lamentablemente, y esto es un hecho, la ciencia, los laboratorios y los científicos que trabajan en ellos, hoy, no buscan ni trabajan en observar mejoras físicas en las personas (evolución) que perfeccionen la condición natural de estas, promoviendo formas de vivir que animen a cambios profundos en la naturaleza de las personas. Si no, que como consecuencia de un capitalismo asfixiante —el amor al dinero y el reconocimiento social— y, la presión de farmacéuticas, así como el control que ejerce en el medio social, trabajan en mejoras tecnológicas que mejoren artificialmente la condición física y la vida de las personas. La ciencia, aportándonos tanto y siendo indispensable para nuestra vida y nuestro pensamiento, nos es, en cierto sentido, más extraña que la filosofía. Cumple un fin más objetivo, es decir, más fuera de nosotros: es en el fondo, cosa de economía. Un nuevo descubrimiento científico, de los que llamamos teóricos, es como un descubrimiento mecánico; el de la máquina de vapor, el teléfono, el fonógrafo, el aeroplano, una cosa que sirve para algo. Así, el teléfono puede servirnos para comunicarnos a distancia con la mujer amada. Pero ¿para qué nos sirve? Toma uno el tranvía eléctrico para ir a oír una ópera, y se pregunta: «¿Cuál es en este caso más útil, el tranvía o la ópera?» M. de Unamuno. La ciencia nos puede aliviar, ayudándonos y transportarnos de un lugar u otro de la ciudad, incluso a ir viajar a la luna, pero la ciencia no nos llevará a ninguna parte como especie. Y una especie que no mira a las estrellas con los ojos desnudos, buscando no entenderlas, sino hablar con ellas, jamás alcanzará estas, si no se da una revolución —una evolución— mental y física, en esa dirección, por encima de cualquier avance tecnológico. Nadie va a ir a ningún sitio fuera de este planeta, al contrario, creo que en poco tiempo estaremos dentro de otra realidad, cierto: esa realidad, donde mórbidos, en el sillón de casa, navegamos con gafas absurdas hacia la privación sensorial voluntaria, y el paradigma, en el que habrá personas en la tierra que en poco tiempo no reconocerán la realidad ante sus ojos: ni los colores y formas reales de este mundo.

Las personas vemos cómo se mueven las hojas de un árbol, las olas; sentimos el viento, la lluvia, el calor del fuego, la electricidad del rayo: nuestros sentidos, todos, están adaptados a reconocer la realidad dentro de las particularidades físicas que se dan en la tierra, donde hemos evolucionado a la par que ella y el medio ambiente en el que nos desenvolvemos. Sin embargo, ahora, cuando nos aislamos cada vez más de la propia tierra, pretendemos salir a otro medio: el espacio. Viajar a las estrellas, cuando si miramos en la profundidad de la noche, solo vemos oscuridad: y nada más. Es cierto que los aparatos tecnológicos detectan otras cosas, pero se trata de que si el cuerpo físico, los sentidos no detectan nada es porque ese medio nos es del todo ajeno, hostil: no reconociendo en este nada, y mucho menos el peligro: como el tipo que penetra la selva por primera vez, y no percibe la víbora entre las hojas. Queremos ir al espacio cuando observamos que no toleramos ni 15 grados más de radiación, expuestos a ella en la tierra, y lo cierto es que cada vez toleramos menos, pues nos escondemos de ella, nos asusta. (El sistema de monitorización de la mortalidad diaria por todas las causas (MoMo), elaborado por el Instituto de Salud Carlos III (ISCIII), estima que en España se han producido algo más de 4.700 muertes relacionadas con el exceso de temperatura entre finales de abril y finales de agosto.1 sept 2022).

Luego el sol lleva tiempo avisando de cambios, no sabemos si drásticos. ¿Cambio climático?— nos dicen; o cambio de ciclo solar. El Sol atraviesa períodos de gran actividad regularmente, que pueden provocar que vierta al espacio una cantidad de energía superior a la habitual. Actualmente, se encuentra atravesando el ciclo solar 25, una etapa de alta actividad que, según los astrónomos (cuidado), alcanzará su pico máximo a mediados de 2025. Cada una de estas etapas dura habitualmente entre 9 y 13 años, y suelen dar paso a fases caracterizadas por una actividad notablemente menor. Pero lo cierto, es que este ciclo puede encontrarse dentro de un ciclo mayor: de calentamiento e igualmente, de radiación que llega a la tierra; como atestigua (primero) que desde hace 80 años, la temperatura y la radiación que llega a la tierra es significativamente mayor, como advertimos los alpinistas, en los refugios donde vemos fotos del principio y mediados de siglo pasado, observando el retroceso dramático e imparable de los glaciares, y (segundo) Según este informe que leo del 10 jun 2020, los casos anuales de melanoma, el cáncer de piel con peor pronóstico, aumentaron casi un 50 por ciento en la última década, situándose en 287.723 diagnósticos al año en el mundo. No solo nos aterroriza el sol: ya no soportamos ni las condiciones de nuestro planeta, de las que nos tenemos que aislar bajo una sombra o un ungüento cuando se tensan un poco, pero queremos viajar a las estrellas..

La realidad, la única realidad, es que la gente hoy no mira al cielo con sus ojos desnudos, desde hace siglos no lo hace, ni siquiera los científicos: los astrónomos —ellos menos aún— ebrios de tecnología y pájaros en la cabeza. Siendo, el espacio, un entorno extraño a ojos desnudos del hombre de hoy, no entendiendo o reconociendo nada de lo que hay en él, si no lo ve del otro lado de una lente: nuestros sentidos, cada generación más atrofiados, no perciben la radiación, la luz o el tejido mismo del espacio... "La tecnología nos salvará" dicen. La tecnología nos atrofiará y destruirá antes de que un humano alcance siguiera a salir del sistema solar; y que dios le ayude si llega a salir. Max, ya descubrió el desfase existente, entre lo que los hombres piensan, y lo que luego hacen: esa matriz social del autoengaño. M Foucault, escribió: el primer libro de Max (el capital); el nacimiento de la tragedia (Nietzsche); y la interpretación de los sueños (Freud) nos obligaban a interpretarnos a nosotros mismos. Pero la cuestión es... interpretarnos, ¿cómo? Cuando resulta entonces aquella paradoja: "donde todo es interpretación ya no hay nada que interpretar" — (paniker). Si bien, y como apunta el filósofo: esta nada es justamente lo que importa, pues nos permite dar un paso más en el arriesgado proceso de la lucidez (encerrados en la conciencia de nuestros límites: nuestros límites estallan). Alcanzamos una conciencia poscrítica. Una apertura hacia la experiencia pura.

Seamos coherentes: esta humanidad no va camino de alcanzar las estrellas; no va camino del tránsito hacia un ser humano-espacial: esta humanidad, no va a ningún sitio. Nuestras mentes, cuerpos y sentidos evolucionan ahora dentro de medio artificial, de ahí la necesidad de tanta tecnología —y el autoengaño consentido y promovido de que esta tecnología servirá a la conquista de las estrellas, y eliminación de nuestros males, cuando de facto, sirve para tenernos atados en los sillones— pues, nos encontramos dentro de un sistema artificial y complejo de producción y consumo, una maquinaria social —que manipula estímulos irracionales de nuestra mente— de la que somos parte importante y esencial de su engranaje. Nadie, ira a ningún lugar de seguir así; al menos, a ningún lugar donde no llegue el wifi, Netflix, aire acondicionado y un Mc. Donald o un Burriquin no demasiado lejos. Luego, la ingenuidad que muestra algunos astrónomos al mirar a través de un telescopio o hablar de la conquista del espacio, es solo es comparable a la mía, cuando de niño, creía en los reyes magos. Y, lo más curioso: mientras tanto, los físicos callan; y lo hacen para no hacer llorar a los niños: como un padre no diría a sus hijos que Papá Noel no existe; o, que todo lo que ven y creen cambiará, así como su entendimiento tan solo un leve cambio en la percepción de la realidad. Cuando esto suceda.