Todos los humanos tenemos el mismo defecto: esperamos vivir, y vivir siendo felices, en lugar de vivir la vida plenamente. Hallar esa felicidad parece ser la labor infinita del hombre, y esperarla, sin la conciencia del tiempo, su castigo. Pues, con la felicidad ocurre que es es como el cielo: en ocasiones imaginamos estar en él, creyendo una realidad y, sin embargo, de inmediato, advertimos que se trata de una ilusión temporal: una fantasía que nos llena de desconsuelo al comprobar, instantes después, que seguimos con los pies sobre el suelo”. Por desgracia, el hombre solo aprende a vivir desde el momento en que ya no puede esperar nada: cuando se dejan de oír los tambores, y empieza a escucharse el viento.
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