Cabalgando los campos yermos de la noche

                          

 “Si Virgilio palidece al entrar en el infierno que es su morada eterna ¿cómo no he yo de sentir miedo?”   
                                                       Dante, (la divina comedia)


      Muchos años me he estado acostando temeroso y, sabedor, que apenas acostarme y, sin tiempo para decir ya me he dormido, sentía que el desasosiego turbaba mi frágil descanso. La calma y el silencio que antes de irme a la cama circulaban -como suaves y tibias corrientes perfumadas- sobre mi cuarto se desvanecían, ante la convulsiva impresión causada del abismo que surgido de la nada, parecía engullir de una enorme bocanada mi cuerpo; arrojándome a un vacío en el que lentamente iban apareciendo las criaturas que poblaban sus Avernos y, que no menos reales y fieras que las que habitan la superficie  de la tierra, acechaban mi alma cubriéndola de espanto. Así,  un día tras otro, durante años, sin poder en ningún momento ignorarlo. 
        ¿Dónde estoy? – me pregunto-. 
          Una puerta enorme de centelleante marfil se ha cerrado tras de mí, resonando con un atronador sonido; empujándome, de pronto a salir de un inconcebible portal. Arrojándome vacilante a las mórbidas garras de ese animal de sombra eterna y monstruosa, que guarda las fronteras pre conscientes de aquellos mundos donde se entretejen  multiformes cadenas, que someten a las almas hacia la trágica hermosura del  irrevocable destino que ellas mismas ignoran. 

         Todo parece confuso salvando la convicción que en mi despierta la noche amenazante y siniestra,  que perpetua el horror de todo aquello que es muy antiguo. Contemplo, en silencio la vaporosa topografía que a un lado y a otro se erige salpicada de extraños destellos, que rasgan, hiriendo de vertiginosos reflejos la tensa oscuridad. Una oscuridad de la que comienzo a sentirme preso. Percibo la prolongación de mi propio ser, desdoblado y desprendido del cuerpo; arrastrado, sobre el escenario descarnado de un teatro onírico y sombrío. 

        Una débil voz se hace oír en mi interior, susurrando, insinuándose al oído que no debo dar crédito a lo que veo. Mi mente, aletargada y confusa la ignora. Ni da ni le quita la razón a esa tímida observación, que aparece de repente, surgida del más absoluto silencio. La única certeza que si duda advierto es la profunda oscuridad que oprime como una urna sellada la madrugada; la soledad y el frío que atraviesa como una lanza las inadecuadas ropas que en ningún momento recuerdo haberme puesto.

          Inquieto, como un antílope siento las carnes estremecer y el corazón palpitar alarmado; expectante ante esta tenebrosidad incomprensible y censora. Camino sintiéndome privado de toda voluntad, transportado a lomos de la inquieta yegua que cabalga los campos yermos de la noche,  recogiendo las almas de quienes se encuentran perdidos en el laberinto, que delimita las mezquinas fronteras de un mundo perverso, más allá del espacio y del tiempo. Me dejo guiar sorteando las trampas expectantes y pacientes de una acera plagada de innumerables baldosas de albañilería etérea, mugrienta, al contacto con  las entrañas vaporosas de esa espeluznante dama, que avanza sigilosa, oculta entre tinieblas robadas al mar, entre calles y esquinas desiertas por las que nadie se aventura a transitar.

          Pasan lentamente los minutos, comprometidos con el sigilo involuto de una ciudad de arterias vacías que parece muerta. Me encuentro desorientado, perdido y definitivamente entregado a espectrales visiones de confusas siluetas macabras que surgen, danzan y, luego desaparecen retorcidas entre callejones infinitos poblados de desfiguradas fachadas de las que farolas de luz temblorosa cuelgan, agitadas por el sutil y afilado viento que de tanto en tanto hace llegar hasta  mis oídos, el solario aullido de alguna ronca bocina proveniente del puerto. 

        Por mi mente solo transita el deseo de abandonar cuanto antes  tan avieso lugar. De perder de vista los ladinos sonidos y sombras que intuyo me observan, semejantes a búhos camuflados acechantes en la oscuridad y, tras cuya mirada se esconde la fría presencia de aquella que espera paciente observando, esperando entre  bastidores el momento de actuar. 

      Desesperado, me distancio con paso cada vez más ligero, evitando mirar atrás, o entretenerme pensando si el camino que he tomado es el correcto. Mi paso es más rápido y firme cuando, no habiendo recorrido más que unos metros de repente, me detengo, sujeto, por una enorme fuerza -la misma  que antes me empujaba– frente a unas escaleras culminadas en lo alto por una enorme puerta en forma de cuerno, entreabierta, como si de algún modo me invitase a pasar. Intuyo, que no tengo elección, que no hay otro camino a seguir más que aquel que me conduce a ella. Comienzo a subir lentamente los escalones sin dejar de mirar, a la vez que compruebo, que lentamente esta va cediendo al sentir próxima mi presencia. Y solo al llegar junto a ella me doy cuenta de su imponente aspecto. Sorprendido, advierto al otro lado lo que me parece una plaza desierta: silenciosa, excepción de algunos columpios viejos y descuidados que sobre herrumbrosos engranajes oxidados emiten tímidos quejidos, al ser mecidos por la húmeda brisa venida del mar. 

      Al comenzar a andar, para entrar en ésta, me envuelve -como surgido de los vergeles del mismísimo cielo- un maravilloso aroma; esencia agitada de primavera, mezclas olor a jazmín y azahar y, que despertando la nublada memoria,  lentamente embriaga mi mente, mientras comienza a levantar un perezoso y tímido sol, entre el rumor incesante de olas lejanas, y el agitado murmullo de unas gaviotas que no  acierto a ver volar. 

         Con la luz del día desplazando a la noche todo empieza a cambiar; transformándose, como poseído por una extraña y poderosa magia. Las imágenes se entumecen y el tiempo se ralentiza, pasando moroso: sabedor que su reino es infinito y su poder incuestionable. Este, parece disfrutar al igual que yo, viendo derramarse lentamente los fulgores del tibio sol del alba sobre la solitaria plaza; empapando con sus rayos arbustos, columpios  y macizos de flores que al sentir su cálida caricia recobraban aquellos matices jaraneros y risueños, antes empobrecidos por el gris reflejo de la luna y la siniestra oscuridad. Avanzo lentamente, confiado entre un sin fin de fragantes y espléndidas flores. Camino  hasta llegar a un viejo banco de madera, en el que fatigado decido sentarme a descansar; a disfrutar del instante; del maravilloso paisaje, entre gorriones y palomas surgidas de repente de algún lugar.

          Todo parece maravilloso. No puedo contenerme más tiempo sentado. Voy de aquí allá, caminando entre columpios. Paseo, acariciando flores que, como jóvenes coquetas no me dejan marchar sin antes sonreírme con una jovialidad desmedida y desinteresada, apenas, comprensible en la vida, impregnando mi alma  con infinitas oleadas de delicada fragancia y felicidad. En ningún momento me siento solo. Olvido por un momento lo mal que lo he pasado y por qué estoy allí. Las palomas siguen a mi lado, no me abandonan, en todo momento están junto a mí, como solicitas anfitrionas de este encantador lugar. Embargado por el júbilo me olvido también del tiempo, que sin duda sigue corriendo, devorando momentos y sonriendo, indiferente a mi deseo de congelarlo de atraparlo en una esfera, en una pequeña bola de cristal. 

         Pasado un rato -no sé exactamente cuánto- después de haber  estado  riendo, tras agacharme a atarme los cordones de los zapatos,  reparo de pronto en un objeto  situado justo debajo de aquel banco de donde momentos antes me había  levantado. Algunas palomas revolotean a mí alrededor nerviosas, como si estuvieran apremiándome a ir  junto al grupo que se encuentra unos metros atrás. Sin embargo, sorprendentemente aquello a lo que en un primer momento no hice caso, distrae cada vez, ahora con más fuerza  mi atención. Me aproximo a él. De su silueta advierto lo que me parece libro; un libro viejo y usado, a primera vista un tanto estropeado. Me acerco mas, con cuidado, mirando cauto a  cada uno de mis  lados. Al llegar a éste, no lo pienso dos veces, que lo arrebato del suelo de un vertiginoso manotazo. Sin embargo, Entonces, siento un aire extraño que me roza flemáticamente. Los oídos se taponan a cal y canto; las palomas, antes alborozadas, se desvanecen - una tras otra- sin dejar rastro; los gorriones dejan de cantar, para transmutarse cayendo al suelo en forma de pesadas piedras, ahogando   lamentos dispersos en el espacio. El silencio resuena en mis oídos, como tambores que vibran sin emitir ningún sonido. Observo el libro con la mayor atención que puedo dispensar; algo en él me parece un tanto familiar y a la vez sombrío. Su aspecto delata que se trata de una antigua edición, aunque no figura en este el nombre del autor; o por lo menos no acierto a interpretarlo. Le doy la vuelta y, frustrado observo, las tapas gastadas donde antes debía figurar un titulo que, tampoco  puedo descifrar. 

       Siento que la curiosidad me devora por momentos, con una violencia desmedida, que  no puedo controlar. ¿Qué ha sido eso? -. El aire trae a mis oídos un terrible sonido, agudo y estremecedor; cuyo origen solo puede haber sido parido por las entrañas del Averno, que irritado despierta con un alarido de su silencio, rasgando con su ira las bóvedas del cielo.  Alertado por el terror siento una indeseable presencia, miro a un lado y a otro buscando el origen de tan terrible alarido. Deslumbrado por el sol, descubro no sin dificultad la silueta amenazante de un ave posada un árbol; parece un águila blanca, enorme o, no; ¡dios¡ ¿qué demonios es eso? Es algo mucho más horrendo, un monstruo horrible; un águila hecha... hecha  de trozos, de trozos  de otras águilas cuyos ojos no puedo ni contar pero, sin duda me están mirando, fijamente, sin pestañear. Entre lo que parecen sus garras advierto que sujeta el cadáver de una paloma desmembrada, más muerta que la misma muerte; mientras la impía bestia no me deja de observar. De su sanguínea mirada de hiena intuyo un subliminal mensaje que, sin embargo, no acierto a precisar; el ave se expresa con la misma oscuridad que un espectro surgido del Abismo. Pero ¿Por qué me sigue  mirando?-me pregunto– aunque prefiero no pensar. El mal que desprende supera con creces cualquier elucubración por terrible que sea  que yo pueda imaginar. Decido echar a correr, ponerme a cubierto arrojándome bajo un banco cuando, compruebo, aterrado que estos ya no están, que no hay nada. Alrededor de mí todo ha desaparecido: convirtiéndose en un árido y desolado desierto al que rodean amenazantes tinieblas; tinieblas que surgen, apareciendo, de entre las sombras que van avanzando como la peste que ennegrece la vida a medida que la devora, tornando más negra aun si cabe la negrura y terrible la oscuridad.  

        Estoy atrapado -lo sé- y, también sé, que aquí nadie me puede ayudar. Miro el libro que como un ascua me abrasa las manos; sin embargo, en lugar de arrojarlo, desprendiéndome de él,  resuelvo abrirlo ignorando ese horrible sonido. Me giro. La rapaz bestia se dirige como una saeta hacia donde yo me encuentro, paralizado, consecuencia del pánico que siento. No obstante, algo me dice que no me quiere a mí, que es el libro lo que está buscando. El tiempo corre, vuela, siento que se me está acabando y ¿qué puedo hacer? Decido abrirlo, lo hago sin parar a pensar, sin  mirar por donde; el lugar es lo de menos, es el pánico ya lo que guía  mis trémulos dedos. Y Justo en ese preciso momento, me sobreviene el repentino despertar, como siempre, envuelto en un charco de frío sudor sobre las sabanas, en el que no puedo dejar de temblar. 

      Pero,  opuestamente a lo que pudo haber imaginado  Hamblet, no albergo  fundado temor a unos sueños atroces que atormenten mi reposo tras la muerte más, al contrario, descreo firmemente que llegado el momento, la consciencia emerja alarmada a un vacío poblado de horribles criaturas que turben nuestro bien merecido descanso: “Allá donde unos ven infierno y laberintos otros vemos liberación”. Y, Como diría Poe “dado que tengo entendido que tanto Sakespeare como Mr. Emmons fallecieron alguna vez, no es imposible que hasta y,  tenga que morir algún día” y así, no es una locura afirmar que más temprano que tarde la mal llamada, terrible e impopular muerte –esa primera noche tranquila, firme y ultima realidad de la vida- dispondrá liberarme de sombras y penitencias viniéndome a rescatar. Liberándome, por fin, de la cruel consciencia que atormenta un día tras otro, nuestras insignificantes miserias. Pues... da igual; Llamémoslas Sueños o Pesadillas “al igual que la noche obradas sobre una sustancia infinita, se trata de emanaciones por nosotros mismos creadas - tejidas y sustentadas sobre oscuros fundamentos etéreos y retroalimentadas por las diversas formas del tiempo -pasado, presente y futuro- estas, simples representaciones subjetivas, pertenecientes a una compleja eternidad en la que no existe realmente un cuando, ni por supuesto... tampoco ningún lugar”.


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