El PARADIGMA PERDIDO

Foto original del Autor: jorge maqueda
MERIDA - EXTREMADURA - SPAIN


Es difícil en ocasiones expresar lo observado, cuánto más, todavía, expresar aquello que sentimos acerca de lo observado; y, así, nos va a todos. No obstante, persisto en ello, y en este deambular por las ideas inagotables, pequeña condena que sufro con júbilo, pues es pasión lo que siento: un "desvivoseme" cuando no un "trancachuelo". Pero vuelvo, y lo hago con un nuevo texto, no un texto cualquiera (ninguno ciertamente lo es) y del que E. Morín diría, es “una de esas cuestiones ingenuas, banales, evidentes, que todos solemos plantearnos entre los siete y los diecisiete años y que luego se inhiben, reprimen, asfixian y se ridiculizan en cuando entramos en las Universidades y en las Doctrinas”.

Aunque en mi caso, Autodidacta por complexión, no y dejándome intimidar por los decretos de la Escuela, ni por la majestad de las Autoridades, me gustaría compartir de este tanteo, que viene al rescate de algunas preguntas, cuestiones surgidas sobre todo a partir de experiencias y lecturas, donde frases, enunciados, incluso palabras me dieron que pensar, por el contrario, de aquellos (enunciados) que pueden llevar a actuar. Y a las me remito; de entre ellas una donde leí que “El mundo para Wittgenstein era lo expresable; así lo que no le era expresable quedaba fuera del mundo”. En la proposición 5.6 de su obra Tractatus Logico-Philosophicus Ludwing Wittgenstein afirmaba, «los límites de mi lenguaje Significan los límites de mi mundo» («Die Grenzen meiner Sprache bedeuten die Grenzen meiner Welt»). Y no parece que llevara poca razón. Nos educan mediante el lenguaje (siempre presente en nuestra formación desde edad muy temprana, siendo casi lo primero que aprendemos) pero, el lenguaje, como todo lo pretendidamente humano (y creado por este) es incompleto, en tanto y, por tanto, no sirve universal y enteramente a su fin (comunicarse, no es hacerlo únicamente con los semejantes). Cierto, que de una parte el lenguaje nos permite ejercer el pensamiento, puesto que es a través de las representaciones simbólicas desde donde se da, al mismo tiempo, la captación mental de los hechos del mundo y luego su expresión lingüística, pero al mismo tiempo limita, por la propia limitación de este unas veces, o la limitación que tenemos del mismo en otras. Pues, indudablemente, no podemos representar correctamente aquello que no podemos definir por entero, por medio de una acertada y correcta definición lingüística: Cuando, no pocas veces, llegamos a pensar, y yo lo hago, que más parece que no somos nosotros quienes usamos el lenguaje, sino que este nos utiliza a nosotros: desde que aquello que observamos se explica antes en nuestra mente, por el lenguaje (y antes de encontrar el significado al ente, encontramos y armamos la frase que con las palabras define a aquel ¿lo pensaron así alguna vez?

Luego, qué ocurre si algo es indefinible, no encontrando palabras: sencillamente no existe. Hay una conocida frase de Derrida que trata de recapitular una argumentación parecida: “no hay nada fuera del texto”. Con esto, según parece Derrida quiere decir que el lenguaje no apunta a un concepto real; antes bien, el sentido del lenguaje es meramente arbitrario, pues el significado de las palabras depende de otras, y sin esas, no hay nada (interprete aquí cada uno). El pensamiento de Derrida, igualmente, converge en elementos importantes con el de j. l. Austin. Para ambos pensadores el lenguaje no se restringe a describir el mundo, sino que igualmente actúa sobre él. Concluyendo, por tanto, que un lenguaje pobre presenta al ser una imagen y conocimiento pobre e incompleto del entorno y su realidad. Pero, y si el lenguaje no solo nos pareciese incompleto, sino que de cierto lo fuese: que lo es. Tendríamos entonces un grave problema con la realidad y con el mundo, cuando al interpretarlo dependemos por completo de ese lenguaje.

Pongamos, por ejemplo, que alguien nos pregunta como estamos, y decimos triste; ahora respondamos gestualmente esa tristeza, sin palabras. De la palabra se deriva y entiende una sola interpretación, su significado; pero del gesto, en tanto frunzamos el ceño o arruguemos las cejas y cerremos o abramos los ojos: cientos, si no miles de tristezas encontramos a interpretar, sin embargo, al representárnosla a nosotros o explicarla a otros, solo podemos definirla en un sentido: triste (ocurre como con aquel inuit que puede distinguir 100 tipos de blanco en la nieve y al europeo le ciega un único blanco); así dependemos del lenguaje en tanto que nos limita no al, o a un sentido, como nos limita a la multiplicidad existente de todos sus posibles sentidos. Si bien, Derrida se atreve, exponiendo afirmando que un signo puede ser repetido también puede ser citado en diferentes contextos”. “Todo signo, lingüístico o no lingüístico, hablado o escrito (en el sentido ordinario de esta oposición), en cualquier unidad, puede ser citado, puesto entre comillas; por ello puede romper con todo contexto dado, engendrar al infinito nuevos contextos, de manera absolutamente no saturable.” Por ello, las palabras pueden tener distintos significados cuando son puestas en diferentes contextos. Esta es la razón por la cual para Derrida no hay un contexto absolutamente determinable ni tampoco un solo significado. Sin embargo, difícilmente el individuo educado e instruido en las escuelas, especula normalmente más allá del supuesto-aparente y significante. No aportando, o más, no encontrando en este lenguaje (social) nuevos códigos, un nuevo o mayor conocimiento de la realidad ya existente, solo sirviendo a la usabilidad y necesidad inmediata del individuo, en tanto precisa comunicarse y describir en y para otros esa realidad, vagamente construida y representada y aún peor descrita en la sociedad. Sin embargo, en esta sociedad a la que pertenecemos la teoría dominante y única aceptada ―la impuesta y reconocida como verdadera― el hombre se funda, no solamente sobre la separación, sino sobre la oposición entre las nociones de hombre y animal, de cultura y naturaleza. Y Todo lo que no encaja en este paradigma está condenado. Pero ciertamente no podemos considerar al hombre como una entidad cerrada, separada, radicalmente desligada cuando no extraña a la naturaleza, Y, es precisamente por ello que, quizá, habiendo abandonado el hombre el lenguaje natural ―que antaño servía a este para comunicarse entre semejantes y con el medio natural― hemos perdido, igualmente, la capacidad para comunicarnos con la naturaleza, distanciándonos trágicamente de ella, y de lo único por lo que podemos acceder a comprender, que no únicamente visualizar, la realidad. Un paradigma ahora perdido, que habremos de recuperar, si queremos algún día reconectar no solo con la naturaleza, sino con el cosmos por entero.

Pero, ¿cómo sé que existe ese otro lenguaje? Un lenguaje genuino, de lo preciso y real, pues sencillamente porque no se puede vivir y medrar sin interpretar y comprender el medio en el que se vive, y los animales, igual que antes el ser humano lo comprendieron. La única razón de prescindir ahora de ese lenguaje es por la imposición de otro, creado de la pretendida necesidad Social, la imposición y obligación del mismo, a la vez que se aísla con ello al hombre, reduciéndolo a lo práctico inmediato y necesario dentro de la sociedad, alejándose así aún más de lo natural y de la verdadera formación ¿Alguien puede concebir la existencia del hombre en un medio como la naturaleza por milenios sin comunicarse con él, y entenderlo: es imposible...

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