Jordi Maqueda / ¿POR QUÉ ME HAGO PREGUNTAS? - Sobre La Nada y el Hombre -
— DESCONFIAR DE TODO / CUESTIONARLO TODO—
¿POR QUÉ ME HAGO PREGUNTAS?
«Para escribir tengo que instalarme en el vacío.
En este vacío donde existo intuitivamente»
Linspector: Soplo de vida.
"La juventud —decía Rousseau— es el momento de estudiar la sabiduría; la vejez, el de practicarla". Recuerdo la primera vez que compre un libro de filosofía: Nietzsche, Humano demasiado humano -1886, donde revelaba, a su modo claro está, el padecimiento del hombre. Para mí, amante de la astronomía y la naturaleza, entonces con tan solo 16 años de edad, y que no quería estudiar —al menos lo que no me atraía— fue como descubrir, entrando a otra dimensión, antes desconocida, tan intrigante como el propio cosmos que me disponía a descubrir en la asociación astronómica del pueblo (barbera del Valles). Desde entonces y a la par, libros de filosofía, astronomía y cosmología saturaron estanterías de mi habitación y ahora la memoria del ordenador. Leer, muchas veces sin entender, y volver a leer, y leer a otros que explicaban aquello que no entendía. Envuelto en esa felicidad absurda, que da el conocimiento parcial e incompleto de las cosas —pues no hay otro conocimiento— ha transcurrido buena parte de mi vida: siempre entre libros, y viajes a selvas, desiertos y volcanes y, una creciente afición tardía por las plantas y la jardinería.
Pero entiendo que mi caso no es único, y que son muchas las personas que al igual que yo, también de clase humilde y trabajadora, comienzan a advertir esa terrible seducción, o atracción, hacia temas que van más allá de su quehacer cotidiano. Digamos, que son seducidos hacia cuestiones “metafísicas”. Preguntas, que como a otros, en el pasado y desde tiempo inmemorial han inquietado de manera fabulosa tanto a personas comunes como notables, pues todo ser humano, en algún momento de sus vidas, siente de esa necesidad de saber, saber de algo, y practicar eso que llamamos filosofía (aun sin saberlo); se ha hecho preguntas, y ha intentado comprender a los otros y comprenderse a sí mismo, cuestionándose su origen o el del cosmos; quién es, cuál su finalidad en el mundo, qué lo hace ser lo que se es, qué son las cosas y cómo es posible conocerlas. En palabras de José María Calvo, “el ser humano es filósofo por naturaleza y si se le ofrece la oportunidad, se hace preguntas a todas las edades” (Calvo, 2003: 36). Es un hecho innegable: comprender la razón de las cosas, en tanto a como estas “cosas” son, se nos representan y entendemos ha llevado a dotarnos de valiosos mecanismos por los cuales, se premia con placer y salvaguardas, recompensando ese entendimiento. Pero esta hambre de saber no tendría ranzón de ser, si no partiese de una necesidad real de conocer las respuestas. Una necesidad tan real que no deje dormir. De ahí, que algunas personas problematicen lo que se da por sentado y lo cuestione a partir de nada (de la falta y ausencia total de saber, que experimenta): ese déficit o carencia de conocimiento del que se sabe objeto, que le caracteriza y distingue, pues “para apropiarse de un problema no es importante entenderlo, hace falta vivirlo, sentirlo en la piel, dramatizarlo, sufrirlo, padecerlo, sentirse amenazado por él” (Calvo, 2003: VIII). Así, no es extraño hoy ver a físicos que se interesen por temas filosóficos, como La Nada, o filósofos que profundizan en saberes más materiales. De una manera u otra, a unos y otros no les basta con lo que saben, y necesitan más: “necesitan saber” ¡¡Necesitamos entender!!
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