II
La escuela de Frankfurt no se creó por el miedo a la posibilidad, sino por la evidencia de la realidad manifiesta del deliro de la industrialización, derivada en la peor guerra y momento de la existencia e historia del hombre, y derivada, precisamente de su ilustración, o de la razón de la ilustración (alemana). La experiencia entonces de brutalidad humana obligó a plantearse a algunos filósofos, a pensar (de la guerra y el exterminio) en aquella sombra las proyectaba, no exactamente como hicieron, o como hacen otros filósofos actualmente: plantearse nuevas preguntas sobre lo posible imaginario, sino a plantearse una verdadera respuesta a lo manifiesto de esa sombra: la guerra y la barbarie, que estaba aconteciendo: pero, los filósofos no respondieron en una solución a esta crueldad: tampoco luego en otros conflictos, uno tras otro hasta la fecha. Pero no todo puede ser tan terrible, es cierto que no tenemos respuesta a la crueldad manifiesta de las personas o su barbarie, pero, al menos sabemos, que hay centauros en algún lugar más allá del un límite donde habitan los limitanei 1999, y que este límite tiene una lógica 1991(que describe lógicamente el límite, aun no descrito, y que cuando se describe, solo al final aparece el sujeto (imaginario) que lo describe. También ahora sabemos que en occidente estamos casados 1992; que el espíritu tiene una edad 1994, y que hay un diccionario para entenderlo 1996, o que existe algo llamado la imaginación sonora, que las sirenas cantan 2007, o que hay otra orilla de la belleza 2005, (todos ellos trabajos de una obra sistemática del filósofo Eugenio trías) que vivió en su tiempo todas estas guerras, pero que como tantos otros llamados a sí mismos filósofos —eso pone en un papel, que le dio “un amigo”— no pueden ni siquiera responder a la realidad en la que viven, y solo hablan de cosas de conejos, para otros conejos dentro de la madriguera. Pues están maniatados en la forma de su razón, que proyecta su misma sombra, proyectada por una sombra mayor: que siempre anda (dibujándonos un reloj) para que no miremos a otro lado, y estemos siempre pendientes de la hora.
Pero volvamos a aquellos que en su huida olvidaron su reloj, lo olvidaron,
empeñaron o perdieron, o quizá exista algún o incluso que nunca use reloj; y
pensaron: en esa sombra. La Escuela de Frankfurt era un grupo de pensadores o
investigadores: Theodor Adorno, Walter Benjamín, Max Horkheimer, Herbert
Marcuse; luego: Jurgen Habewrmas, Oskar Negt o Herman Schweppenhaüser, Erich
Fromm, Albrecht Wellmer, Axel Honneth e incluso Paulo Freire, entre otros, que
se encontraban inmersos en la tradición de la teoría marxista y quienes se
comprometieron, desde dentro de una “teoría crítica” a desarrollar y defender
la forma auténtica y sus ideas, dentro de lo que sería El Instituto de
Investigación Social, de la Universidad de Frankfurt en 1924 donde iniciaron
estos estudios, y que pretenden hacer reflexión crítica sobre las sociedades
industrializadas
Precisamente en octubre de 1930 M. Horkheimer asumiría la dirección del
Instituto de Investigación Social, fundado en 1923 gracias al mecenazgo de F.
Weil, interesado este último, en crear un centro de investigación social, de
alineación marxista, y vinculado a la universidad (de Frankfurt) pero,
independiente de la académica, en virtud de la autosuficiencia económica (algo
que difícilmente encontraríamos hoy día). Esto ya nos dice algo, a lo que
queremos mirar: acerca de la independencia de este modo de pensar, no
académico, y que piensa las cosas, que de verdad son: entenderlas lo primero; y
no las que pudieran ser o imaginar. Por tanto, desde el principio, las personas
vinculadas al Instituto, y con el propósito de eliminar cualquier traba
política a la libre producción teórica y no comprometer a la institución
académica, habían de renunciar —al menos sus figuras principales— a cualquier
compromiso político de carácter público (igual que Gabilondo : Profesor de
Filosofía autónoma Madrid y ministro de educación) el también renuncio
(después) ( luego, cosas estas de la razón, el mismo gobierno que pone un
ministro filosofo de educación quiere suspende la filosofía de los institutos,
y me pregunto: sirve o no sirve la filosofía a
alguien o ¿para algo? (contrapunto) Además, además quiero
decir: de para ser ministro y que te echen.
Volviendo a Horkheimer: A partir de este momento, en 1930, con la “jefatura”
académica de M. Horkheimer y la dirección administrativa de F. Pollock, el
Instituto para la Investigación Social se convierte en la Escuela de Frankfurt
y su núcleo doctrinal en la denominada pocos años después, por su director,
“Teoría Crítica”. Sin embargo, del discurso inaugural de en la academia el 24
Ene. 1931, cuando M. Horkheimer toma posesión de la dirección del Instituto,
vemos se produce un giro interpretativo fundamental para entender los primeros
textos de la Escuela, definiendo que Las fuentes teóricas de la Crítica no se
buscarán en Marx, ni en el Marxismo: buscándose en Hegel, ni tampoco la
orientación básica será la teoría económica, sino la filosofía social.
Bajo la dirección de M. Horkheimer el Instituto de Investigación Social se
convierte en “escuela” es una afirmación que puede ser apoyada desde los
planteamientos al uso de la sociología en esta cuestión: la existencia de un
patrón de integración social, cultural y de género en la captación de los
miembros (media y alta burguesía, “condición judía” y sexo masculino), de
relaciones institucionales y de una red de apoyo mutuo, y de una “doctrina” —en
este caso sería más adecuado hablar de un proyecto de investigación compartido—
(pero yo lo pero llamare también doctrina) aceptada en sus aspectos generales.
Todos estos elementos permiten que se pueda hablar con propiedad de “Escuela de
Frankfurt” (Wiggershaus 10). Sin embargo, el desarrollo de esta Escuela desde
1930 a 1950 no deja de presentar aspectos vidriosos en lo que respecta a su
unidad “doctrinal”. La existencia, por un lado, dentro de la Escuela de un
“núcleo duro” —formado principalmente por M. Horkheimer, F. Pollock, T.W.
Adorno, H. Marcuse, L. Löwenthal y E. Fromm en los años treinta— ni siquiera
exento de fricciones relevantes entre sus componentes, y otros investigadores
que ocupan una posición periférica dentro del Instituto y que entran en pugna
teórica respecto a cuestiones relevantes —por ejemplo, la polémica en torno a
la naturaleza del nacional-socialismo alimentada por el enfrentamiento de las
interpretaciones encontradas de F. Pollock y F. Neumann— con dicho núcleo,
hasta el punto de que se ha hablado de la “otra” Escuela de Frankfurt (Colom
González 50-65); y, por otro, la manifiesta discontinuidad entre el proyecto
inicial de elaborar una filosofía social en los años treinta y la posterior
radicalización de la Teoría Crítica en los años cuarenta del siglo pasado
llevada a cabo por M. Horkheimer y T.W. Adorno (a la que ya me he referido
anteriormente) consistente en mostrar la dialéctica de la Ilustración que ha
regido el proceso histórico de Occidente, y cuya consecuencia directa, a su
ver, es la barbarie imperante en su tiempo, lo que prácticamente obliga a poner
en cuestión la idea de una continuidad sin fisuras y cambios de perspectiva
relevantes en el desarrollo de la Teoría Crítica durante esas dos décadas.
(TEORÍA CRÍTICA (1930-1950): DE LA FILOSOFÍA SOCIAL A LA INTERPRETACIÓN
GENEALÓGICA DE LA MODERNIDAD. La escuela, de de carácter interdisciplinario,
abarcaba estudios y temas que iban desde aspectos sociales y económicos hasta
los culturales. Con ella, se pone en crisis el concepto de “razón” (entendido
éste concepto, en aquel hecho de percibir —y de aceptar dentro de sí— ideas
eternas que sirvieran al hombre como metas, y llamado desde hacía mucho tiempo,
razón) así como la teoría tradicional, dando paso a la denominada como “teoría
crítica” que es una crítica a esta razón ( que yo llamo segunda; o (razón
segunda), que se verá sobrepasada por forma de la sombra de su misma: la
irracionalidad. Y que no solo es sombra, sino la sombra que proyecta la imagen
de todos nosotros y de nuestra peor naturaleza, sedentarizada y enfermiza:
incapaces, como conejillos sometidos, de enfrentarnos a esta irracionalidad,
cada vez más brutal y corrupta y desbocada, y que al no encontrar un límite en
si misma que la contenga, nos define a todos.
El núcleo de la teoría crítica de la escuela de Fráncfort era la discusión
crítico-ideológica de las condiciones sociales e históricas en las que ocurre
la construcción de toda teoría y la (así mediada) crítica de esas condiciones
sociales. La denominación teoría crítica se remonta al título del ensayo
programático Teoría tradicional y teoría crítica (Traditionelle und kritische
Theorie) de Max Horkheimer del año 1937. Se considera la obra principal de esta
escuela la colección de ensayos Dialéctica de la ilustración o Dialéctica del
Iluminismo (Dialektik der Aufklärung), compilada y editada conjuntamente por
Horkheimer y Theodor W. Adorno entre 1944 y 1947.
Precisamente es entre
1944 y 1947 sufre un cambio en esa misma Teoría Crítica: cuando las principales
obras de Theodor W. Adorno y Max Horkheimer no se van a ocupar y preocupar ya
exclusivamente de la elaboración de una filosofía social de raíces, a través
del origen de sus ideas y valores, sino que pretenden “delatar” mostrando cómo
éstas ideas y valores que luego se imponen: emergen, igualmente, como producto
de relaciones de fuerza. En La Dialéctica de la Ilustración (DI), Horkheimer y
Adorno sostienen que el hombre moderno, dejándose guiar por las falsas promesas
de la Ilustración —llegar a la madurez y dominar la naturaleza mediante la
técnica con fines deseados— se ve superado y llevado a una aparente
irracionalidad, donde parecería que ya no es el señor del mundo, sino más bien
su siervo. Por lo tanto, La Dialéctica de la Ilustración no sólo es, como se ha
dicho, el monumento a una crisis; es más todavía, es también un canto
desesperado ante la bancarrota de la civilización occidental y, sobre todo, de
una interpretación de la Modernidad, que la somete a la característica mirada
del proceder genealógico, que pone en perspectiva el presente, remontándose al
origen del que procede: una “Genealogía De La Modernidad”. Por último, se
advierte —al referir Aquellas Relaciones de fuerza—, que tanto Horkheimer como
Adorno sostienen (al igual que Anna Arendt) y tratan de mostrarnos,
advirtiéndonos de ellas, y analizándolas como fenómeno irracional, este
circunscrito no sólo a los totalitarismos políticos del pasado, sino como un
proceso civilizatorio o, deberíamos decir incivilizatorio, más amplio, profundo
y más presente de lo que todos imaginamos, en el sentido de que muchas de las
actitudes irracionales de los totalitarismo pasados, hubiesen podido subsistir
de diversos modos, moderando y disolviendo su apariencia en la locura cotidiana
de la cultura de masas, habiéndose establecido sutilmente en algunas de nuestras
instituciones actuales.
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