Iluminismo, Romanticismo y Paisajes Imposibles.

Johann Christoph Friedrich von Schiller -


Existió un momento en el tiempo y en él, un movimiento cultural y filosófico que todos deberíamos conocer, y del que quizá podríamos aprender muchísimo. Posiblemente, se trate del movimiento y momento de la historia más determinante de la cultura alemana moderna: el Romanticismo, un Romanticismo que, al comienzo tomó cuerpo de  aquella novela caballeresca, rica en aventuras y amores, pero más tarde, sobre los últimos años del siglo XVIII, se convertirá en el movimiento filosófico, literario y artístico, alcanzando su máximo durante los primeros decenios del siglo XIX, y constituyendo la nota característica de aquel siglo, cuyo eco resonó a lo largo toda la Europa, desde Inglaterra hasta Rusia, pasando por España, pero, solo en Alemania alcanzó aquel carácter predominante, como elemento integrador de su cultura. Tanto es así que el Romanticismo constituye "la época dorada de la cultura alemana" que nacería a partir del espíritu de la Ilustración del siglo XVIII, que transmitió (y popularizó) la filosofía de la ley natural.

Nunca, antes o después, hubo una época tan escéptica respecto a la tradición, y tan confiada como la ilustración en los poderes de la razón humana,  firmemente convencida de la armonía de la naturaleza, y tan profundamente imbuida del sentido del avance de la civilización y el progreso, creyendo en la unidad de una humanidad: sosteniendo que todos los hombres vivirían bajo la misma ley natural, del derecho y la razón, participando igualmente en el progreso y que, a largo plazo, el resultado sería una civilización proporcionada donde todos los pueblos participaran en igual medida obteniendo sus frutos. El pensamiento de la época, se proponía hacer a todos los hombres libres y la Ilustración, de un modo u otro, estaba relacionada con el problema de la libertad. Pero fueron los años de la Revolución Francesa los de máximo florecimiento cultural para Alemania. Entonces, las ideas alemanas coincidieron con todo el fermento del pensamiento social conocido como "Romanticismo", y que en todas partes se enfrentaba con las "abstracciones" de la Edad de la Razón, convirtiéndose Alemania en el más romántico de los países; aquel, fue el momento en que "la Filosofía, la Literatura, la Música y la Pintura se emanciparon de las ideas del orden precedente, los filósofos estudian junto a los poetas en la universidad: Hegel, Schelling y Hölderlin coinciden en la universidad, estudian juntos y se influyen mutuamente. Se ha especulado incluso que fue Hölderlin quien presentó a Hegel las ideas de Heráclito acerca de la unión de los contrarios, que el filósofo luego desarrollaría en su concepto de la dialéctica. El individuo, desde la subjetividad de sentirse en el centro de todo, siente entonces un impulso irrefrenable de conocer y experimentar. Aquellos románticos querían descubrir, o redescubrir (por ellos mismos) de nuevo, hasta el último detalle del mundo. Y, más importante aún, querían saber hasta dónde como individuos libres podían llegar a ser y constituirse, desprovistos del yugo de monarquías absolutistas y la ortodoxia religiosa ―que entonces pierde su influencia entre los intelectuales― y, por ese motivo, el Arte, la Literatura y la Filosofía se convierten para todos ellos en una suerte de religión, donde, si hubo algo que verdaderamente unió a las mentes más brillantes del período, fue aquella convicción de que se debía desterrar el sufrimiento humano injustificado. Así, Alfred de Vigni escribía: “Vive, fría naturaleza y revive sin cesar, / más que todo tu reino y que todos tus vanos esplendores, / amo la majestad de los sufrimientos humanos”. Un amor por el sufrimiento, que debe entenderse como vía de liberación contra una servidumbre artificial que los hombres se imponen entre ellos: los unos a los otros. Igualmente, pocos lo sabrán, pero en aquel tiempo se escribe la “Oda a la Alegría” de manos de Johann Christoph Frederich von Schiller ―luego popularizada por Beethoven en el cuarto movimiento de la Novena Sinfonía en D Menor, Opus 125― y, que en origen se iba a titular de otro modo. Lo cierto, es que hay en torno a esta obra una leyenda del siglo XIX. Es posible que parte del entusiasmo de Beethoven en ponerle música, se debiera a que el título original de aquellos versos era Ode an die Freiheit (Oda a la Libertad - prohibido por el estado entonces) y que él estaba pensado para la música de La marsellesa. Al menos, eso dice la leyenda, pues era un tema muy de moda en el romanticismo propio del momento ― se cantaba en las calles― y quizá incluso más para el compositor, que primero saludó a Napoleón como esperanza, después se opuso a él cuando se autoproclamó emperador y, finalmente, se convirtió en un crítico del absolutismo instaurado por el Congreso de Viena. El caso es, que Beethoven tuvo que esperar hasta 1823 para musicalizar el poema de Schiller. Lo verdaderamente cierto, es que las preocupaciones de Schiller sobre la libertad ―su rechazo a la tiranía― están muy presentes en buena parte de sus producciones artísticas, representativas de aquel momento maravilloso, donde la moral no importaba tanto y lo importante era encontrar nuevas formas de expresión, a aquel anhelo de libertad y eternidad mostrado como jamás se hizo en el mundo, ni antes ni después, a través de la poesía y otros paisajes, a la vista... imposibles.

No hay comentarios:

Publicar un comentario